El Ulises nacional
Fue uno de los intérpretes argentinos más importantes. Este perfil, fruto de una amistad que sólo interrumpió su muerte, el 29 de noviembre pasado, muestra a Ulises Dumont como un artista que se sirvió de su experiencia de hombre "cualunque" para exaltar la condición humana
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Un par de cosas para tener presente durante el tejido de este retrato: la primera, que no es lo mismo cenar solo que cenar solito. La segunda, que habitamos un país donde la cuestión para su Hamlet es "parecer o no ser".
Empecé a conocer al Ulises nacional en un par de entrevistas que le hice, en 1982 y en 1984, para la revista Siete Días . La primera la titulé, sin que me temblara el pulso: "Si Dustin Hoffman viviera en la Argentina, se llamaría Ulises Dumont". En esos encuentros me impresionó su despojo de retórica, la carencia de impostación de sus zapatos a sus gestos, su demoledora sencillez. Y me pregunté: ¿cómo es posible que el tipo este sea actor y encima argentino? ¿Cómo, si no engola la voz, si no intenta diagnosticar sobre la irrealidad patria?
El caso es que el tipo este se nos murió a los 71 años, sin terminar el pasado noviembre. Tuve el privilegio de que diera respiración a varios textos míos, y ahí nos fue asomando la amistad. Seguro que si Dumont se viese ahora en un suplemento cultural, sitio impensado para él, diría: "¡Qué notable!" Con el "qué notable" desactivaba los dramas y éxitos propios y ajenos. Un ejemplo: en 1983, por Los enemigos fue premiado en tres festivales: Biarritz, La Habana y San Sebastián. Dos de esos premios los obtuvo el mismo día. Declaró: "Ja, ¡qué notable!". Y liquidó el tema.
¿En qué consistía ser Ulises? En relativizar todo. En no claudicar, ni ebrio ni dormido, a elucubraciones sesudas sobre su profesión. Su ironía menuda, barrial, tenía la eficacia del escarbadientes. Es que nuestro Ulises nació con eso: la inexplicable gracia de tener gracia. No la de los que trabajan de graciosos sino la del que marca un número de teléfono y no le da ocupado; la del empleado de una zapatería que dice "ni me diga el número" y trae un par que calza justo.
Escribí en 1984: "Si Dumont un día toca el timbre y dice ?soy el plomero´, usted lo hace pasar. Y si, desde el volante de un colectivo le grazna que se corra al fondo, usted le obedece. Y si en la puerta del Luna Park le quiere revender una entrada, usted se la compra. Y si, como odontólogo, torno en mano, le dice ?aflójese que de esto no se muere nadie´, usted se relaja. El organismo menudo, inquieto de Dumont vivifica tanto a un atorrante, líder de una barra brava, como a ese maestro de escuela elegido para los discursos de las efemérides. Es más: podría estar en el cuero de un traficante de drogas o en el de un curita laico que rescata drogadictos. En el cuerpo grato de un payaso de circo o en el del oscuro torturador que un día se agarra un dedo con la puerta del Falcon y llora y se da cuenta, por fin, cuánto duele perder una simple uña".
El Ulises era un cornisa. Ser cornisa significa saltar sin red, desarrollar cierto rasgo hasta las últimas consecuencias. Dumont, ¿cornisa de qué? De la sencillez que desactiva en los demás toda posibilidad de considerarlo alguien especial, por su profesión, por su famita.
Voy por momentos de nuestras conversaciones. Escuchemos a nuestro Ulises:
"-Del día de mi nacimiento no sé nada. 1937, el 7 de abril. Creo que a la una de la tarde. Seguro que mi hermana Sara debe saber más. Mi papá era maestro mayor de obras y cuidador de jardines. Se llamaba Ulises Argentino, el hermano se llamaba Orlando Americano... Mi abuelo, el que ponía semejantes nombres, se llamaba... ay, carajo, qué lagunón, voy a tener que llamar a mi hermana... Bue, en mi familia no había libros, vínculos con el arte. A lo sumo mi vieja se animaba con el piano y mi viejo silbaba. Yo era un enfermo por el cine; ése fue el hilo con mi carrera. Bue, digo hilo por decir algo. Yo disfrutaba y nada más. Ni se me pasaba por la cabeza ser uno de ésos que veía en la pantalla. Me hice actor por joder, en un club de Barrio Parque. Decidimos meterle actividad teatral por pura diversión. Pero no sé, un día, de repente, descubrí, sobre un escenario hecho con nuestras manos, que yo iba a ser actor. Un mazazo claro y fulminante mientras ensayaba Futuros imperfectos , de Juan José Beoletto. Todos los personajes eran hombres... qué lástima. Andaba por los 21 años y empecé a darle bola al teatro. El secundario lo hice en... bue, en el Liceo Militar. Mi vocación fue variando: el primer año elegí Ejército; el segundo, Marina; el tercero, Aviación; en el cuarto, ¡el buque! Adiós Liceo y el Nacional 17. Después empecé medicina pero duré un suspiro. Muy turro yo para el estudio, preferí salir a trabajar.
