
Figuración y abstracción
Antonio Seguí y Carlos Silva, dos artistas con estéticas diversas, convocan al gran público en el comienzo de la temporada de exposiciones
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Antonio Seguí, uno de los artistas argentinos que goza de mayor reputación en el exterior, está presente en dos grandes muestras dedicadas a su obra. En el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires se exhiben 240 xilografías, aguafuertes, litografías y litofotografías realizadas entre 1950 y 2000. El conjunto es parte de las 330 piezas donadas por el autor al Mamba.
Simultáneamente, en la sede de la galería Rubbers en la librería El Ateneo Grand Splendid, se exponen 41 obras sobre papel y dos esculturas, réplicas en acero policromado, de pequeñas dimensiones, de las grandes esculturas instaladas en Córdoba, su ciudad natal. Con esta muestra, se inaugura un nuevo espacio de arte, anexo a la galería que Jorge Povarché creó en 1957.
Antonio Seguí es uno de los pintores argentinos que mejor representan lo que Damián Bayón denominó "la tradición del arte crítico". Al comenzar los años sesenta, su pintura pasó por un período de abstracciones matéricas, próximas al informalismo. Luego se inclinó hacia una figuración de tonalidad expresionista. En 1962 expuso en la hoy mítica galería Lirolay la notable serie La metamorfosis de doña Felicitas Naon , un conjunto de intervenciones pictóricas sobre viejas fotografías, ornadas con viejos marcos de "estilo". El conjunto, de carácter narrativo, estaba dedicado a la irónica representación de la burguesía decadente. Desde entonces, por medio de varios ciclos narrativos, Seguí planteó con agudeza los diferentes arquetipos sociales del país, las circunstancias alienantes de la vida urbana, del hombre aislado en su mundo privado y alejado de la naturaleza.
La etapa madura de Seguí se inició luego de su instalación definitiva en París, en 1963. Desde entonces pintó series narrativas, de irónico tono crítico. Los cuadros se poblaron de hombrecillos vestidos a la usanza de los años veinte, de ciegos que vagan en los parques, de elefantes que transitan por la pampa, de perros amenazantes y de hombres que miran detrás de un alto muro. En algunos cuadros incluyó recursos propios del comic: textos, flechas y señales diversas yuxtapuestas a las figuras.
En todos los casos el drama está ausente de los cuadros, todo el sentido se basa en los mecanismos de un humor puesto al servicio de las reflexiones sobre el hombre. Esto se advierte en las obras dedicadas a la oligarquía argentina, en el çlbum de familia y en la serie humorística del Agente 007. En la misma época, Seguí pintó personajes pintorescamente formales con partes de su anatomía y su vestimenta duplicadas: dos pares de ojos, dos lenguas, dos corbatas. Algunas veces, estos hombrecillos, siempre implicados en escenas absurdas, eran personajes populares como el Zorro o James Bond.
Recuerdos
El recuerdo de la Argentina contamina las narraciones pictóricas de Seguí; en sus cuadros abundan los hombres vestidos formalmente, en el estilo de los años veinte, con pantalones rayados, saco, alto cuello y corbata, cabello engominado o cubierta su cabeza por chambergo. El conjunto posee una comicidad melancólica. En ocasiones, tradujo a su propio lenguaje pictórico obras Courbet, Manet y Boudin, sustituyendo el estilo de los maestros por tintas planas con las que obtuvo una tonalidad ambigua, con nostalgia de las maneras originales. También trabajó sobre la base de varias versiones de las grandes "lecciones de anatomía", desde la de Rembrandt hasta la de algunos anónimos del siglo XV. Reprodujo los cuadros de esos maestros con cierta fidelidad, dotando a los médicos, al cadáver, el maestro y los discípulos, de una expresión tétrica e irónica. Las telas poseen una ácida visión de la práctica de la medicina.
