
Esos amores imposibles de olvidar
Inefable en los meandros del amor, Adolfo Bioy Casares confesó alguna vez que uno de sus más instantáneos embelesos no lo provocó una mujer, sino un personaje de ficción. “Noche por medio soñaba con la duquesa San Severina, en la novela de Stendhal, La Cartuja de Parma ”, reveló el escritor a La Nación hacia el ocaso de su vida.
Borges, en cambio, gritó su autobiográfica desventura amorosa en El amenazado , legándonos uno de sus versos más estremecedores: “Estar o no estar contigo es la medida de mi tiempo”–escribió–, exhibiendo, a su vez, el propio cuerpo magullado por el desamor de una mujer.
La historia, la vida y la literatura no han ahorrado intimidades a la hora de desentrañar el amor y la pasión, descripta por Séneca como “la visita de un dios que hace inteligentes a los idiotas e idiotas a los inteligentes”.
Espejo tramposo, oscilante al momento de reflejar la realidad, la literatura puede ser también una fuente implacable de dicha y de tormentos para muchos escritores. Al zambullirse en la prosa romántica no son pocos los que asomaron a una doble revelación: vislumbraron en ese océano de tinta algo ignorado de sí mismos, y en el derrotero de sus lecturas hallaron las que consideran son las más eficaces historias de amor.
Los autores conceden que la preferencia literaria aunada a sus propias vivencias evidencia la arbitrariedad de toda elección personal. Pero aún así trazan un mapa de lecturas posibles a partir de las más conmovedoras historias de amor.
Relación clandestina
Lector voraz y sensible, a Ernesto Schoo no lo subyugó una ficción sino la tempestad emocional que vivieron durante 12 años en la clandestinidad Victoria Ocampo y su amante, Julián Martínez; primo de su marido, Monaco Estrada.
La escritora desgrana esa historia en el III tomo de sus Memorias, con el título La rama de Salzburgo.
Bajo el influjo de la Ciudad Eterna– Roma, en 1912—el flechazo fue instantáneo, aunque ese "amor furtivo, turbulento y contrariado", según cuenta Schoo, se consumó seis años después cuando la pareja alquiló subrepticiamente un departamento en la calle Garay.
"Ella detalla todos los ardides desplegados para ocultarse de la familia y desafiar a la sociedad de entonces, pacata e hipócrita. Tomaba un taxi, simulaba ir a un lado y en la esquina cambiaba de destino. A Victoria ese amor la enriqueció y sin embargo advirtió con temor que desde las cumbres de la pasión se divisa el abismo de la muerte".
Schoo reconoce que lo deslumbró una historia que él jamás se hubiese animado a vivir. "Allí sí la literatura se convierte en un lugar seguro para burgueses conservadores como yo", dice, sin remordimientos.
"Ese filo peligroso de una pasión arrolladora que desafió todos los preconceptos de la época, a pesar del temor manifiesto de que pudiera empujarlos demasiado lejos, culmina, en la reflexión de Victoria, con una frase memorable. Cuando él muere, ella lo llama: Mi querido amor. Esa sola cita me maravilla", cuenta Schoo, con la voz resquebrajada ante el acecho de una emoción desbordada.
García Márquez y Amado
Para Diego Paszkowski ninguna novela refleja tan fielmente el amor romántico de otrora como Rojo y Negro, de Stendhal, aunque reconoce que ése clásico se bifurca por muchos más temas. En la tensión amorosa, parangona su eficacia con la novela de Guy de Maupassant, Bel Ami. "Ambas tratan sobre un mismo tema: cómo utilizar el favor de las mujeres para lograr el ascenso social", acota el escritor.
A tal punto lo influyó la prosa de Stendhal , que bautizó como Besançon al protagonista de su primera novela, Tesis sobre un homicidio (Premio LA NACION). Un guiño al terruño de Julian Sorel, el célebre adalid de Rojo y Negro.
Fueron, sin embargo, dos autores latinoamericanos los que precipitaron en Paszkowski la reflexión sentimental . De paso, le mostraron "las implicancias que éstas tienen en mi propia vida", confiesa. " El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez, me hizo pensar en cuánto tiempo se debe, o se puede, esperar el verdadero amor", reveló , mientras que con Gabriela (clavo y canela), del bahiano Jorge Amado, caviló sobre ese entuerto emocional de la muchacha que elige la infidelidad sólo porque desea ser libre.
Misticismo religioso y castración
La fatalidad que vivieron los intelectuales franceses Eloísa y Abelardo en el siglo XI, cuyo corolario fue la reclusión de ambos en sendos conventos y la castración, de un seco navajazo, del filósofo a manos de dos esbirros, no lo desanimó a Santiago Kovadloff a elegir ese drama como el más conmovedor.
Conocido por las epístolas en latín de los amantes, luego traducidas al francés, la relación comenzó por una treta de Abelardo, por entonces de 32 años, que convenció al tío de Eloísa para que lo hospedara en París en la misma casa donde vivía la joven, pensadora y escritora, de 16 años.
El no llegó a amarla pero sí a desearla de manera desquiciada. Aunque tiempo después, optó por el compromiso religioso Y renegó de la experiencia erótica como una etapa pecaminosa, de la cual lo liberó Dios al posibilitar su castración, detalla Kovadloff.