"-Salteaste tu niñez.
"-Niñez común. Pero guardo imágenes fuertes: recuerdo un vómito de sangre... Recuerdo que de los jardines que cuidaba mi viejo, con mi primo arrancábamos las calas, pobre viejo... Me aparecen unos vecinos, los Galloni, tenían un bargueño y siempre había papitas, aceitunas... me invitaban seguido. Decían que yo era muy educadito... hasta que un día no pude pinchar una lechuga y entonces agarré la lechuga con los dedos y le enterré el tenedor. Otro gran recuerdo es el día en que mi tía me regaló un osito. Mi mamá me lo puso y en el cochecito me llevó a pasear por Cabildo... ¡Cómo me miraba la gente! Se paraban. Mi mamá avanzaba orgullosa. Cuando volvió se dio cuenta: yo me había pintado todo, pero todo, con el dulce de leche recién comprado... ¿Más recuerdos notables? Los carnavales y un disfraz de chino... inundación en Núñez, la gente en bote por Republiquetas... La otra parte la pasé en Libertador y Monroe. Pocas casas, una sola calle asfaltada, salir a la vereda era salir al campo. Jodíamos simple: pelota, bolita, figurita y mucho cine... Es media vida el cine para los argentinos. Un verano me jodí un pie, entonces veía cine desde la una de la tarde hasta las doce de la noche. Había tres cerca, salía de uno y me metía en el otro. Con los años aprendí que el muchacho no era esencialmente bueno, que John Wayne era un boina verde, que los ganadores no eran siempre los más justos... Aprendí que gran parte de aquel cine se basaba en la justificación de las guerras. Entre tantas películas, una que me marcó estéticamente, Grandes ilusiones , de David Lean, con un Alec Guinness joven y una Jean Simmons adolescente. Por el cine viví en permanente shock , me deglutí todas las Jennifer Jones y las Esther Williams. Vi poco cine argentino de chico. Como tantos, les escapaba a las nacionales por considerarlas pavas, sin tema. A partir de Torre Nilsson empecé a cambiar de opinión. Confieso que con los años me transformé en un mal espectador. Perdí naturalidad para mirar. Me revienta dejar un lugar con escenario y butacas para ir a otro lugar con escenario y butacas. También cambió mi opinión sobre los actores: pensaba que un actor es alguien físicamente dotado. El cine yanqui rompió convenciones con Hoffman, Pacino, De Niro... Para mí el actor absoluto se llama Marlon Brando, un revolucionario.
"-Hiciste decenas de obras. Alguna te habrá complicado la vida.
"-Varias, pero recuerdo dos muy conflictivas: El campo , de Griselda Gambaro, que hicimos con Inda Ledesma y Lautaro Murúa. Esa pieza me producía escalofríos; lo más podrido de la condición humana. Un personaje que me costó mucho agarrar fue el de La Nona , de Roberto Cossa. No me costó nada dibujarlo por fuera, lo que me costó mucho fue aprender que la Nona era un ente devorador. Por meses cometí el error de querer hacer coincidir a esta viejita conmigo, hasta que en un ensayo enloquecí, rompí cosas, putié... Gorostiza, que dirigía, dijo: ?Muy buen ensayo: Ulises demostró que la Nona es todo lo contrario´. Ahí vi que la Nona era un bicho que morfaba, iba al baño dos por tres, estaba afuera siempre mirando lo que hacían los demás. ...sa era la clave. Yo debía actuar saliéndome de mí, siendo espectador. Los actores, en el trance de arrimar al personaje, sufrimos menos o más. Hay quien sufre el no recibir mimos; éstos tienen gran dependencia del director. Creo que la misión del director es estimular y ser un tercer ojo para dar rienda en ese camino incierto que es la búsqueda del personaje."
