
El violín, una pasión compartida por jóvenes de todo el mundo
El Primer Concurso Internacional del instrumento los convoca ahora en Buenos Aires
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Un peluquero coreano, una escritora italiana, un arquitecto brasileño y un científico estadounidense podrían haber sido los protagonistas de esta historia. Sin embargo, eligieron dedicarse al violín y preservar a estas profesiones en el ámbito de los sueños y las fantasías. Hyuk Joo Kwun, Francesca Dego, Ayrton Coelho Pisco y Nigel Armstrong, reunidos en Buenos Aires para participar en el Primer Concurso Internacional de Violín para jóvenes, contaron a LA NACION cómo son sus vidas, cuáles son las vicisitudes de ser violinistas profesionales a tan corta edad.
Con apenas 15 años, Ayrton Coelho Pisco participó por primera vez en un concurso internacional y reconoció su ansiedad: "Estoy muy nervioso. Desde que me enteré de que había sido seleccionado, he practicado muchísimo". No es el único. Todos dedican gran cantidad de tiempo a la práctica, que "insume entre 12 y 14 horas diarias para quienes están en un nivel de exigencia tan alto", según contó Gabriela Olcese, violinista de la orquesta estable del Teatro Colón.
Estos jóvenes que no superan los 26 años de edad tocan el violín desde que son muy chicos y no conciben su vida lejos de sus instrumentos. "Llevo el violín a todos lados, incluso cuando salgo de vacaciones porque si no lo hiciese me impediría disfrutar, me sentiría mal conmigo misma por no practicar y eso me arruinaría las vacaciones", detalló Francesca Dego, de 21 años.
A los dos o tres años, comienzan las lecciones que a esa edad tienen "mucho de lúdico, de imitación" como dijo Olcese. "Yo empecé más grande, a los cinco años y, según me contaron mis papás, insistí porque veía que enfrente de mi casa una profesora daba clases y me intrigaba lo que allí hacían", explicó Nigel Armstrong, de 20 años. Tanto Ayrton como Francesca comenzaron sus lecciones porque sus padres son apasionados o profesionales del violín.
Hyuk Joo Kwun, de 25, no tiene ningún familiar fanático del violín. De hecho, toda su familia trabaja en el rubro peluquería. "Mis papás eligieron el violín para darme más oportunidades en la vida, porque cuando yo empecé, en Corea del Sur, muy pocas personas se dedicaban a la música clásica", explicó Hyuk, que se da el gusto de ser peluquero sólo cuando va a Corea y corta el cabello de sus papás.
"Conviene comenzar la enseñanza del violín a muy temprana edad, porque los primeros años son muy duros, se tarda aproximadamente dos años en dejar de hacer ruidos de gato y empezar a producir algún sonido similar a una nota. El violín no es como el piano que emite notas con sólo tocar una tecla, es necesario mucha práctica y, por ese motivo, es importante empezar de chicos, para que los niños no se frustren", explicó Olcese.
Disciplina y responsabilidad
Estos jóvenes, que a simple vista son como otros tantos adolescentes, viven una rutina de disciplina y de responsabilidad que los distancia enormemente de los demás. "Me prestaron uno de los violines más caros del mundo, que fue construido a mediados del siglo XVIII y es uno de los más famosos -detalló Francesca-. Es una responsabilidad enorme, no sólo hacia el instrumento, sino también con la historia, porque es como estar paseando con un Picasso en la mano: tenés que prometerle al mundo que nada va a pasarle."
La dedicación y pasión que estos jóvenes le entregan a la música es evidente al oírlos hablar. "Cuando estoy tocando frente al público, siempre estoy emocionado, pero se trata de lograr transmitir lo que querés", dijo Nigel, que ganó el Premio Tango Argentino, con la interpretación de Adiós Nonino , de Piazzolla, y Cuando tu no estás , de Gardel y Le Pera. Es, además, uno de los seis finalistas del concurso, junto con Francesca, Hyuk y otros músicos entre los que se encuentra el argentino Xavier Inchausti.
La primera parte de la final de este certamen, organizado por la Fundación YPF y la Comunidad Amijai, tuvo lugar ayer a las 20.30, en Arribeños 2355. La segunda parte será mañana, a la misma hora, con entrada libre y gratuita.
Los instrumentos que utilizan estos jóvenes son, en general, prestados y cuestan millones de dólares.
El cuidado que deben tener, por ende, es minucioso: no pueden exponerlos al sol ni a las altas temperaturas y, a pesar de estar asegurados, siempre es un riesgo sacarlos a la calle. Sólo permiten que los toquen otros violinistas porque, como dijo Francesca, "nosotros hemos vivido toda la vida con un violín en las manos, otras personas lo tratarían sólo como un objeto".
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