
Fader y el paisaje recobrado
La retrospectiva organizada por Zurbarán reúne obras decisivas del "mendocino" nacido en Burdeos. Visión épica en las imágenes de Aldo Severi y espíritu místico en los cuadros de Bendersky
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Entre los mayores acontecimientos artísticos que registra nuestro nutrido calendario de eventos de primer orden, menester es ubicar entre los más sobresalientes esta retrospectiva de Fernando Fader. Artista de colosal estatura creadora, Fader nació en Burdeos (Francia) en 1882. Pasó su niñez en Mendoza, donde se había instalado su padre, ingeniero naval que llevó adelante una empresa hidráulica.
Despertada su vocación desde temprano, Fernando se traslada a Munich, donde estudia pintura con Von Zügel, uno de los primeros maestros del impresionismo alemán. Ya entonces se destaca con significativas distinciones. De retorno a Mendoza entre 1904 y 1913, lleva adelante una labor de hallazgos plásticos que no sería exagerado calificar de inéditos para aquellos años en nuestro país. Justo es señalar que entre 1909 y 1913 debió hacerse cargo de la usina hidroeléctrica que dejó su padre y que hubo de terminar en la quiebra para fortuna de todos nosotros.
En esa etapa mendocina se realizan algunas de sus tantas obras maestras; marcan dentro del arte de Fader un período bien definido por su paleta baja, de pinceladas amplias. Algunos paisajes como Puesta de sol en Cacheuta ( 1905) nos dicen de un creador parco en su lenguaje y penetrante en su captación de la naturaleza. No menos notables sus figuras como el gran óleo ÔLa Chula´ (1905) que despliega el garbo de la modelo. Por momentos resuelve el tema con unas pocas pinceladas enérgicas y contundentes.
En 1914 retorna a la pintura y se instala en Buenos Aires, donde pinta en su propio atelier, Dos buenos amigos , y otros trabajos que mantiene la noble factura de su talento con carácter.
En 1916 le descubren un estado tuberculoso que lo lleva a residir en Córdoba, donde culminará la magnitud de su genio que todo lo abarca, desde el desnudo hasta composiciones como Las colchas .
Si bien otros grandes como Malanca habían pintado Córdoba, la labor prolífica de Fader invariablemente inspirado y adentrándose ya en un impresionismo que le es propio, alcanza las mayores magnificencias del paisaje cordobés. Ya en carta a un amigo le había expresado Fader: "En Europa las figuras se destacan del paisaje, en América las figuras se funden con el paisaje". ¿Intuición cósmica? Lo cierto es que las figuras humanas o de animales, preferiblemente caballos, todas se funden en un solo estallido de luz y de color. Este arte de coloso que tocaría su fin en 1935 precisaba de dimensiones también excepcionales para curar la muestra realizada por Zurbarán: Ignacio Gutiérrez Zaldívar y Carlos Pinasco.
(En el Palais de Glace, Posadas 1725, hasta el 25 de noviembre.)
Aldo Severi: la visión épica
Dice Henry Miller en el libro que le dedica a D.H. Lawrence, el autor de Lady Chatterley y de La serpiente emplumada : "Esta no es una simple apreciación crítica de Lawrence. Se trata de una apreciación apasionada y que toma partido, un documento emocional, que considero es la única clase de crítica que vale la pena escribir. La única forma de hacer justicia a un hombre que ha dado tanto no es explicándolo sino demostrando que uno tomó la antorcha que nos ha pasado". Otro tanto digo al escribir la crítica de la notable muestra antológica de los últimos veinte años de las pinturas de Aldo Severi.
Itálico por los cuatro costados (la patria que nos dio a Leonardo, a Miguel Angel y a Rafael), nació en la república de La Boca, donde se hablaba xeneize, el dialecto genovés. Por razones de salud pasó algunos años de su infancia en Florencio Varela cuando todavía era pueblito rural, para instalarse definitivamente en Quilmes, desde donde mantiene su residencia y su taller.
Con sólida formación académica, Aldo se inscribe en las filas del expresionismo, esa rara capacidad de dibujar desdibujando que ya detectó nuestro crítico Leonardo Estarico. A ello añade el recio manejo de la línea, un color restallante de paleta Ôfauve´, como bien lo apunta Enrique Horacio Gené en el magnífico libro cuya presentación coincidió con la inauguración de esta muestra y que fuera presentado por el embajador de Italia, Giovanni Jannuzi.
El registro de Severi es amplísimo; su temática recorre los grandes temas, desde los religiosos hasta los populares: los ciclistas, el fútbol, los "burros", las calesitas, las bandas de música y, por encima de todos, el tango con sus más famosos ejecutantes y sus grandes bailarines, que por momentos ocupan trípticos de dimensiones épicas. Aristos o areté, la gran virtud de la excelencia que cultivaban los griegos, es alusión del título de Gené, así como constituye el meollo de la Paidea de Jaeger.
Cuesta creer que este arte de la Escuela Rioplatense que representa Severi en su versión del clasicismo greco-latino pueda haber alcanzado la madurez de semejantes frutos.
(En el Centro Borges,Viamonte y San Martín) hasta el 26 de octubre.)
Arte místico
Talento descomunal despliega el artista pintor cordobés Eduardo Bendersky en las dos amplias salas, donde cuelgan sus cuadros muy bien distribuidos por la mano de Raúl Santana, prologuista de la muestra. Haberlo conocido a Bendersky y haber dialogado con él durante largas conversaciones es uno de esos raros privilegios que jamás se olvidan. Bendersky nació en Córdoba en 1932. Fue inquieto viajero que pasó temporadas apreciables en Jamaica, Brasil y París. En esta última ciudad trabajó con el ilustre grabador William Hayter, para luego encerrarse en su propio taller volcado de lleno a su arte mientras escuchaba su música predilecta, el canto gregoriano.
Lo menciono porque dadas las características inéditas de la pintura de Eduardo, ya sea volcando su inspiración a la figura humana o explorando escondidas sendas de la abstracción, en todos los casos esa música que él hace sonar en nuestros oídos tiene el recogimiento religioso que transmiten aquellos cantos.
Se trata de una pintura con sordina; ya se trate de colores cálidos o de los más fríos, siempre el tono está tamizado por ese espíritu contemplativo que acompañó en todo momento a este gran maestro. En sus propias palabras: "Hay una curva entre la primera y la última obra. Una curva hecha de encuentros y desencuentros que da testimonio de un camino que se efectuó en uno y que fue imposible determinar con anterioridad. Pero es el sentido íntimo de tu existencia". Una sola palabra puede aproximarnos al clima que nos propone Bendersky y esa palabra es MISTICO.
Una estrecha amistad lo llevó a obsequiarme un cuadro que veo todas las mañanas frente a mí, en mi estudio donde trabajo. Esa familiaridad se multiplica en esta imperdible muestra para regocijo de cualquier contemplador sensible.
Bendersky murió en 1993, poco después de cumplir sesenta años. Como otros de los grandes maestros de todos los tiempos, no alcanzó a tener el reconocimiento debido aunque algunos críticos nos esforzamos por abrirle camino en un mundo inhóspito como el que nos tocó en suerte. Ahora ya no hay excusa para evitar que nuestro espíritu se abreve en las aguas profundas del genio de Bendersky.
(En el Centro Cultural Recoleta, Junín 1930, hasta el 28 del actual.)
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