A propósito de Dumont, me apunta Agustín Alezzo: "Con Ulises y Carlos Carella hicimos La cal viva . Inolvidable experiencia. Ulises encarnaba a un irlandés. Tenía una captación veloz y muy certera de los personajes y siempre estaba asistido por un humor muy personal. Era todo lo contrario de la solemnidad. Agudísimo, sarcástico, irónico, cuando analizaba la obra sacaba observaciones de rara precisión. No éramos amigos, pero me gustaba encontrarme con él. Sin duda, uno de los grandes actores que hemos tenido. Siempre riéndose de todo, Ulises. Riéndose por empezar de él mismo".
Tito Cossa sabe en textos propios, como nadie, quién era Dumont. Varias de sus obras fueron protagonizadas por él, entre ellas Yepeto y La Nona . Cossa arranca diciéndome que "Ulises fue un actor diferente". Pienso: actores diferentes hay varios. Pero Cossa redime el lugar común y agrega esto que resulta un flor de retrato: "Lo notable es que Ulises fue distinto de los diferentes. Los diferentes suelen imponer una personalidad que acomoda a cada personaje. Sus trabajos pueden ser atractivos, pero parecidos. Ulises, no. Desde su físico desagradecido imponía a cada personaje una personalidad distinta y hasta atrapó a las plateas femeninas con el Profesor, en Yepeto , un cincuentón capaz de seducir a una atractiva alumna. El día de su velorio, Villanueva Cosse decía que cuando veía a Ulises en la pantalla siempre se preguntaba: ?¿Qué estará pensando este personaje?´ Le ponía misterio. Dumont fue un gran tipo. Hosco, a veces antipático, pero un gran amigo cuando uno tocaba fondo. Su fondo solidario".
Cuando Cossa habla del "físico desagradecido" de nuestro Ulises, me da pie para agregar: desagradecido y agredido por el sistemático descuido a la hora de comer y de beber. Realmente, se castigaba. A la brevedad de su estatura le sumaba un abdomen digestivo, la calvicie que no quiso disimular y ese rostro que padeció un escalofriante accidente contado por su hermana, la que estuvo cerca en los años en los que Ulises, después de sus tormentas amorosas, volvía a su estado de soltero (picaflor, seductor y corajudo) en el departamentito de Vuelta de Obligado casi Congreso. Cuenta Sara: "El 29 de diciembre de 1978 un auto lo arrastró. Ulises dio con la cara en el asfalto. Sufrió rotura de órbitas, de tabique nasal, hundimiento de pómulos y rotura de mandíbula. Quedó hecho un monstruo. Hubo que rehacerle el rostro con varias cirugías, pero no tuvo secuelas neurológicas".
Un par de veces le pregunté por ese accidente: Dumont lo desdramatizó con un par de frases: "Me enganchó un espejito y una antena podrida y me comí el suelo. Qué notable, ¿no?". Lo notable es cómo, en un país tan dado a la seudobelleza impostada de las cirugías, en una profesión donde porte y facha suelen ser decisivos, Dumont amortizó tantas desventajas apelando a un solo detalle: su talento.
La gracia era con él. A la renguera añosa la disolvía en una especie de saltito. Inda Ledesma, otra personalidad riquísima y de convivencia difícil con la cual Dumont tuvo batallas, al elogio actoral le sumó un detalle: "Ulises es un bailarín. Un trompo en el escenario".
Sigamos escuchándolo a él:
"-Mi forma de trabajo no reconoce un método. Casi siempre amaso a mis personajes en el tome y traiga de los ensayos, con lo que me tiran los demás. Hago mis personajes con los rebotes. Sufro, me angustio, pero disfruto y nunca me olvido que esto es un juego. Porque es un juego, yo puedo vivir la vida que está afuera del teatro y puedo dormirme rápido cuando me acuesto. Y a soñar se ha dicho. Muchas veces sueño que vuelo, muchas. Pero se me va haciendo difícil. Últimamente me siento más pesado y tengo que esforzarme para pasar por arriba de los edificios, cada vez más altos. Todo se complica al pedo: antes había sólo casas, era mucho más fácil volar. Carajo, difícil soñar."
Nuestro Ulises medía menos que el más bajo de los galanes. Era una suma de carencias para lo que exige la colmena de la vacuidad. Menos de 1,65, ni ojos verdes ni cuerpo atlético ni honda voz aterciopelada. Para colmo, un auto le destrozó el rostro. Pero eso no le pesaba. En los reportajes desmoralizaba a los que iban por declaraciones de intelectualudo y también a los que iban por alcahuetería. Su negación al verso resultó imperdonable en el paraíso de la sanata. No era galán, era un anarquista sin explosivos y sin discursos.
