
Función de abono
La muerte revela el secreto de un hombre cuyo destino estuvo unido al Teatro Colón. El relato que se publica integra Crónicas del olvido, de María Esther Vázquez, de próxima aparición
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Cuando dejaron de sonar los últimos aplausos, Luis suspiró cansado y, como siempre, un poco triste. Cada función de gran abono le traía la misma expectativa e idéntica ansiedad. Durante la víspera se ponía nervioso e intratable; estudiaba todos los detalles, hasta los más ínfimos. En su casa revisaba cien veces la partitura y en el teatro le preguntaba acerca de ella a todo el mundo. El mismo comprendía que fastidiaba a todos, hasta aquel paciente muchacho de la boletería un día, harto, le había pedido: "Don Luis, por favor, vaya, quédese en su sitio que todo va bien".
Celina, la mujer, ya sabía después de treinta y ocho años cómo debía tratarlo. Dos o tres días antes de cada función de gran abono casi no hablaba ni comía. Entonces ella le dejaba, en el cuarto donde estudiaba, una bandeja con algo liviano. Después del estreno venían unas pocas jornadas melancólicas y luego todo retomaba su ritmo afable y lineal porque las otras funciones eran mucho menos importantes para él.
El teatro le había parecido desde siempre una gran iglesia. Más que iglesia, un templo dedicado a un culto secreto. culto secreto. Las felpas, las alfombras, los bronces, las luces, las cortinas y, sobre todo, las gentes con sus perfumes, con sus palabras -a menudo sonando en idiomas extraños-, sus sedas, sus gasas, sus terciopelos y los derroches en las cabezas brillantes de las mujeres, en los vestidos, en los zapatos como joyas, en la luminosidad dorada que regala la alegría del lujo; todo eso era para don Luis los distintos elementos que servían a ese culto espléndido y arcano de un gran dios que los cobijaba a todos en su belleza.
Por momentos sentía que el mundo apretado en las tertulias, en las galerías, en los palcos y en las plateas era un único ser con muchas manos, con muchas bocas y vivía pendiente de la grandiosidad tibia y pesada del telón, que cerraba y abría un universo mágico en el cual se perdía lleno de felicidad.
El llegaba temprano, bastante antes que los otros. Solía vagar por la platea oscura y silenciosa, saturada, sin embargo, de las presencias invisibles de tantas noches, de tanta música, de esa infinitud sonora que crecía hasta desbordar los límites de la razón. Le gustaba espiar la araña central, cuando lentamente iba menguando la luz y dejaba en sombra el silencio rumoroso y expectante. De tanto mirarlas, había llegado a amar la esbeltez de las pinturas, casi inmateriales, que se asomaban desde la cúpula, tan frágiles, regalando belleza; le parecía que lo invitaban a irse con ellas, sumarse a esa ronda girando arriba, demasiado alto, siempre demasiado alto para él.
Todos los días se encerraba a estudiar en el cuarto del fondo de su casa de ocho a once, y la presencia grave del cello sonaba desde el zaguán hasta el jardín, rozando como un viento la higuera y el ciprés, creciendo en los azahares de la primavera, desbordando el ruido de las lluvias y quedándose pastoso entre los muebles de aquella casa tan grande y tan vacía.
Celina, a menudo, se quejaba con doña Lucía, la vecina, del trabajo -cada día más pesado-, del dinero escaso, del reuma, de las hormigas, del invierno cada año más frío, cada año más húmedo. Sin embargo, nunca habían pensado en mudarse; en aquella casa, herencia de sus suegros, se había casado, había nacido y muerto su hija y allí estaba su mundo. Admiraba, sin entender nada de música, al marido que tocaba tan bien el cello, y oía con interés y benevolencia las historias interminables de los violines que desafinaban, de las violas que no entraban a tiempo, de las pequeñas intrigas desbordantes de mezquindad de cada día y lamentaba, sin atreverse a decirlo, que alguien tan grande como su marido se hubiera enterrado en aquella orquesta del Colón. Pero, era un teatro muy importante, uno de los más importantes del mundo, decía, y si bien el sueldo era bajo, para Luis el hecho de estar allí constituía la forma de la dicha. Curiosamente Celina nunca había entrado en el Colón; Luis no la había invitado nunca y ella no se lo había pedido.
Aquella noche de gran abono se había cansado más que de costumbre; pensó que estaba viejo. Al salir a la noche, la calle, inesperadamente helada, lo hizo estremecer. Alguien lo llamó desde un coche, era Scavo, el jefe de Prensa:
-Venga, don Luis, lo acerco a Retiro. Hace mucho frío.
-Gracias, hijo, se lo agradezco.
