Giovanni Guareschi
Por Néstor Tirri Para LA NACION
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En buena parte de sus 60 años de vida, Giovanni Guareschi (1908-1968) fue blanco del gusto popular: sus doce libros superaron los 20 millones de ejemplares sólo en Italia (entre las muchas traducciones, hay una al coreano). Cinco de sus novelas en torno a don Camilo y sus controversias con el comunista Peppone fueron llevadas al cine, siempre con éxito. Semejante repercusión contrasta con el vacío que le impuso la crítica, que invariablemente lo ignoró.
Esa tendencia ha cambiado ahora, cuando el peso del centenario de su natalicio le otorga un tardío reconocimiento: la prodigalidad del tiempo pone al autor "un birrete de doctor en Letras", facultad que García Lorca atribuía a la lluvia que caía sobre una ciudad de Estados Unidos. Nacido en la parmesana Roccabianca, muy cerca de Busseto (el terruño de Giuseppe Verdi), Guareschi es exaltado en la Universidad de Parma, donde se le dedicó un simposio internacional con un rótulo reivindicativo: "Cent´anni di Guareschi: letteratura, cinema, giornalismo e grafica", más dos muestras, una sobre sus "borrascosas aventuras en el mundo del cine" y otra con esculturas satíricas de Maurizio Zaccardi sobre el "pequeño universo" del escritor.
Acerca del célebre Giovannino (como lo llamaban familiarmente), sus dos hijos, ya sexagenarios, revelaron un rico anecdotario inédito. Rescataron chismes y sucesos, en medio de los cuales fue gestado aquel piccolo mondo. Es que, más allá de su llaneza literaria con tintes traviesamente costumbristas, el autor trazó una crónica humanizada de la Italia provinciana de posguerra el cine reconstruyó con caracteres imborrables: Fernandel, como el cura Camilo, y Gino Cervi como Peppone, el comunista pueblerino que un día asciende en la escala política y es ungido diputado, protagonizaron una de las historias más sostenidas y populares del cine italiano.
Alberto Guareschi, el hijo mayor, contó que, antes de ser corporizado por Cervi, Peppone tuvo un candidato insospechado: el maestro Julien Duvivier, director del primer Don Camilo, le propuso a Giovannino que asumiera el rol por su semejanza con el retrato que el autor hacía de su personaje. Duvivier le hizo doce tomas, al cabo de las cuales el cineasta cambió de idea: "Señor Guareschi -le dijo-, dedíquese a escribir nuevas aventuras de estos personajes; para Peppone usaré a un actor de verdad".
En el fondo, el novelista debe de haber experimentado cierta desilusión, porque amaba a Peppone. Más que a don Camilo. Y no era por alguna afinidad con el Partido Comunista, algo que pudiera compartir con su criatura literaria: muy lejos de ello, Giovanni Guareschi era monárquico.