Contaba Jorge Valcarcel, el músico de tantas obras de teatro: "¿Ulises? Un loco absoluto. Pero nunca fallaba. Faltaban cinco minutos para subir el telón y no aparecía. Llegaba con el último bocado de un sánguche de mortadela, decía ?Buenas, compañeritos´, se desvestía, se vestía, se maquillaba y ya era el personaje. Su velocidad para entrar en su rol nos dejaba helados".
A propósito, recuerdo que allá por 1998, al cumplirse un año de la muerte de José Luis Cabezas, escribí un monólogo. En esa ficción Cabezas despierta de la muerte y sale y se encuentra con que sus afiches lo miran. Le pedí a Dumont que lo leyera por televisión. Aceptó sin el "Dejame ver mi agenda". Le envié el texto con tiempo: no era fácil darle respiración a ese fotógrafo que fue matado vivo y quemado muerto. Llegó a la grabación dos minutos antes. Las luces, la música que introduce al programa. Y allí veo que recién empieza a despegar el sobre que guardaba el libreto. No había leído una línea. Madre mía. Y largó. En esos veinte minutos sólo tres veces mordió el texto, pero justamente esas mordidas las incorporó a un personaje que debía resucitar con la nublada naturalidad de quien emerge de una pesadilla. Al terminar la lectura, el silencio tenía piel, se podía palpar. Un aplauso de técnicos, iluminadores y del conductor, Santo Biasatti, para Dumont. Ulises minimizó su tarea: "Sólo dejé que el texto me llevara en andas? ¿Vamos a comer y a tomar un buen vinito, Rodolfo?". ...sos fueron los honorarios por la actuación. Y llegamos al Pepín de la calle Montevideo. "Te va a salir caro, invité a una señorita." Ella no llegaba a los 25 años. Preciosa y sólida y morocha y bailarina de un ballet de tango. "La señora se va a sentar a mi lado. Vos enfrente de mí, eh." Y bebimos y comimos en castellano. Ulises, señorial, con gestos de duque, un dandi de barrio, atendió todo el tiempo a la joven nombrándola "señora". Por esos días con ella estaba amistando. ¿Qué significa, en este peculiar caso, amistar? Frecuentar significa intimar con el aleteo de una ilusión que podría durar una eternidad de tres semanas o tres meses, o vaya a saber. Nuestro Ulises, jodido, irónico, podía abordar sin complejos a Shakespeare o escalar una dama inalcanzable. Era un reincidente nato. Siempre presto, tenía el corazón fácil. Pero no andaba exhibiendo y salpicando sus dolores.
Estos años me lo encontraba en La Jazmina, una pizzería pegada a su departamento. Siempre estaba solo, y comiendo un par de empanadas con una jarrita de vino de la casa. Se traía la silla a la mesa que compartíamos con mi mujer y soltaba su juego. Mencionaba con enorme ternura a sus hijos, a su hermana y a la nieta. También lo recuerdo en una invectiva destinada a algún ex suegro, de su misma edad y profesión. En realidad no lo puteaba, lo putiaba. En sus relatos apenas si dejaba entrever algún hilito de melancolía. Se burlaba de sus achaques: "Soy el rey de las insuficiencias, insuficiencia coronaria, insuficiencia renal, bypasses perimidos, insuficiencia cerebral, artrosis en mi rodilla derecha, obstrucción en la cañería, lagunas en mi memoria más grandes que la de Chascomús. Qué notable, ¿no?". Todo esto mientras matizaba diciéndole en voz alta a la piba mesera que largara todo, que armara de una vez su bolso y que viajara con él a un festival de cine en la costa Atlántica?
Al final del encuentro, empezaba su epopeya para poder levantarse de la silla. "Ay, carajo... Un poquito de paciencia. ¿Me dejan calentar el motor?" Y se iba, rengueando y repitiéndole a la chica. "Decidite, linda. Te espero temprano. Un bolso, me tocás el timbre, ómnibus clase ejecutivo, ¡y a ser felices de una vez!"
Los últimos meses Ulises los vivió en la casa de su hijo Enrique, Quique, también actor. Por Quique me entero de que la última película de Ulises fue La herencia , dirigido por Sergio Schmucler. Allí encarnó a un viejo delincuente. Unos meses antes en El fin de la espera , dirigido por Francisco D´Intino, encarnó a un hombre a cargo de un hogar de chicos de la calle.
