Estos son nuestros días felices
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El otro día me asaltó una idea inquietante. No sé de dónde salió. Uno nunca sabe, en realidad. Pero en este caso hay algunas pistas. Venía quejándome de cierta tontería. Más que quejarme, rezongaba, mientras subía por las escaleras. Entonces se me ocurrió pensar en que esos segundos que había invertido en refunfuñar ya no iban a volver. “El tiempo no enreda con nadie”, decía mi bisabuela Manuela Torres, y tenía razón. Me detuve a medio camino y dije:
–Tremendo. Estos son nuestros días felices, y no nos estamos dando cuenta.
Llegué un poco abatido a mi estudio. Me quedé mirando por la ventana. Era un bello día de primavera, y pensé en todas esas épocas en las que había sido feliz sin darme cuenta; solo ahora, en retrospectiva, podía decirlo: fui feliz. Pero el pensamiento no dejaba de ser perturbador. Como si una vida dichosa fuera algo que solo se puede experimentar en diferido.
Una cosa es cierta. O, ya que el asunto es en extremo subjetivo (estamos hablando de la felicidad, no de los ácidos grasos), hay algo que tengo por cierto: es muy, pero muy difícil ser feliz si uno está siendo consciente de que es feliz. Lo que constituye (o parece que constituye) una paradoja. Bueno, sí, tal vez. Pero a lo mejor no.
Cuando era adolescente, la familia me auguró un futuro económico macabro, si insistía con esa pavada de dedicarme a escribir. ¿La verdad? Tenían razón. Durante los primeros años, como ocurre con muchos oficios creativos, lo pasé muy mal.
Sin embargo, una década después, cuando estaba razonablemente establecido, advertí que recordaba esos años de privaciones como un tiempo feliz. Me había independizado y estaba haciendo mis primeros palotes en el ejercicio de la libertad individual, que es impagable y que amerita cualquier sacrificio. Recuerdo que hacía dos años había regresado la democracia, que me la pasaba escribiendo (como cuando era chico) y que me habían empezado a pagar por eso. Visto en perspectiva, es lógico que en mi memoria esos hayan quedado registrados como días felices y no tanto como un período nefasto. Cierto, la incertidumbre y los contratiempos eran innumerables, pero el balance total daba positivo. Al menos, visto a la distancia.
Vuelvo al presente. Miraba por la ventana y trataba de ver cómo funciona esto de ser feliz (o de creer que lo sos; ¿es lo mismo?). Pensé en que hay otra forma de la felicidad, una suerte de relectura de tu propia vida, esta vez en la memoria, y esa segunda o tercera lectura podrá ser sesgada, porque tendemos a olvidar lo malo, pero es tan legítima o, como mínimo, tan dichosa como la otra.
–Esos también fueron días felices –concluí.
Y si son días felices entonces son nuestros únicos días felices, porque, supongo que lo saben, los días están no solo contados, sino que además pasan a toda velocidad y es imposible recuperarlos. Si Shakespeare tenía razón, entonces no solo cada hombre y cada mujer es meramente un personaje, y el mundo entero es un escenario, sino que la obra que representamos (la vivimos, más bien) sale sin ensayo y sin libreto.
Pero esta introspección me llevó un paso más allá. Lo que más me dolía era esa revelación en medio de la escalera. Estos son nuestros días felices, y no nos estamos dando cuenta. Me vino entonces a la cabeza el principio de Anna Karenina: “Todas las familias felices se parecen; las infelices, cada una lo es a su manera”.
Ahí estaba el truco mental que nos ciega ante la felicidad y amplifica la congoja. Tendemos naturalmente a ser felices; la dicha es nuestro lugar común, ahí donde somos semejantes. Así, le restamos importancia. Pasado el tiempo, cuando nos sumergimos en la delicia de recordar, las aflicciones se han esfumado, atadas a la cotidianidad, y la cotidianidad feliz, que habíamos desoído, pero que es eterna, perdura, inmarcesible, en la memoria. Con todo, desde ese día, trato de ser un poco más consciente. Y más agradecido. Porque estos son nuestros días felices.
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