En los años ochenta, algunas obras de Seguí parecen fundarse en un estilo faux-naïf (falso-ingenuo), que debe mucho al dibujo de los niños y al graffiti espontáneo de mano no cultivada. Son obras barrocas, irónicas, con notables alteraciones de todas las escalas: pequeñas casas de techo a dos aguas, con chimeneas que arrojan una densa humareda, aparecen junto a grotescos personajes que duplican su tamaño. Palmeras, hombres pequeñísimos, perros y horizontes curvos completan estas absurdas escenas, contaminadas por el humor crítico.
Los cuadros de Seguí, desde hace un tiempo, tienen como tema escenas de grandes ciudades. Las telas están totalmente cubiertas, sin intervalos, con edificios y personajes mezclados en un tumultuoso caos. No hace mucho tiempo, girando la mirada hacia el hombre rural, realizó una serie de pasteles y carbonillas sobre papel con escenas del campo argentino, en las que abundaban las pulperías, los malambos y los cuchilleros.
En los últimos años se erigieron en la ciudad de Córdoba, en el espacio público, tres esculturas de Seguí de grandes proporciones. Una de ellas, "El hombre urbano", muestra a un hombre corriendo, de cuya cabeza emergen una locomotora, un auto y otros inventos del siglo XX (12 metros de altura por 18 de largo). Las restantes obras, de similares dimensiones, están dedicadas a "La mujer urbana" y a "Los niños urbanos".
En 1991, a los cincuenta y siete años, Seguí presentó una gran muestra retrospectiva en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires, con más de cien obras. En los últimos tiempos, expuso reiteradamente en Portugal, Bélgica, Miami, París, Beirut, Washington, México, Porto Alegre y Buenos Aires. Durante el último año presentó su obra en la Ecole Municipale d´Art de Boulogne sur Mer y en la galería Rubbers, ocasión en la que mostró la serie "Gente de campo".
Geometrías
Carlos Silva, de quien se exhibe un conjunto de obras en la galería Cecilia Caballero, es hoy un artista lamentablemente demasiado desconocido. Sin embargo, muy joven tuvo sus momentos de éxito y prestigio. En 1965 obtuvo el Premio Nacional del Instituto Di Tella. Fue distinguido por unanimidad por el jurado internacional más notable que actuó en esa institución: el italiano Giulio Carlo Argan, el inglés Alan Bownes y Jorge Romero Brest.
Silva era un pintor "geométrico" que había comenzado a exponer en 1955. En 1963 integró la muestra Ocho Artistas Constructivos, que presentó Romero Brest en el Museo Nacional de Bellas Artes. La exhibición constituyó un notable reconocimiento de la pintura abstracta en un momento en el que, fatalmente, no podía tener demasiada visibilidad. Era una etapa dominada por la triunfante neofiguración, por el arte óptico y cinético y por las emergentes estéticas "experimentales" impulsadas por Marta Minujín, Dalila Puzzovio, entre otros jóvenes. En su primer ciclo, la pintura de Silva se fundaba en figuras geométricas simples, recortadas nítidamente contra el fondo. Luego trabajó en una larga serie de obras ejecutadas sobre la base de puntos dispuestos en grupos ordenados de acuerdo con progresiones diversas. Poco después, el color adquirió una función preponderante y se hicieron fundamentales las vibraciones ópticas producidas por los círculos u ovoides seriados que cubrían toda la composición. Los espacio ilusorios comenzaron a incrementarse. Hacia mediados de los años setenta, la obra de Silva adquirió una inusitada espontaneidad. Su pintura, menos reflexiva, se inclinó hacia una abstracción muy libre, que lo incluyó, en 1981, en el efímero grupo de la Abstracción Sensible. La exposición que presentó en 1985 lo mostró en un momento de máxima libertad, cuando su pintura se fundaba en pinceladas sueltas, rítmicas y en colores saturados y puros. Fue su última presentación. Falleció en Buenos Aires el 12 de junio de 1987; tenía 57 años.
(Antonio Seguí, "Obra gráfica", Mamba, San Juan 350; "Obras sobre papel", galería Rubbers en El Ateneo Grand Splendid, Santa Fe 1860; Carlos Silva, Cecilia Caballero, Suipacha 1151)
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