Elogio de la revancha
La revancha tiene mala fama. Tal vez porque suelen confundirla con su hermana mayor, la venganza, que es visceral, impulsiva y está orientada al daño. La revancha, en realidad, es estratégica: exige cabeza fría y planeamiento para revertir una derrota. No busca necesariamente herir, sino restituir una dignidad que se siente extraviada. Cuando Hamlet urde el asesinato del tío que mató a su padre, es venganza: fatal, irreversible. Cuando Rocky Balboa derrota por fin a Apollo Creed en Rocky II, es revancha: entendió por qué había perdido antes y cambió su enfoque. Hay un matiz.
Cristo, sobre cuyas enseñanzas se gestó buena parte del sistema de valores de Occidente, tampoco tenía a estas hermanas en la mayor estima. Para él, el perdón era un mandato religioso y ético: hay que perdonar para ser perdonado, poner la otra mejilla. Aunque solo soy un humilde periodista, apenas una criatura insignificante en el gran esquema del Cosmos, me permito en esta oportunidad plantearle una objeción al todopoderoso Hijo de Dios: un poco de revancha -administrada sin crueldad ni sadismo- puede convertirse en una herramienta poderosa.
Estoy al tanto. No resulta fácil ni glamoroso exaltar las virtudes de la revancha. El perdón no solo tiene el aval de la Iglesia, el budismo y los life coaches. También lleva encima la pátina dorada de la superioridad moral, del espíritu evolucionado que, sobre una cómoda reposera, se broncea plácidamente bajo el sol de la autocomplacencia. Bien por vos, Siddharta, pero no todos podemos permitirnos ese lujo. Algunos tenemos que aferrarnos a derrotas antiguas y usarlas como combustible para mejorarnos.
Pensaba en eso esta semana luego de mirar un clip de los Premios Feroz 2026, galardones que entrega la Asociación de Informadores Cinematográficos de España a lo mejor del cine y la televisión de ese país. En esa ceremonia, en la categoría “Mejor Guion de una serie”, ganó Diego San José, coautor de la tira Yakarta. Sobre el escenario, blandiendo el trofeo, San José dijo: “Quiero dedicarle este premio a todos los profesores de gimnasia”.
“No sabía que quería escribir historias hasta el día que me dijeron que tenía que hacer el Test de Cooper, que es una cosa demencial y muy triste -afirmó, ante las risas de buena parte de la audiencia y sus compañeros guionistas-. Mi profesor se llamaba Cipriano. En la mirada noté siempre que pensaba que no llegaría a ninguna parte. Cipriano, no sé saltar el potro, pero esto es un Feroz al Mejor Guion. Va para ti”. Fue una pequeña reivindicación: en sus palabras no había odio, pero sí memoria.
Supongo que todo tienen sus propios “Ciprianos”, personas que, a lo largo de la vida, nos hicieron dudar de nuestro valor, que desmerecieron el esfuerzo puesto en la oficina, la casa o la cancha de fútbol cinco. En ocasiones, cuando me siento derrotado o sin energías, recurro a mi catálogo personal de estos personajes. Los tengo de todo tipo: hay familiares, docentes de todos los niveles educativos, expatrones y examigos. Varios no deben guardar recuerdo alguno de mí ni de sus desaires, pero eso no me interesa. La revancha, entendida como motor íntimo, no necesita siquiera testigos presenciales.
Aunque corra el peligro de sonar new age, supongo que es mejor estar agradecidos con nuestros “Ciprianos”, grandes maestros involuntarios de las lecciones que conviene jamás aprender. Lo más importante, quizá, sea no perder la modestia ni sobreestimar la propia curva de aprendizaje: nadie está exento de convertirse, algún día, en el villano de la anécdota de otra persona.
Mis “Ciprianos” todavía ocupan un lugar en mi memoria. No los olvido ni siquiera cuando la vida me sorprende con una reivindicación o un triunfo largamente esperado. Incluso en esos momentos, me detengo a recorrer los oscuros pasillos del recuerdo. Entonces, me acerco a los barrotes de sus celdas imaginarias y pienso, para mis adentros: “En tu cara”.
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