El coche se deslizaba sin ruido por las calles vacías. Los dos hombres iban silenciosos. De pronto, como siguiendo la corriente de su pensamiento, abruptamente, Luis comentó:
-¿Y qué me dice de la función? De la soprano, en especial. ¡Entró tres veces a destiempo! Pero la gente como si nada, aplaude igual. Hace cuarenta años, cuando yo empecé acá, era distinto. Es inútil, el público se ha abaratado. O quizá aplauden a Wagner; en fin, uno no sabe...
Lo interrumpió un acceso de tos. Cuando pasó, estaba pálido.
-¿Se siente mal, don Luis?
-No, hijo, no es nada. Solamente un poco de catarro.
En Retiro tuvo que esperar el tren más de una hora. Tenía frío, caminaba por el andén con las manos hundidas en los bolsillos para calentarse. Le dolían el pecho, la espalda; pensó que se iba a engripar. Y mientras recorría el espacio entre un farol y otro, se acordó de otra noche helada, igual a ésta pero vivida muchos años atrás; era chico y estaba con sus padres esperando el tren. Lo habían llevado por primera vez al Teatro Colón y en ese mismo andén les había dicho, transido de deslumbramiento, "voy a ser un gran músico, voy a actuar en ese teatro y la gente me va a aplaudir". Tanto había insistido que lo habían mandado al conservatorio. Aquel recuerdo, frente a la aridez actual de su vida, le hizo daño. ¿Para qué todo?, se preguntó.
Al bajar del tren, el viento barría los andenes, los árboles y la soledad de las calles estiradas dentro de la noche. Caminó las seis cuadras que lo separaban de su casa y, por primera vez en muchos años, iba mirando las cercas, los jardines, los árboles. Todo había cambiado mucho desde la época en que iba al conservatorio; no había quintas ni baldíos, sino casitas idénticas y lindas, como de almanaque, pintadas y lustradas, con ligustrinas recortadas y chatas. En la esquina donde antes había estado el molino, oculto casi por los altos eucaliptos, coposos y melancólicos, ahora había un pulcro supermercado, alargado como un galpón y rodeado de una playa de estacionamiento.
Llegó a su casa, pero en vez de entrar, como llevado por un impulso ajeno, retrocedió sobre sus pasos y se largó a caminar por la noche abierta, llena de vientos y recuerdos.
El cielo ya gris del amanecer iluminaba apenas el zaguán, cuando Luis volvió de la noche. Entró en la casa y todavía, antes de acostarse, se demoró mirando las paredes, los muebles, escuchando el silencio familiar de toda su vida. La mujer se despertó sobresaltada al sentirlo a su lado. El la tranquilizó con un murmullo, acarició la mano marchita que ella le tendía y miró con tierna atención la mancha gris del pelo en la almohada. Suspiró. Estaba triste, muy triste y curiosamente tranquilo y descansado. Antes de dormirse, pensó vagamente que la caminata le había hecho bien.
Murió mientras dormía. El entierro fue muy simple. Los vecinos, doña Lucía y el marido, hicieron todo porque Celina lloraba a ratos, gimiendo, como un chico enfermo o se quedaba quieta, idiotizada, con los ojos fijos en un punto indefinido de la pared.
A medida que fueron pasando los días, Celina empezó a extrañar el sonido del cello llenando las mañanas. Todos los días lo limpiaba, demorándose en la tarea, como si acariciara, de alguna manera, el recuerdo del marido muerto. Así la encontró muchas veces doña Lucía. Una tarde, tres semanas después del entierro, al verla correr el cierre relámpago de la funda, le preguntó:
-¿Qué vas a hacer con el instrumento que tiene en el Teatro?
Celina se sobresaltó.
-Me había olvidado de que existía.
-¡Pero, hija, tiene que ir a buscarlo! No se lo va a dejar de regalo a la Municipalidad, ¿no? Usted lo puede vender, si quiere guardar éste como recuerdo, y se hace de unos pesos.
Celina callaba, mientras la mano nerviosa alisaba los pliegues de la funda. Después de un rato, contestó:
-Mire, Lucía, va a ser un trámite largo. Yo estoy desacostumbrada a ir al centro, no me animo; nadie me conoce, tampoco.
-Pero era de su marido, Celina. Ahora es suyo.
-Sí, ¿y cómo lo traigo?
-Mujer, no sea tonta -doña Lucía se impacientaba. -Alquila un camioncito, o mejor lo llamo a mi sobrino que tiene un coche grande; atrás cabe muy bien.
Después de mucho discutir convinieron que doña Lucía, como amiga de la casa, y con los documentos de don Luis, de Celina y una orden firmada por ésta, iría con su sobrino al teatro. Y así, una tarde oscura y fría de setiembre, doña Lucía y su sobrino fueron a buscar el cello.
