
Falleció la poeta Amelia Biagioni
Fue una de las más importantes del país
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La muerte ha enmudecido una de las más importantes voces femeninas de la moderna poesía nacional: ayer a la madrugada, y tras una dolorosa enfermedad, falleció en esta ciudad Amelia Biagioni. Sus restos serán cremados hoy, a las 12, en el cementerio de la Chacarita.
Cuando el año último fue distinguida con el premio Alfonsina Storni, de la Legislatura porteña, se dijo que existía cierto paralelismo entre ambas poetas. Las dos habían llegado a Buenos Aires desde el interior y experimentaron un sentimiento de soledad y rechazo ante el escenario hosco de la ciudad. Además, tanto los versos de Alfonsina como los de Amelia evolucionaron con el tiempo hacia una expresión progresivamente intelectual, despojada de sentimentalismos, pero a la vez concentrada y pródiga en inquietantes símbolos y alegorías.
La biografía exterior de Amelia Biagioni carece de datos demasiado interesantes; fue una historia sencilla pautada por títulos y poemas que resplandecen entre los más originales y hermosos de nuestras letras. Nació en Gálvez, provincia de Santa Fe, en 1918, y se recibió de profesora de literatura. Ejerció la docencia mientras practicaba, casi secretamente, el culto de la poesía. A instancias de José Pedroni, se dio a conocer en 1954 con el libro "Sonata de soledad", que obtuvo una faja de honor de la Sociedad Argentina de Escritores. Con ese libro bajo el brazo vino a Buenos Aires y aquí se desempeñó como docente. Se jubiló siendo vicerrectora de un colegio de San Telmo.
En aquella etapa aparecieron dos poemarios, "La llave" (1958) y "El humo" (1967), en los que se mostró testigo implacable de su propia aventura interior. Esa mujer delgada, de apariencia quebradiza y tímida, puso de manifiesto en esos libros, junto con una singular destreza literaria, un acento indiscutiblemente personal, a un tiempo lúcido y doloroso. Luego, de manera muy espaciada, publicó tres volúmenes que conforman un itinerario metafísico ascendente.
La condición humana
En "Las cacerías" (1976), la poeta es tanto la cazadora como la presa. Transfigurada en tigre, en hormiga, en rana, en león y la espesura, sus palabras exploran el misterio del existir en la selva desconocida. "Estaciones de Van Gogh" (1984) es otro hito indispensable. Sus versos apasionados, clarividentes, asumen una suerte de celebración de la vida, como los cuadros aparentemente atormentados del pintor holandés, cuyo espíritu se funde y confunde con el alma de la poeta.
Y por último, "Región de fugas" (1995), una poesía muy trabajadora en la que el lector asiste al enigmático tránsito por ese "errante bosque de nombres" que es el mundo, territorio misterioso del que finalmente nos arrebata el zarpazo de la muerte. Un libro no elude el costado sórdido de la condición humana, pero se remonta también al milagro sonoro de Bach y al silencio de las galaxias, como antes se había sumergido en la noche estrellada de Van Gogh.
La poeta desaparecida obtuvo el primer premio municipal y el segundo nacional de poesía, un premio de la Academia Argentina de Letras y el galardón que lleva el nombre de la autora de "Mascarilla y trébol", ya mencionado. No fue una escritora de cenáculos o tertulias. Vivió una vida recoleta, ensimismada, ajena a la "vida literaria", para entregarse plenamente, con verdadera devoción, a la poesía. Alguna vez confesó que concebía el poema como una forma de plegaria.
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