Entre la pasión y el intelecto
La retrospectiva de Alfredo Hlito en la sala Cronopios del Centro Recoleta, coloca en su verdadera dimensión la obra de un artista mayúsculo. Juana Butler, colorista de inspiración oriental
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Alfredo Hlito es una de las figuras clave del arte de Nuestra América, como la bautizó el famoso sabio Pedro Henríquez Ureña. Alfredo nació en Buenos Aires en 1923, hijo de padre sirio y de madre italiana, entroncado así con culturas milenarias. Su vocación temprana lo llevó a militar en la vanguardia de los años 40, cuando todavía podía hablarse de "vanguardias".
Movimiento de trascendencia histórica, aquel grupo de "concretos" publicó la mítica revista Arturo, donde se dieron cita, entre otros, maestros de la talla de Tomás Maldonado y de Gyula Kosice.
Ya desde el arranque la obra de Hlito se caracteriza por un raro equilibrio que presta importancia tanto al plano de la figura como al del resto de la tela. Dibujo y color se conjugan en una perfecta armonía que acompaña los hallazgos de un Mondrian emergido tras experiencias cubistas. Hlito se complace en hacer despliegues sorprendentes a partir del equilibrio de formas rectilíneas; obras que hacen vibrar cuerdas musicales, orquestadas con una sensibilidad que corre pareja a la intensidad del pensamiento, lo que permite decir de Hlito que es el clásico por antonomasia. Equilibrio perfecto de pasión y de un intelecto superior. Este último lo llevó a explorar el arte con la seriedad y la justeza de quien se siente cómodo en el mundo abstracto de la precisión matemática.
En cada etapa Hlito parece haber llegado a la cúspide, pero una y otra vez nos sorprende con nuevos hallazgos. Su estada en México durante una década a partir de 1963 permitió a sus óleos empaparse de un sentimiento de americanismo que lo coloca al nivel del gran Torres García.
Desde el más escueto de los dibujos en blanco y negro hasta las imágenes que sugieren la figura humana, apelando a curvas tales como las que podrían detectarse en una Señorita Pogany del escultor Brancusi, Hlito deja demostrado, como podría hacerlo algún teorema, que el talento debe estar acompañado por el carácter para alcanzar el nivel de lo genial.
La delicadeza de los empastes hace difícil distinguir el óleo del acrílico que usaría a partir de su retorno a Buenos Aires. Contemplar la obra de Hlito es darse un baño de esencialidad, una resistencia que nos exige la época para salvarnos del mundo aparencial.
(En el Centro Cultural Recoleta, Junín 1930, hasta el 24 de agosto)
Los últimos 30 años de la pintura de Juana Butler suponen el recorrido por un mundo poblado de hallazgos estéticos e imaginativos. A través de sutilísimas gamas de color, siempre entonado, desde los rojos hasta los azulados y violáceos, se nos va revelando lo que me atrevo a llamar visiones de mundos perdidos, pero recobrados por el sueño persistente de Juana Butler.
Dueña de un oficio impecable, que sin duda debe mucho a su tío Horacio Butler, Juana va como desenmarañando las apariciones de sus pirámides, sus ángeles, sus paisajes cósmicos. No hay duda de que se trata de un arte que responde a meditaciones profundas de inspiración oriental; pienso sobre todo en el tipo de concentración recomendado por la mística hindú. En cada cuadro y en cada etapa, la contemplación inteligente de las obras de Juana Butler nos reclama con idéntico grado de concentración. Estas no son pinturas que den margen a la frivolidad; se trata de contrapartidas sensoriales de hondas meditaciones filosóficas.
(En el Centro Cultural Recoleta, Junín 1930, hasta el 27 de julio)