Dieron varias vueltas antes de encontrar la puerta de Cerrito y, cuando entraron, doña Lucía dijo quiénes eran y pidió hablar con un director o un jefe o alguien importante. La persona que lo atendió, después de esperar un largo rato -un hombre joven y muy apurado-, les dio la mano, suponiéndolos parientes del muerto, murmuró un pésame y dijo que Luis Demarco había sido un hombre muy bueno y muy apreciado por la administración del Teatro. Hubo un silencio algo incómodo y doña Lucía explicó que venían a buscar las cosas del pobre señor Demarco. Entonces, el hombre tocó un timbre, vino un ordenanza y le dio una orden. Después volvió a tenderles la mano, les aseguró que recibirían todo y con palabras amables los despidió.
Detrás del ordenanza cruzaron corredores, subieron y bajaron escaleras y volvieron a internarse en pasillos, donde gente muy apurada se los llevaba casi por delante. Al fin, en una oficina chiquita, un señor canoso y muy amable los hizo sentar y los convidó con un café. Hablaron de Luis, de sus virtudes, de su honradez, de su trato cordial y de su bondad. Ella dijo a qué iban y él se levantó y los dejó solos un momento. Al volver traía una caja de zapatos, atada con una cinta marrón, y un paraguas con una varilla rota.
-Esto es todo, señora.
Doña Lucía recibió la caja en su falda, desató la cinta y la abrió; adentro había programas viejos, un pañuelo limpio y un llavero vacío. Quedó un momento en silencio, luego colocó la caja sobre el escritorio, al lado del paraguas, y tímidamente, alzando la cabeza y mirando al hombre, dijo:
-Disculpe, señor, pero creo que también tenía un traje y un violoncello. Vinimos con un auto para llevarlos.
El hombre la miró, asombrado.
-No sé, puede ser, voy a averiguar.
Y de nuevo los dejó solos. Ellos se miraron. El muchacho, en voz baja y sobre su oreja, le advirtió:
-Ojo, tía, no te dejes robar, porque éstos ya sabemos cómo son: insistí, de aquí no nos vamos sin el instrumento.
El hombre se demoraba mucho más que antes, la mujer estaba nerviosa e incómoda, y la voz del muchacho seguía:
-Tardan mucho porque ahora que insististe, no saben qué hacer; mejor dicho, sí saben; estarán extendiendo un certificado. Mantenete firme, tía, para eso tenés la orden de la viuda. Además...
Doña Lucía no pudo más:
-Callate, por favor. Sos un charlatán insoportable.
Lejos se oía la voz de alguien que vocalizaba. Por fin, el hombre volvió, estaba muy serio.
-Señora -dijo sin sentarse-, lo que le entregué antes es todo lo que hay. En cuanto al traje que usted mencionó, debo decirle que los uniformes son del Teatro.
-El traje puede que sea del Teatro -contestó ella enojada-, pero el pobre Demarco -continuó desafiante, casi vulgar- tocaba con algo, ¿no?
-¿Cómo tocaba?
-Sí, señor, en la orquesta, ¿con qué tocaba?
El hombre quedó atónito; después, meneando la cabeza, dijo, severo:
-Acá debe haber una confusión, señora. Luis Demarco era acomodador; los acomodadores no están en la orquesta. Llevan a la gente a la ubicación, a la butaca que les corresponde y les dan el programa. Demarco era acomodador de palcos bajos.
-¿Acomodador? ¿Quiere decir que nunca tocó como cellista en la orquesta?
-Jamás. Le repito que debe haber una confusión. Si usted quiere hablar con sus compañeros, señora...
La mujer y el muchacho se miraron. Ella se puso de pie y él la imitó.
-No, no. No, gracias. No hace falta. -Le temblaba la voz. -Es como usted dice, debe haber una confusión.
Y apoyada en el brazo de su sobrino se fue sin dar la mano.
Volvían en silencio. El muchacho la espiaba, de vez en cuando, con el rabillo del ojo. Anochecía y hacía frío. El comentó que estaba rota la calefacción y ella no contestó. Unas diez cuadras antes de llegar, doña Lucía, más tranquila, le pidió que detuviera el coche. En una calle vacía, frente a una barrera clausurada, el auto se paró suavemente. Vieron pasar un tren lleno de luces, después volvieron el silencio y el viento y, al rato, otro tren y el silencio y pasó tiempo antes de que ella hablara:
-Mirá, para no equivocarte, si te pregunta algo, decile que no quisiste entrar al teatro y me esperaste en la puerta. Vamos.
-Pero, tía, ¿qué le vas a decir a la pobre vieja?
-A la señora Celina, dirás. No te importa; yo sé.
Celina los esperaba, intranquila. Doña Lucía tenía un aspecto sombrío. Se sentó frente a la estufa, que no alcanzaba ni a entibiar la vastedad helada del cuarto y le pidió algo fuerte para beber. Celina sirvió tres copas minúsculas y esperó.
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