
Ford, Wayne y un film inmortal
En un solo gesto, el autor de este texto, un reconocido crítico cinematográfico, desestima los rankings caprichosos pero se da el gusto de postular a Más corazón que odio (1956) como la película más memorable que se haya hecho
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¿Es una frivolidad tratar de determinar cuál es la mejor película de la historia? Seguramente, pero también es cierto que las listas de favoritas tienen la gracia de lo lúdico. Son también lo que se conoce como un disparador, una excusa perfecta para poner en el papel cuestiones estéticas e históricas, argumentaciones y caprichos. En ese sentido, quiero decir que es inútil determinar cuál es la mejor película de todas y que además ese título le corresponde a Más corazón que odio ( The Searchers ), un western dirigido por John Ford en 1956 y protagonizado por John Wayne.
¿Un western ? ¿Protagonizado por John Wayne? Esa es la gracia de esta elección, tratar de disipar un enorme malentendido frecuente entre el medio pelo intelectual, ese que dice que el cine clásico norteamericano es menor, que el western es fatalmente vulgar y que Wayne es un actor limitado, además de un fascista recalcitrante.
Así como la prueba del budín está en comérselo -según recordaba Engels-, bastaría ver Más corazón que odio para certificar que se trata, al menos, de una obra importante, ambiciosa y de una belleza enceguecedora. Dejo esa tarea pendiente para el lector entusiasta y crédulo.
Más corazón que odio es la historia de una búsqueda: dos hombres salen tras una niña raptada por los comanches. La película comienza con una puerta que se abre en una casa en el medio del desierto. El cartel preliminar dice que estamos en Texas en 1868, pero el imponente paisaje corresponde a Monument Valley, un desierto ubicado entre los estados de Utah y Arizona con unas formaciones rocosas que parecen gigantescos monolitos. Como saliendo de la nada, enmarcado por dos de esos enormes monumentos naturales, aparece el personaje central de la película, Ethan Edwards, interpretado por John Wayne. Nada sabían sus familiares sobre él desde terminada la Guerra Civil, tres años atrás. El hermano lo recibe y de la breve y por momentos tensa conversación podemos deducir que Ethan nunca reingresó en la sociedad y que su vida, como la de tantos otros bandidos que generó el desmembramiento del ejército sureño, se sostuvo a fuerza de robos y otros delitos. Algo más se adivina de los escasos datos puestos en pantalla con sutileza por Ford: entre Ethan y su cuñada hubo una relación intensa y callada que se adivina amorosa.
Al día siguiente, del hogar y de la familia poco queda. Un ataque de los indios termina con todos salvo con la pequeña Debbie, que es secuestrada por los comanches. El tema de la cautiva, común con nuestra literatura, se cruza con el de la odisea: Edwards y el joven Martin Pauley, un miembro adoptado de la familia que tiene sangre india, salen en búsqueda de la niña. Esa travesía bajo el sol agobiante del desierto o la cruda nieve del invierno, con marchas y contramarchas, esperanzas y decepciones, momentos trágicos y otros cómicos, ocupa el grueso de la película. Cinco años después, cuando Debbie ya mujer vuelve a la civilización en brazos de su tío Ethan, el círculo se completa con los personajes que ingresan en una casa. Es otro hogar en el mismo desierto, solo que esta vez la puerta se cierra y el personaje de John Wayne queda fuera de la casa, vagando solo en la inmensidad, tan solo como había llegado cinco años atrás.
Si alguien todavía sostiene el clisé respecto de las condiciones actorales de Wayne, esta película debería disuadirlo rápidamente. Su personaje es un torbellino emocional. Es racista, neurótico, malhumorado, obsesivo. Al mismo tiempo, un segundo nivel de lectura de su actuación permite entender que el móvil esencial que guía sus pasos es el amor, el amor por una mujer prohibida. Si se agrega otra capa de complejidad a su tarea, es evidente que al propio Edwards no le quedan claras las razones de su obcecación. Wayne transmite todo ese maremágnum apenas con expresiones de su rostro y algunas pocas líneas de diálogo que dice a la perfección, como la mítica y viril: "No creo en las rendiciones".
A diferencia del cine que provoca placer instantáneo, The Searchers produce un gusto adquirido, trabajado sobre capas de aspereza y desconcierto, que se incrementa con cada nueva visión. Así, con cada mirada, la película se agiganta, comienza a mostrar sus detalles, la asombrosa complejidad de su entretejido. La mayor parte de la conducta del personaje central es inaceptable pero, a poco de ver las reacciones de miembros más estables de la sociedad, comprendemos que el racismo no es individual, privativo de Edwards, sino que está en los cimientos del país que se está construyendo. El transcurso del tiempo en la película es casi incomprensible. La travesía parece circular, suspendida en el tiempo. Cada tanto se perciben cambios bruscos, como cuando de pronto comprendemos que ya no somos jóvenes. Hay una disyunción casi salvaje entre la belleza de las imágenes y la amargura que expresan, entre la desmesurada extensión del cielo y el detalle de una mirada en el interior de una casa. Es una película perturbadora.
Como supo hacerlo durante toda su carrera, pero tal vez mejor que nunca, Ford combina en Más corazón que odio lo histórico y lo personal sin que cada dimensión obstaculice la percepción de la otra. Cada personaje es un arquetipo pero, a la vez, una persona. Entendemos a un hombre y a su obsesión y, al mismo tiempo, al país que está ayudando a gestar. O mejor, lo que entendemos es la imposibilidad de sintetizar ese hombre y esa nación, de reducir a una fórmula la extraordinaria mezcla de pasiones altas y bajas que los componen. No hay muchas películas que manejen con igual maestría esos dos niveles y en el momento solo me viene a la cabeza otra que se le acerca. La película se llamó Un tiro en la noche , la dirigió John Ford en 1962 y es protagonizada por James Stewart y John Wayne. Cuenta la historia del hombre que mató a un peligroso pistolero llamado Liberty Valance, como dice con explicitud y también ambigüedad su titulo original ( The Man Who Shot Liberty Valance ). No tiene mucho sentido hacer estos rankings pero me atrevo a decir que Más corazón que odio es la mejor película de la historia.
Pero cómo, ¿un western ?, ¿protagonizado por John Wayne?



