Este enero rima con Freddy Romero
En la mesa de luz hay varios libros a medio leer. Algunos están como el año: recién empezados. No quiere decir que vayan a quedarse ahí, incompletos, para nada. Suele ocurrir que de golpe, como en el pool, un impulso hace que retome las páginas y la lectura se encadene en una misma jugada hasta el final. Por ejemplo este enero, tan intenso para ser prematuro, rima con Freddy Romero, cuya biografía en blanco y negro –como casi todo en su vida: grises no– aguardaba paciente en la pila. El bailarín, coreógrafo y maestro (Caracas, 1939-Belo Horizonte, 2006) moría hace exactamente veinte años. Entre la reciente publicación, la coyuntura de su país clamando casi desde el día uno y el aniversario redondo de la despedida, ahí estaba el detonante para el efecto carambola.
Como resume el académico Jorge Dubatti en el texto de la contratapa de Pájaro negro que danzas (India ediciones), esta historia de vida reconstruye los orígenes humildes del personaje, analiza los pasos de su formación, su trayectoria internacional, la relación con sus amores; a través de los capítulos (que no abandonan la metáfora del título: refieren al vuelo, las plumas, el nido), va apuntando su pensamiento y recoge palabras propias y ajenas, de su entorno íntimo, afectivo y laboral. La autora, Dulcinea Segura Rattagan, integra la planta del Instituto de Artes del Espectáculo de la Facultad de Filosofía y Letras (UBA); allí, en “el Castagnino”, coordina el Área de Investigaciones en Danza y Artes del Movimiento.

Para seguir con las rimas, de chico Romero quiso ser torero; vendió las arepas que preparaba su madre y fue ayudante del joyero del barrio hasta el día en que se dio cuenta por azar de que su corazón se acompasaba naturalmente con la música de un grupo de chicos que bailaba en la plaza. A los 16 empezó sus estudios de danza moderna y, como Yolanda Moreno (“la bailarina del pueblo”) le dio alas, se fue volando a México (como “un ave obsidiana, en un split a la second", así fotografiado para la tapa del libro), donde cimentó su formación e inició su carrera profesional. Para ir estudiar con Martha Graham a Estados Unidos, pidió 50 dólares a 30 personas y compró el pasaje. Nueva York le daría más tarde el encuentro con otro nombre fundamental, ineludible, en la historia de la danza para cualquier afroamericano: Alvin Ailey. Devoto de ambos, fue hasta el final de sus días maestro de sus técnicas.
Digna de una serie, su vida tuvo un importante episodio argentino: las mujeres, los coreógrafos, los amigos de este país lo atravesaron muy joven, desde que integró a fines de los ‘60 el primer Ballet Contemporáneo con Oscar Araiz. Justamente en el Teatro San Martín –donde se presentó esta biografía hace un par de meses con el propio Araiz, Norma Binaghi, Victoria Herrera (una de las hijas de Romero), la autora, Dubatti, y el sobrino-yerno del bailarín, Iván García, en calidad de maestro de ceremonias–, comenzó y terminó este voluminoso capítulo. En el medio, habrá regresado varias veces a la compañía de Alvin Ailey, a visitar a su familia a Venezuela, pero desde los ‘80 Buenos Aires fue su casa de manera permanente.
El retrato que Segura Rattagan delinea no elude prácticamente ningún aspecto de la facetada personalidad de Freddy Romero, un hombre exigente en todos los ámbitos, de personalidad fuerte a la vez que sensible, un maestro entregado, de humor ácido y con esa forma de ser frontal (“lo amas o lo odias”). “Sus altibajos lo llevan de ser un hombre divertido, generoso, cariñoso y muy atento a transformarse en un ser oscuro, quejoso y difícil, al deprimirse”, escribe. También le da contexto a su lugar en una escena artística muy amplia: va de la danza contemporánea al teatro de revista y se codea con una cantidad de actores y actrices reconocidos que buscan su enseñanza. Separa aquello a lo que acude por dinero de lo que hace por amor al arte. Puede mostrarlo muy espiritual o tan mundano como una feijoada preparado al fuego de la cocina de Gerardo Romano y Leonor Benedetto.

Padre, abuelo, suegro, tío, amante, exesposo: todos asisten aquí junto al artista. Entre archivos, documentos y cartas, la autora recupera también un valioso caudal fotográfico de múltiples fuentes que funciona en el lector como una máquina del tiempo.
Como en la vida, esta biografía también está hecha de pequeños momentos. Cuando, aún menor, para convencer a su madre de que lo deje ir de Venezuela a estudiar usa sus ahorros y le compra un helado, un lujo privativo, que hace que le firme el permiso. Cuando, ya mayor, conoce a su padre y le pide que le regale un par de zapatos. Cuando dedicado ya completamente a la enseñanza, se sienta al borde de un banco en el estudio de Olga Ferri y marca el ritmo con una pandero.
La última viñeta no hace falta aventurar por dónde viene. Está terminando 2005, ya medicado por su afección pulmonar con corticoides que lo hinchan, y siente la necesidad de estar en Brasil para las Fiestas, con su hija mayor y su familia. Está agotado –reseña–, pero agasaja con la cena (le gustaba cocinar). Tras el brindis, se echa con un bloody Mary a mirar los fuegos sobre el cielo. Admite a tiempo que lo ha condenado la arrogancia y se disculpa. El día 5 se levanta temprano; después del almuerzo, antes de recostarse, le pregunta a Mónica: “¿Tú me dejas que realmente yo me quede aquí a descansar?. “Freddy se acuesta de lado, junta las piernas una encima de la otra y hace lo mismo con las manos. Se duerme”.
Si a lo largo de todo el libro la tentación de salir a verlo bailar ataca, en la última página llega el bendito QR que comparte un fragmento del solo I want to be ready. Suena un spiritual, el negro y el blanco otra vez, como en los ’70, pero hoy.

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