El valle y el volcán
Antes de desprenderse de su voz, en esos segundos previos a que el lugar, ese estudio de televisión en azul marino, se llenara con su voluntad, antes de que empezara a dejar caer de su boca las notas, el cantante Jairo, en el documento Mario Rubén González, mi infancia en el living del departamento de la calle Azara, los domingos en el auto en viaje a la quinta de la familia en Glew, dijo algo que yo no sabía. Estaba mirando un especial en homenaje al conductor Juan Alberto Badía y allí contó que su canción “El valle y el volcán”, una de mis favoritas, tiene letra de María Elena Walsh.
La anécdota fue así: él, ese jopo en el cabello que sigue, los dientes, estaba en Madrid, María Elena también, la fue a visitar porque tenía una música que le gustaba y quería una letra, tocó el timbre de su departamento, en un piso muy alto de una torre que se llama España, o que de ese modo se llamaba en los setenta; ella, el tono propio, rubia y revolucionaria, le abrió, le dijo “dame un ratito, andá a dar una vuelta y volvé”, y cuando regresó minutos después lo recibió con una sonrisa y la canción.
Yo no lo sabía. Me crie escuchando “Manuelita la tortuga”, “Chacarera de los gatos”, “La mona Jacinta”, las canto de vez en vez porque por algún motivo a mis 39 años lo hago, en un momento de mi niñez vi durante semanas la misma obra de teatro sobre sus canciones infantiles que creo mi madre organizaba en el colegio de monjas al que fui por poco tiempo, se las hice aprender de memoria a mis tres sobrinos de 12, 10 y 6, y sin embargo no tenía idea.
Son muchas las cosas que no sé, pero con María Elena la falta es aún más grande porque la conozco y nada a la vez. O creí conocerla, pero lo hice con el tiempo. Con la distancia. Cuando me fui. Lo supe tarde.
Supe que su primer libro fue de poemas, que lo publicó a los 17 años, en 1947, y que ella misma pagó por la edición. En él no hablaba de animales, pero sí decía: “Que el augurio se nutra de mi sangre y cumpla su presente. Como él es el paisaje que habitará el dolor, yo soy un sitio donde florecerá la muerte”. Supe que hizo textos para revistas que leían los intelectuales de su época y que en uno de ellos culpó a la cultura capitalista de crear “esposas achanchadas” y “madres castradoras”. Supe luego, muy luego, que estaba en pareja con la fotógrafa Sara Facio. Que en 1978, durante el Mundial de fútbol, dejó de cantar en público y de componer para protestar contra la dictadura militar, que la censuró por escribir como escribía. Que al año siguiente salió su artículo “Desventuras en el país-jardín de infantes”, donde afirmó: “La autora también y gracias a Dios no es ciega, aunque quieran vendarle los ojos a trompadas, y mira a su alrededor. Mira con amor la realidad de su país, por fea y sucia que aparezca a veces, así como una madre ama a su crío con sus llantos, sus sonrisas y su caca”. Supe que entre 1985 y 1989 fue designada por el presidente Raúl Alfonsín miembro del consejo para la consolidación de la democracia. Que una vez, según versiones, le pidió que legalizara el aborto. Que “La cigarra”, además de su canción hermosa, fue un programa de televisión para y sobre mujeres que condujo con Susana Rinaldi y María Herminia Avellaneda. Supe con los años que defendía lo nacional frente a lo extranjero con el mismo tino con el que musicalizaba las vidas de niñas y niños. Supe mucho después que “El reino del revés” dice más de lo que yo podía entender a los 8.
Varias veces me cuestiono por llegar tarde a ella, a tantos temas, tarde al presente. Pero alguna que otra noche no me enojo. Pienso que es lindo conocer más de la gente que ya no está. Es como si mi ignorancia les diera vida. Como si yo tuviera el poder. Esa noche María Elena volvió al mundo para mí.
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