Gilda y Rodrigo, con menos visitas
Los devotos les piden milagros, pero son pocos los que hoy se acercan a sus tumbas
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Hernán Hurtado ordena cuidadosamente las flores que le va pasando su hija Celeste. "Pero ésta es tuya", le aclara el padre, al ver que la niña, de seis años, le entrega una rosa blanca. "Se la quiero dejar", responde ella, mientras sigue acomodando las decenas de arreglos florales que minutos más tarde estarán atados a un pequeño altar. Son las cinco de la tarde y los dos decidieron acercarse, como todas las semanas, al cementerio de la Chacarita y visitar la parcela 3635, donde desde hace 11 años descansa Gilda, la cantante tropical que murió en un accidente automovilístico, para pedirle ayuda en la incipiente carrera musical de Hurtado.
Del otro lado de la ciudad, en un paraje camino a la Plata, cientos de cartas, vestimentas y botellas de cerveza, reunidas en un santuario abandonado que aún conserva las huellas de miles de visitantes, veneran a Rodrigo, el ídolo del cuarteto que murió de forma similar hace siete años.
Además de un trágico final siendo jóvenes, y en lo mejor de sus carreras, Gilda y Rodrigo coinciden en algo: luego de sus muertes, fueron convertidos en "santos paganos". Si bien la cantidad de visitantes ha disminuido con los años, sus tumbas y santuarios conservan mensajes, pedidos y regalos de fanáticos y devotos que están convencidos de que "Gilda, la única" y "El Potro" hacen milagros.
El cuidador de la tumba de Gilda, Humberto Grillo, señaló que en los primeros años después de su muerte los visitantes se acercaban todos los días. "Ahora viene un grupito de cinco o seis fanáticos durante el fin de semana, y se llena para la conmemoración de su muerte y en su cumpleaños", cuenta Grillo.
El visible deterioro del santuario de Rodrigo revela que, a diferencia de los primeros años luego de su muerte, al lugar sólo llegan algunos pocos curiosos atraídos por un cartel indicador, en el km 28 de la autopista. Según sus fanáticos, los devotos eligen como punto de encuentro el cementerio Las Praderas, en Esteban Echeverría, que todos los sábados abre sus puertas de 9 a 12. "El santuario es un negocio. El cementerio es donde la gente le pide milagros y le agradece", dice Ariel Toscano, miembro del "Club del Potro".
Cosmología popular
"A diferencia de la concepción de la clase media ilustrada y moderna, para quien el milagro aparece cuando la razón no encuentra un motivo, para la cosmología popular el milagro es algo cotidiano. Hay millones de milagros y las cosas pasan porque hay un accionar sagrado en el mundo", explicó a LA NACION la antropóloga Eloísa Martín, investigadora del Conicet.
Ese parece ser el caso de Jacqueline Chávez, que, cada vez que puede, viaja a Buenos Aires desde Puerto Madryn para visitar a "su ángel", como ella denomina. "Hace unos años, mientras escuchaba un cassette de ella, le pedí algo y me lo concedió. Le prometí que vendría siempre", dijo a LA NACION.
Eloísa Martín, que durante dos años se sumergió en el mundo de Gilda para su tesis de doctorado, cuenta que para los devotos de la cantante, a diferencia de los fanáticos, la relación pasa por algún tipo de reciprocidad. "Le piden a cambio de algo. Pero el lazo que los une es más complejo, porque no se limita a situaciones de crisis. La presencia de Gilda en sus vidas es cotidiana y el afecto y la lealtad hacia ella no son cuestiones menores. Le rezan constantemente con ejercicios de introspección y de reflexión", dice.
Algo parecido sucede con Rodrigo. Ignacio, el hijo de Claudia Zarrilli, una fanática y creyente del cantante, cayó en coma hace tres años. "Le puse sobre el pecho una camisa de Rodrigo que nos había regalado la madre. A las tres horas abrió los ojitos y pocos días después salió de terapia", contó a LA NACION la profesora de gimnasia Zarrilli, de 37 años.
Para todos, Rodrigo era muy carismático y tenía un aura especial. También para los vendedores ambulantes, que llevan consigo chapitas de San Cayetano, de la virgen de Luján, de Gilda y de Rodrigo.




