Elogio de la oscuridad
SIETE CLASES DE AMBIGUEDAD Por William Empson-(FCE)-Trad:: Ricardo Rubio Ruiz-456 páginas-($ 63)
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"Nunca me dirigió una pregunta que mereciera una respuesta", dijo Elías Canetti de él, William Empson (1906-1984), estereotipo del intelectual británico del siglo XX: universitario, viajero, poeta, bohemio, aplomado y seguro de sí mismo a partir de subrepticias intuiciones, detector y clasificador de ambigüedades.
Siete "tipos" o "clases" de ambigüedad enumeró Empson, modesto ante su precursor Robert Burton, que contó ochenta y ocho tipos de melancolía. El traductor de esta precisa primera edición en español de un libro publicado en 1930 eligió un poco misteriosamente el segundo término. Este misterio es, sin embargo, menor ante el primero que se impone: ¿por qué tantos años de atraso? La influencia de Siete clases de ambigüedad en la teoría y la crítica literaria en lengua inglesa ha sido inmensa. En su autobiografía, Anthony Burgess, más decidido en aquellos tiempos a ser músico que escritor, admite: "...había leído, sin embargo, Siete clases de ambigüedad de William Empson, y cuando Knights repartió sus textos -sin el nombre del autor, al estilo I. A. Richards, para asegurar una reacción inocente-, ya tenía una idea de sus intenciones. Buscaría la ironía verbal, la resonancia connotativa, la forma como contenido... en otras palabras, ¿qué hacían las palabras?"
Es cierto que en el sistema de la moda impuesto en general por universitarios franceses y norteamericanos, los críticos del New Criticism fueron raleados, apartados por algún escrúpulo o prejuicio, y que las categorías de Empson, argumentadas siempre con una inteligencia y una sutileza admirables, perdieron ante banalidades sobre lo alto y lo bajo, paseanderas observaciones sobre la ciudad -París generalmente- o escalofriantes mandatos alemanes.
Empson el díscolo, en absoluto exento de pintoresquismo, con su miopía de ausente y sus patillas y bigote de mandarín verdadero (legitimados por una larga estadía en China), fue una leyenda para pares y discípulos dentro de claustros y jardines de las ciudades de Oxford y Cambridge. Dado el gusto del profesor por las bebidas alcohólicas, el rumor encontró eco en tabernas y pubs londinenses; dado su gusto por la diatriba, repercusión tipográfica en las secciones de cartas de lectores de muchos periódicos.
Este célebre trabajo crítico de Empson, alegórico de sí mismo, contiene siete capítulos, cada uno de ellos dedicado a analizar una clase de ambigüedad que perpetúa las aprendidas por Burgess: la ambigüedad posicional, por ejemplo, que insinúan los verboides (sobre todo los participios ingleses) y que ahonda el humor o la nostalgia, la ironía o la tristeza. Como dice Burgess, se puede aprender a detectar en Siete clases de ambigüedad la resonancia connotativa y la forma como contenido.
Los procedimientos y habilidades de Empson son los que todavía -en un arrebato un poco exasperante- suele reprochárseles a los críticos clásicos (previos a Barthes, digamos): una memoria asombrosa no carente de fantasía y fogosa erudición, con un conocimiento profundo de la materia elegida -la poesía y el drama inglés, de John Donne y Shakespeare a Gerald Manley Hopkins y TS Eliot- no exento de facilidad asociativa, cierta calma ufana, cierto aplomo increíble, que nadie puede confundir con modestia, aun o sobre todo en la incertidumbre.
Ni sus aptitudes ni su método, con sus matices, pueden convertir a William Empson, sin embargo, en el dueño de un repertorio "aplicable", en el precursor de una didáctica funcional para la poesía moderna. La acusación de oscuro no le hizo en vida mella. Demasiado nos ha acostumbrado la falsa claridad de un pobre presente al uso peyorativo del término. En Empson la oscuridad se manifiesta de todas las maneras posibles: en el gusto, en el estilo, en los inusuales balances entre ponderación y capricho, en la asombrosa belleza que proporciona esa oscuridad cuando la derrama o la derrocha un artífice a la vez introspectivo y voluptuoso, una especie de Rembrandt de la crítica literaria.
A fin de cuentas, ha sido otra de las desproporciones del siglo XX hacernos creer que el monocultivo de lexias o algún otro invento semejante podía aplacar los excesos de sentido de la literatura. "La oscuridad es un camino y la luz un lugar", escribió Dylan Thomas, el poeta contemporáneo más admirado por William Empson (y, por suerte, uno de los más conocidos en español). Ambos tuvieron debilidad por ciertas formas poéticas, la villanelle , por ejemplo: ("No te vayas suavemente en esta despedida", escribió Thomas; Empson, en cambio, "Fechas perdidas", poema que las antologías de poesía inglesa heredan habitualmente). Sin embargo, no puede hablarse de poetas más disímiles que el bardo galés y el profesor de Cambridge. El primero efusivo, creador de sus propias estrofas, oratorio más que retórico; el otro tímido y recóndito, ejecutante obsesivo del tipo de centón que Eliot impuso con La tierra baldía , manipulador asiduo de la función del poema y la de su sombra, la glosa: el comentario o la nota. Dylan Thomas, que parodió a Empson con afecto, advirtió enseguida los límites de una zona de exclusión, el contorno de una oscuridad que no era para él; Empson, en cambio, sólo fue capaz de parodiarse a sí mismo, a veces sin afecto.
La poesía completa de Empson fue compilada hace unos años por John Haffenden, autor además de una monumental biografía en dos volúmenes del autor de Siete clases... , longevidad real que se traduce en una desmesura espacial casi ofensiva. Poesía y obra crítica, en este caso, se complementan como pocas. La serenidad aforística de Empson no desperdicia ambigüedad cuando en un poema ofrece como resultado de una pesquisa en apariencia psicológica y antropológica una generalización como ésta: "El hombre, doncella entrometida del alma,/ puede conocer su felicidad con el ojo en la cerradura/ está seguro; la llave se ha perdido; sabe:/ la puerta no será abierta, no será tapada la cerradura".
El crítico, a su vez, confiesa con arrogancia en el capítulo primero de Siete clases... : "la palabra (ambigüedad) quizá se extienda a límites absurdos, pero será descriptiva porque sugerirá el modo analítico de considerarla, y eso es lo que me interesa".
Aficionado a los crucigramas, William Empson parecía cargar sobre sus hombros el estigma del solterón. Se casó, no obstante, y tuvo dos hijos. El resto de su obra crítica ( Versiones de la literatura pastoral , Estructura de las palabras complejas , El uso de la biografía ) confirma, y hasta magnifica todo lo que pueda decirse de Siete clases de ambigüedad , de su festín literario y sus descubrimientos: la retórica como un elenco de instrumentos quirúrgicos, la memoria y la imaginación funcionando al unísono, el pasado como un diccionario de errores vocacionales que podemos corregir o atenuar, como una paleta pródiga de valores de los que podemos valernos.
La mejor imagen de Empson la ofrece Paul West, que lo conoció en Estados Unidos y lo admiraba sobre todo por haber escrito el mejor poema sobre una mujer sacándose las medias. West lo vio en un jardín, después de una clase en que la ambigüedad fue un pretexto y la tempestad otoñal del brandy el tema principal, mirando por un telescopio la luz de una casa vecina con la absoluta convicción de atestiguar una manifestación bélica del remoto planeta Marte.
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