En Tigre, un choricine
En primavera y verano, Mausi Martínez y Luis Barone hacen funciones en Rincón de Millberg; el resto del año,llevan un festival ambulante al interior
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Mausi Martínez y Luis Barone no están locos, o al menos no mucho, y en realidad la sutil indiferencia con la que enfrentan el frío invernal de Rincón de Millberg es una muestra de su temple y fortaleza moral. A veces la suma de pasión y optimismo a rajatabla se confunde con locura, y ése podría ser el caso de esta pareja de realizadores que ha convertido el cine en una causa capaz de superar todo tipo de inclemencias. Desde hace siete años ambos recorren buena parte del país, de La Quiaca a Esquel, en dos grandes camiones que ellos mismos transforman en la sede ambulante de un festival cinematográfico ("Siempre Cine") asociado con cooperativas del interior. Y cuando no están de viaje, el festival transcurre en su hogar de Rincón de Millberg, en una isla de Tigre, con dos funciones gratuitas por fin de semana, choripán (también gratis) para los espectadores y uno de los camiones disfrazado de bar. Alrededor de la casa hace mucho frío, sí, pero parece que ellos no lo sienten: se ve que pensar y trabajar con la mira puesta en octubre, cuando regresen con el proyecto Choricine, los vuelve inmunes a las flaquezas cotidianas y a las debilidades de la sensatez, esos vicios de los excesivamente cuerdos que ellos han decidido reemplazar por la alegría de vivir el amor a las películas hasta las últimas consecuencias.
El Choricine Tigre tiene más de 3600 amigos en Facebook y representa una de las maneras más cálidas y creativas de recuperar la dimensión social del cine, hoy amenazada por la solitaria comodidad que promueve el DVD y la infinidad de sitios on line que permiten ver películas sin siquiera bajarlas al disco duro de la computadora. En su programación han incluido desde Temple de acero, de los hermanos Coen, hasta Las puertitas del señor López (en homenaje a una vecina ilustre de Tigre, Katja Alemann) y El hombre de al lado, con uno de los protagonistas, Rafael Spregelburd, como invitado especial. "Está bien ver todo lo que uno quiera en la compu o la pantalla de la tele, pero hay una convocatoria propia del cine que va mucho más allá de eso", dice Barone, director de Zenitram y El Tigre escondido, entre otras películas. "El cine también consiste en reunir a un montón de gente en un lugar oscuro a ver sombras, luces y reflejos. Es algo relacionado con el origen de la especie, una magia definitivamente necesaria para nuestra manera de estar en el mundo. Somos lo que somos porque nos gusta juntarnos alrededor de alguien que cuenta una historia", agrega.
A Barone lo inquieta la pérdida de ese aura colectiva que reivindica el cine, pero tanto o más lo preocupa la lenta e inexorable desaparición de salas ajenas a la cultura del shopping. "Antes el cine estaba asociado al espacio social. Había al menos una sala en cada barrio y los vecinos se encontraban allí; hoy lo que tenemos son multipantallas que acompañan la experiencia cinematográfica con el consumo y el marketing", destaca. Ante la perspectiva de una industria enfocada especialmente en satisfacer al espectador solitario o hiperconsumista, Luis y Mausi se animaron a abrirse camino a su manera, como lo hicieron cuando abandonaron la vida en la Capital para instalarse entre los árboles y la calma propia de Tigre. Primero convocaron a los técnicos que la última gran crisis había dejado sin trabajo; luego organizaron una cooperativa y, en un paso más audaz, comenzaron a enseñarles los distintos oficios cinematográficos –iluminación, diseño de vestuario, escenografía– a los vecinos.
"Era una continuación de lo que ya habíamos hecho con la caravana de Siempre Cine –subraya Mausi–. Durante los cinco, seis o diez días que dura el festival en los distintos lugares a los que vamos también dictamos cursos, técnicos para los grandes y de iniciación al cine para los chicos." En Siempre Cine lograron que esos chicos produjeran y dirigieran sus propios cortos, exhibidos en la última función del festival ("Muchos son impresionantes porque narran historias policiales impunes de los pueblos", dice ella), y en la escuela de Rincón de Millberg formaron a decenas de técnicos, que más tarde se integraron a su equipo de trabajo en las películas que produjeron (Pájaros volando, Juan y Eva y Miss Tacuarembó, entre otras). La crisis les enseñó a arreglárselas sin esperar nada de nadie, pero quizá la mayor enseñanza la recibieron en su casa, que por cierto forma parte de un viejo astillero de la zona. En palabras de Luis: "Acá tenés dos opciones: o bajás la persiana y te amurallás, como tanta gente hace en los countries, o te decidís a convivir en serio con la gente local. Nosotros nos abrimos al barrio, logramos desarticular la paranoia, y el Choricine es producto de eso".
¿Cuál es la ganancia de un proyecto gratuito que abre las puertas de la casa para proyectarles películas a los vecinos? "Que uno vive mejor", responde Mausi. La locura consiste en evitar los caminos transitados y animarse a experiencias nuevas. Esa ¿locura? une a Barone y Mausi con la señora que en cada edición del Choricine atiende el bar, el vecino que llega con brownies calentitos para que no falte el postre, el chico de la otra cuadra que pone música con su computadora, el que construyó el carrito para los choclos asados, el del Automóvil Club Argentino que ayuda con los chorizos, la abuelita que consigue jabón líquido para los baños y las chicas que pegan los carteles en la panadería, el supermercado, los bares y los locutorios. Entre todos han construido una forma alternativa de ver y disfrutar el cine, que en el fondo construye una manera participativa y solidaria de vivir en sociedad. "Si uno se acerca al barrio, el barrio le devuelve mucho. Aquí aprendimos el valor de compartir. El cine es un trabajo de equipo, y buscarle variantes a su presente también implica sumar esfuerzos. Ahora, al Choricine vienen entre 150 y 200 personas por función. El lugar está cada vez mejor acondicionado y a nadie se le pasa por alto que, como la calidad nos importa mucho, proyectamos en 35 mm. ¿Cómo no vamos a volver en octubre, cuando cambie el clima, si esto es nuetra vida?", concluye Barone, abrigado y entusiasta, mientras muestra el proyector italiano, el galpón con la pantalla gigante, el camión vestido de bar y la marquesina hecha por los vecinos. "¡Claro que vamos a volver! Para eso estamos trabajando", dice Mausi. Y qué curioso: mientras hablan, ¡zas!, desaparece el frío.
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