
Escrito en los márgenes
El autor de Eva Perón ¿aventurera o militante? toma distancia de la interpretación que hizo de Evita en ese libro y la compara con Victoria desde una nueva perspectiva
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El descubrimiento de un ejemplar de Eva Perón ¿aventurera o militante?, dedicado por mí a Victoria Ocampo y subrayado por ella con notas al margen en lápiz rojo, viene a complementar aquellas esquelas escritas con letra nerviosa sobre papel inglés color azul, donde respondía algo que yo había escrito y no le gustaba. Me las enviaba "por mano", o bien por intermedio de mi vecino José Bianco, recomendándole: "Dígale a su amigo…". Le correspondió ahora el papel del go-between de esta discusión póstuma a Nicolás Helft, cuando clasificaba la biblioteca de Villa Ocampo.
La destinataria de ese ejemplar con mi dedicatoria dudó siempre de que fuera yo el remitente. Reconozco que la dedicatoria debió decir "otra mujer argentina", pero el uso del gentilicio no debe interpretarse, sin embargo, como una muestra de mi nacionalismo: no soy nacionalista, pero tampoco lo era en esa época, lo prueba la influencia en ese mismo libro de Sartre y Simone de Beauvoir. Por otra parte, siempre consideré el universalismo de Sur y su difusión de la literatura mundial entre los lectores de habla hispana como uno de sus rasgos más reivindicables. Debo aclarar que mi interpretación actual sobre el personaje de Evita no es la de aquel libro que ya no reconozco, sino la de tres obras posteriores: Los deseos imaginarios del peronismo, Crítica de las ideas políticas argentinas y Comediantes y mártires.
Victoria, que llamaba a Evita la Peronnelle, sólo la mencionó una vez en su obra, recuerda Nicolás Helft. Fue en su autobiografía y allí su juicio era ambiguo: la definía como una resentida pero, a la vez, reconocía motivos para su resentimiento. Debió de pensar en su condición desventajosa, en aquellos años, de mujer e hija natural, dos temas que a Victoria le preocuparon siempre.
Hubo, sin embargo, otro escrito donde, sin nombrarla, le dedicó una burla sesgada. En ocasión de recibir un premio, Victoria dijo que no iba a declarar, como es de rigor, no ser digna de ese honor, porque la humildad, cuando se ostenta, se destruye: es una virtud innominable, sólo puede practicarse en silencio y desaparece a la menor mención. El público festejó con una sonrisa la alusión a la costumbre de Evita, por entonces (1951) en su apogeo, de exhibirse espectacularmente como "la más humilde de las mujeres". Ese discurso fue luego publicado en la quinta serie de Testimonios con el nombre de "Malandanzas de una autodidacta".
Recuerdo otros episodios poco conocidos de las turbulentas relaciones entre las dos mujeres. Cuando murió Eva Perón, un decreto oficial exigió que toda publicación periódica debía salir con una franja negra. El comité de redacción de Sur se reunió para optar entre alternativas igualmente malas: la inclusión de la franja hubiera significado someterse a la orden dictatorial; no hacerlo condenaba la revista a la inevitable clausura. Victoria llegó a una solución ambigua: publicarían dos pequeñas semifranjas simétricas. De ese modo mostraban una sutil diferencia. Y, a la vez, resultaría más estético; una ventaja, como diría Borges, de la censura.
En esa reunión de emergencia de Sur se produjo otra cuestión. El socialista Nicolás Repetto había escrito un artículo en La Vanguardia donde, sin dejar de criticar el peronismo, elogiaba la personalidad de luchadora de Evita. A Victoria se le ocurrió escribir algo similar en Sur. Los demás miembros del Comité lograron disuadirla.
En cuanto a mi comparación de Victoria y Evita como mujeres libres y revolucionarias, hoy pienso que ninguna de las dos lo fueron tanto. Victoria fue renovadora de las costumbres, pero no se atrevió a separarse públicamente de su marido; no estaba exenta de algunos prejuicios (una olvidada y olvidable nota de Sur con su firma, "La m …y la rosa", contra Jean Genet, es un ejemplo entre otros) y distaba de la audacia y libertad de las mujeres intelectuales de su época en la Rive Gauche o en el grupo Bloomsbury?a las que tanto admiraba.
Evita, por su parte, no tuvo nada que ver con la liberación femenina. Contradiciendo su propia vida, despreciaba a las feministas, e influida por sus asesores, nacionalistas católicos, defendía una posición tradicionalista de la mujer consagrada al hogar y dependiente del varón. Mi libro estaba dedicado a Simone de Beauvoir, sin embargo, nada estaba más alejado de El segundo sexo que La razón de mi vida, publicado dos años después de aquel.
La posible concordancia entre Victoria y Evita es una paradoja y se ha convertido en un juego literario; lo imaginario no exige lo real pero sí lo verosímil: si por azar ambas mujeres se hubieran conocido, no se habrían soportado un minuto. Es imposible concebir a ambas fuera de su contexto histórico, fueron reflejo, aunque infiel, de los límites de la sociedad argentina de su época, donde las clases sociales, las relaciones familiares, los vínculos personales y la desigualdad de géneros predominaban sobre las instituciones y sobre la autonomía individual; la modernidad y la secularización no terminaban de desplazar el tradicionalismo.
Ambas tuvieron una voluntad excepcional pero además, para hacer lo que quisieron, dispusieron de una gran fortuna, del patrimonio familiar en un caso, del uso indiscriminado de los bienes del Estado en el otro. Se transformaron en mujeres míticas, pero no lograron sus objetivos Ni Evita consiguió un pueblo-nación coercitivamente unificado bajo el peronismo, ni Victoria su ideal de "crear una elite futura".
¿Qué puedo decir hoy sobre las posiciones contrarias que en aquellos años sosteníamos Victoria Ocampo y yo respecto al peronismo? Victoria tenía razón en atacarlo, pero por malas razones; yo estaba equivocado en defenderlo, aunque con buenos argumentos. A la distancia debo reconocer que ambos estábamos equivocados a nuestra manera.