Más me cuenta Quique: que Ulises siempre tuvo autos usados; el último, un Renault 11. Que manejaba manso y amaba la soledad de las rutas. Que nunca tuvo currículum hasta hace tres años, cuando entre varios, con gran dificultad le armaron uno con más de un centenar de películas y obras de teatro, pero faltan decenas. Me confirma que tenía dos latiguillos: "Ay, carajo" y un "¡Qué notable!" multiuso que usaba con ternura o ironía. Que a las muertes de conocidos las recibía así: "Balas, balas que pican cerca". Que le gustaba cocinar y recurría a El glotón , un libro de cocina para hombres solos, de Ugo Tognazzi. Que, como Herodes, no aguantaba a los chicos, pero con su nieta Greca últimamente habían empezado a entenderse. Que no esperaba morirse pronto, pero cuando lo llevaban para operarlo de la rodilla dijo: "Rumbo al matadero. Tengo la sensación". Que cada día tenía un ritual: se sumergía en la bañadera hasta el cuello. El baño duraba la lectura del diario al que invariablemente terminaba insultando aunque lo compraba desde hacía décadas. Que un rato antes de su última operación dijo: "Galván es una calle de tránsito veloz y pesado. Si tengo que quedar en silla de ruedas me tiran a Galván". Unos meses antes, después de encontrarse con un amigo bastante gagá, le había dicho: "Escuchame bien: si llego a estar alguna vez como éste, vos me coheteás, eh". Algo más contó Quique: muchas veces le sugirieron que abriera un taller de teatro. "Eso, ni en pedo", contestaba rotundo.
Claro, su taller hubiera constado de una sola clase. Y estoy seguro de que les hubiera dicho a los ávidos alumnos lo que me dijo en los comienzos de la década de 1980. Escuchémoslo:
"-¿Vocación actoral? No jodamos. Ningún llamado recóndito tuve. Ninguna revelación. Dicen que de chico me gustaba imitar, pero, si fuera por eso, habría tres millones de actores... ¿Si me hice un test? Prefiero el café. Pero sí, me hice. Me dio que podía ser un buen comerciante. Qué notable. Justamente yo. Pero obedecí el test: hice un corretaje de leña y no vendí ni un fósforo de madera... Mi viejo me quería arquitecto. Pobre viejo? El caso es que terminé actor en un club de barrio. Brandoni, que también andaba por ahí, me llevó al Conservatorio. Me bocharon de entrada. No intenté suicidarme, pero sentí que era la primera vez que algo me dolía en serio. Volví al año y entré. Grandes profesores tuve, como María Casares... En algo coincidían todos: ?Lo tuyo va a ser embromado porque tenés grandes limitaciones físicas´. ¿Y después? Seguí estudiando, y actuando desde 1965 hasta hoy. Y bue, hice una parva de obras y películas con una punta de directores. Y tuve una punta de premios, qué sé yo, el Guerrero, el Molière, el Konex.... en San Remo, San Sebastián, Santo Domingo? me tienen simpatía los santos? Qué notable".
El taller de un rato de Dumont terminaría así:
"-Yo, cuando hablo de actores, pienso en el teatro. El actor que no ha hecho teatro no sabe lo que se pierde: algo maravilloso, terrible, el contacto con gente que respira y piensa. Se pierde esa rica e hija de puta sensación que sentimos sobre el escenario cuando creemos que tenemos la sartén por el mango y nos creemos algo parecido a Dios. Durante mucho tiempo, ser actor de cine no me resultó nada cómodo por reticencia con el medio mecánico y por la desdichada dependencia del tiempo, la espera entre toma y toma, entre emoción y emoción... Creo que Niven y O´Toole tienen razón cuando dicen que el cine es el arte de esperar. El teatro es distinto. Claro que la obra se repite cada noche, pero uno llega con sus problemas y eso que vivió influye para que uno haga lo mismo pero con distintas cargas. El verdadero trabajo sucede antes de empezar la función. Después uno, con más o menos felicidad, repite sin repetir porque cada día se es el mismo pero se está distinto. A veces, tengo que confesarlo, se corre el peligro del tedio? Recuerdo haber actuado desaprensivamente y haciendo, a conciencia, cosas que no hay que hacer. De todas formas, en lo personal, aun en el papel más terrible hay una cuestión de disfrute. Muchas veces he ido a trabajar con total desgano diciéndome: ?Tengo que vestirme y pegarme este bigote de mierda y transpirar como un hijo de puta´... Pero sube el telón y se acabó todo eso? Volviendo a lo que pasa antes del estreno: el arrime con un personaje puede llegar a ser doloroso; por más que no sea como yo, me toca ciertos resortes. Además, a ese tipo le presto todo para que hable: mis pulmones, mi pelo, mis uñas. Por suerte, los actores tenemos una válvula de presión; si no, nos enfermaríamos, seríamos tragados. No nos tenemos que olvidar que el actuar es un juego. Hay personajes que cuesta más ponérselos y otros que cuesta más sacárselos. Más allá del menor o mayor esfuerzo no debemos perder de vista que estamos jugando. Nada del otro mundo, ¿no?