"Lo maravilloso es que pese a que él la desdeñó y la culpó de todos sus males en La historia de mis desventuras (allí mismo donde escribió: Toda mujer atractiva es una perdición para el hombre talentoso porque lo sumerge en la pasión carnal que desvirtúa lo mejor de su inteligencia ), Eloísa siempre reivindicó su condición de mujer enamorada.
Defendió su autonomía emocional y sexual en plena Edad Media. Su justificación– argumenta Kovadloff–la convirtió en una adelantada de los derechos de la mujer, defendidos muchos siglos después".
La idealización del amor
Para Guillermo Martínez, la apoteosis del romanticismo está representada por el simbolista francés Alain Fournier en El gran Meaulnes, una novela que lo encandiló en su adolescencia. Y cuyo magnetismo en parte se desvaneció al releer el libro años después.
"A veces es difícil discernir a qué lecturas uno puede volver y a cuáles no", explica. Sin embargo, la historia del estudiante de la campiña francesa que desaparece misteriosamente del colegio donde estudia y regresa transformado por el sorpresivo encuentro con una muchacha durante una malograda fiesta de casamiento proyectó una insistente sombra en su propia literatura.
"En mi primera novela, La mujer del maestro, de manera inconsciente repetí la situación del personaje, Meaulnes, que espera ver a su amada en la ventana. Y por supuesto que a los 15 o 16 años yo también me había enamorado de Ivonne de Galais, esa chica idílica, bella y sofisticada.
El tema de la novela radica en cómo se vive el primer amor en la adolescencia, con la carga de ilusiones y esa natural idealización de los sentimientos que tarde o temprano colisionan con la realidad.
Inmersa en una atmósfera flaubertiana, retrata como pocas la vida en la campiña francesa, y envuelve a la narración con un perpetuo halo de misterio. El nudo es el amor como imposibilidad, ese sentimiento difícil de asir, a contrapelo de las novelas contemporáneas que empiezan con sexo y donde el amor llega al final, analiza Martínez .
Tratado sobre la pasión
Leopoldo Brizuela pone sobre el tapete un argumento que pocos se animan a desestimar: "Hay muchas menos historias de amor en la literatura argentina de las que uno cree. Aquí los autores ni siquiera se permiten "querer" a los personajes. Es tal el temor a la cursilería que la primera obligación es no ser grasa", afirma. "Pero no hablar de los sentimientos tiene un costo altísimo , sostiene. L os géneros populares en cambio sí toman al amor. El único referente escrito en el país está en el tango y en la canción popular".
Para Brizuela quizás las más grandes historias de amor sean Cumbres borrascosas y Moby Dick. Sin embargo, al momento de optar por una sóla menciona El bosque de la noche, la aventura autobiográfica de Djuna Barnes y su amante, ambientada en París, en los años´20.
En la novela, los personajes de Nora y Robin (en la realidad, Djuna Barnes y su novia, Thelma Wood) dejan en claro que "la persona que ama ya no vuelve a ser la misma, porque el amor es un acontecimiento que nos guía hacia otras dimensiones", señala Brizuela.
"El libro es un tratado sobre la pasión y el dolor que acarrea esa intensidad. Porque la pasión saca lo mejor y lo peor de cada persona. Y uno llega a conocerse a un muy alto precio", analiza.
"La mejor frase del libro la pronuncia el doctor Matías Grano de Sal, el confesor de la protagonista, cuando dice: Amor, cosa terrible. Y no hay nada más cierto", dice Brizuela.
Mr. James Gray o El inglés de los güesos
La escritora María Rosa Lojo rescata "la olvidada novela de Benito Lynch, El inglés de los güesos " como el paradigma de la historia de amor que no logra vencer las asimetrías.
"Acaso las historias que más nos han conmovido son aquellas que leímos en una etapa fundacional de nuestra identidad: la adolescencia", dice Lojo. "Y en este caso los protagonistas no pueden ser, aparentemente, más incompatibles", un científico inglés asentado en el medio de la Pampa y la negra Balbina, hija de un puestero de estancia.
"La tensión extrema, la disparidad, y también la certeza de que –pese a, o a causa de, las desemejanzas— ese amor de seres distintos y distantes enriquecería imponderablemente sus existencias, otorgan a la novela un clima difícil de olvidar", juzga Lojo. Pero en todo momento, también el narrador y el lector (sobre todo aquella lectora adolescente que fui) creen que el riesgo valdría la pena, y que el "sabio" británico demuestra la más palmaria ineptitud humana al ignorar un enamoramiento evidente.
Lynch pinta al personaje así: "Y clavado en el sitio con la rigidez de una espada, ceñido el busto por su waistcoat y con aquel penacho de pelo que la brusquedad del movimiento había erguido sobre su rubia cabeza como un crestón o como una garzota, El inglés de los güesos parecía una armadura de acero más bien que un hombre…"
Para Lojo, aún pasados muchos años desde aquella primera lectura, continúa viendo "al infeliz antropólogo" como el gran perdedor de su propia historia de amor .




