Enumerar y amar
Por Hugo Beccacece Jefe de Redacción de adncultura
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En una charla que Umberto Eco dio a propósito de la muestra El vértigo de las listas y la publicación del ensayo homónimo, al que adncultura le dedica la nota de tapa, el escritor italiano recordó la clásica pregunta que se les hace a los hombres de letras: "Si usted debiera llevar un solo libro a una isla desierta, ¿cuál eligiría?". Eco empezó por manifestar asombro por la habitual falta de imaginación de sus colegas. "Siempre se llevan algo de Shakespeare." Él, en cambio, declaró que preferiría abismarse en la lectura de la guía de teléfonos porque cada línea representa un ser humano, es decir, toda una historia: la novela de una vida. De ese modo transformó lo que él llama "una lista práctica" en una "lista poética".
Cualquier lista pueda ser entendida de un modo u otro, o de ambos modos a la vez. Pongamos como ejemplo un viajero de recursos medianos que piensa pasar sus vacaciones en el lago de Como, en Italia. Investigará en Internet los alojamientos que están al alcance de su bolsillo. Hará clic en las fotos de los cuartos para tener una idea de los estilos de los establecimientos y de lo que se suele llamar la relación "calidad-precio". Pero es probable que no se limite simplemente a la realidad, es decir, al hotel o a la pensión de dos o tres estrellas que terminará por contratar, sino que, por "pura" curiosidad, o más bien por una curiosidad "poética", eche una mirada a la lista de cuatro estrellas, a la de cinco y, por último, al hotel de lujo, Villa d´Este, que fue originariamente residencia de los reyes de Italia, y al que el viajero jamás podrá entrar. La visión práctica se transformó en un motivo de ensueño.
No dejamos de hacer listas. Todas nos retratan. La del supermercado delata nuestros hábitos del mismo modo que el inventario de un tacho de basura le revela a un detective o a un encargado de edificio la intimidad de una casa. La elección de una guía telefónica como compañía en una isla desierta dice mucho sobre la imaginación y el apetito rabelaisiano de Eco, sobre sus gustos y pasiones.
Hagamos una comparación. A propósito precisamente de Shakespeare y de listas, Victoria Ocampo en el artículo "Shakespeare o what you will" (Sur, Número doble 289-290, 1964) anticipa lo que podría llegar a ser su encuentro con su admirado escritor en el valle de Josafat: "Ésé que Shakespeare me traerá todo lo que me gustó en la vida. [...] Y al saludarlo -porque lo saludaré- y decirle muy naturalmente: ´Mi querido Shakespeare´, siento ya que estaré diciendo mi querida rama, mi querido cielo, mi querido día, mi querida noche, mis queridos cantos de gallo y de chicharra, mi querido olor a lluvia en el jardín, mis queridas palomas, mi querido verano, mi querido mar, mi querido amor". Lo que importa en ese catálogo de "alimentos terrestres" es el ritmo obsesivo de la frase, especie de letanía, y el último elemento de la enumeración, "querido amor". Quizá toda lista, práctica o poética, tenga como motor -y a la vez, como fin- "mi querido amor", el aire sin el cual no podríamos respirar.