"Qué más puedo decir: Soy actor porque es el mejor servicio que puedo darme y dar; recibo y devuelvo. Estamos a mano. ¿Tiene importancia ser actor? La misma que cualquier otro laburo. No la voy con lo de que el espectáculo debe continuar y pelotudeces por el estilo. El actor no es un iluminado. Pero ¿qué carajo es? Eso, un laburante. ¿Si soñé de joven lo que soy? Bue, si me apuran digo que algún sueño me permití. Soñé con viajar a Egipto. Estoy podrido de mirar las pirámides en fotos? Soy un afortunado, he vivido de lo que me gusta... Claro, pero quieren saber cómo es esto de la actuación. Yo digo: hay actores de mercado y hay actores. Para componer un personaje, primero se trata de buscar lo que tiene de uno, después se trata de quererlo, y el tercer paso es criticarlo, si lo merece... No hay vez que no pregunten: ?Señor Dumont, ¿qué pasaría con usted si no pudiera ser actor?´ Los voy a desencantar: no me moriría ni de hambre ni de angustia. Me pondría a trabajar de cocinero y aprendería a pescar. Qué notable, ¿no?"
Lo estoy viendo: ha concluido el primer reportaje, nos despedimos. Se vuelve, me toma del brazo y me larga algo inesperado: "Quiero completarte algo que te conté a medias y me gusta recordar: con mi primo arrancábamos las calas de los jardines que cuidaba mi papá. Pobre viejo. Arrancábamos las calas y poníamos los tallos en las vías del tranvía que venía por la calle Cuba. Al pasar el tranvía los tallitos estallaban ¡plak! como cohetes. Después los chupábamos..."
Lo veo despedirse de nuevo. Pero otra vez se vuelve y me toma del brazo. Ahora me dice: "Al final, querido, no respondí cómo soy. Anotá: yo soy un tipo cualunque".
Qué respuesta, en esta patria nuestra con un Hamlet cuya cuestión es "Parecer o no ser".
Después de enterarme de la muerte de Dumont, pasada la semana, me encontré haciendo algo extraño. Tres veces marqué el número de su teléfono y apareció su voz en el contestador. Lo estoy escuchando: "...ste es el? (aquí una pausa larga, como si de repente olvidara su propio número o, tal vez, como si sintiese que es una huevada esto del contestador. Y a continuación, decidido, como quien dice ?ya que estamos´ vuelve su voz:)? cuatro siete cero dos nueve? Dejá (levísima pausa) tu mensaje o bien llamá al cuatro seis cinco nueve siete?" En esta grabación, en esos silencios que tienen pulso, en esos íntimos relámpagos de suspenso está, entero, el singular Ulises Dumont.
No puedo dejar de verlo con su jarrita de vino, en la única mesa para dos de La Jazmina. Ahí está, con una empanada. Está comiendo solito, que no es lo mismo que comer solo. Está más solo el solito. Al vernos se levanta puteando a su rodilla y viene y arrima su silla, mientras le dice sonoro a la chica mesera que le acerque el plato y el vino y que esta misma noche largue todo y se prepare el bolso para ser feliz de una vez. Feliz con él.
Blaise Cendrars escribió: "La vida es una encerrona y no hay escapatoria posible. Todos mueren: los que ganan y los que pierden. La cuestión es que cada cual muera en su propia piel. Como reza un proverbio negro: ?El leopardo muere con sus colores´". Dumont a Cendrars no lo leyó, pero supo morir en su propia piel, como el leopardo, con sus colores. Por supuesto que nuestro Ulises nacional no descansa en paz, descansa en intensidad. Este tipo cualunque debe de estar por algún lado respirando de otra manera. Qué notable.
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