
Frida Kahlo al desnudo
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Por esos azares que anudan la existencia de algunas parejas en la vida y en la muerte, este año se celebrarán 100 años del nacimiento de la más contundente artista mexicana -Frida Kahlo-, y 50 años de la muerte de su gran amor, el muralista Diego Rivera. La efemérides en relación con Kahlo trae una excelente noticia: en marzo la crítica de arte Raquel Tibol reeditará un libro precioso llamado Escrituras , que contiene una selección de cartas, poemas y textos de la artista mexicana, a los que le sumará la epístola que la pintora intercambió con Alberto Misrachi, un amigo dilecto así como nuevas cartas con su amor juvenil, Alejandro Gómez Arias. Así lo contó Tibol la semana última en México, quien hizo una exhaustiva búsqueda documental, tanto en los Estados Unidos como en México.
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No muchos saben que Tibol es argentina nacionalizada mexicana. Que nació en el pueblo de Basalvilbaso e inició sus primeros pasos en el periodismo cultural en Chile, donde fue presentada a Diego Rivera en 1952. Cuando Tibol conoció a Frida Kahlo en 1953, en su casa de Coyoacán, en Ciudad de México, la encontró sumida en la angustia y la desesperación. Por entonces, la artista se preparaba para la amputación de su pierna derecha.
Como cuenta en el proemio de Escrituras , que contiene un sinnúmero de textos, recomendaciones, cartas, poemas y recados de Frida, Tibol intentó vanamente escribir una biografía de la pintora. De hecho, comenzó por reunir un material muy rico, pues Frida aceptó entusiasmada el proyecto. Pero, como cuenta Tibol, "una sobredosis de demerol puso en riesgo la vida de aquel venado herido" y la propuesta se marchitó.
La crítica e historiadora de arte argentino-mexicana escribió más tarde otros libros sobre Kahlo. Frida Kahlo. Crónica, testimonios y aproximaciones , en 1977, y Frida Kahlo, una vida abierta , en 1983. Sin embargo, Escrituras consigue lo que raramente puede lograr una biografía: enternece desde el principio. ¿Por qué? Porque la palabra de aquella mujer intensa, libertaria, enamoradiza, rebelde y políticamente comprometida, cuyo destino cruzó la enfermedad con el arte, aparece en este libro singular sin intermediaciones. Al exhibirse sin marcos interpretativos ni narrativos, como dice Tibol, La voz de Frida surge rotunda, despojada, surrealista, huérfana y poderosa, con su intimidad al desnudo. Su despedida predilecta en cartas y recados era, simplemente: "No se olviden de mí" .


