Guttero, artista y animador
Corresponde revalorar la figura del pintor como promotor cultural y como uno de los creadores argentinos más destacados del primer tercio del siglo.
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La figura de Alfredo Guttero (1882-1932) ocupa un lugar especial en la historia de la pintura argentina de este siglo. Después de vivir más de veinte años en Europa, regresó a Buenos Aires en 1927 y se convirtió en uno de los protagonistas de la renovación artística del momento. Los trabajos de investigación de los últimos años (especialmente, los aportes de Patricia Artundo) han mostrado el rol fundamental de Guttero en la difusión de las estéticas contemporáneas.
Los jóvenes modernos encontraron en el pintor un referente importante alrededor del cual aglutinarse para mostrar un perfil más compacto frente a los artistas más conservadores, que gozaban del favor incondicional de la crítica especializada, del público, de los coleccionistas y de las instituciones públicas.
Guttero había asistido desde 1904 a los cambios sustanciales del arte europeo contemporáneo y había sido testigo de las diferentes propuestas de las vanguardias históricas. Durante su período europeo, el pintor había conocido de cerca no sólo las transformaciones de los lenguajes artísticos y sus giros conceptuales, sino también las estrategias de lucha de los distintos grupos y sus métodos para ganar terreno y presencia pública. Estas experiencias serían cruciales en su posterior regreso a Buenos Aires.
Desde su muerte prematura, a los cincuenta años, su obra ha sido considerada con especial atención por la crítica local. Sin embargo, la fuerte presencia de otros pintores con lenguajes más cercanos a la modernidad, como Emilio Pettoruti y Xul Solar, ubicó los trabajos de Guttero en un terreno más neutral. Además, ciertos factores, como la escasez de obras del artista, su larga estadía fuera de la Argentina, la pertenencia de Guttero a una generación anterior a la de los artistas mencionados y la extrema fragilidad de la mayoría de sus trabajos realizados en una personal técnica de "yeso cocido", han contribuido a que Guttero tuviera una visibilidad menor.
Por ejemplo, cuando se realizó en 1991 la muestra de artistas latinoamericanos del siglo XX en el Museum of Modern Art de Nueva York (MoMA), con una importante representación de artistas argentinos, sus trabajos fueron excluidos. La decisión, adoptada después de largas deliberaciones entre los conservadores del MoMA y el departamento de restauración del Museo Nacional de Bellas Artes, estuvo motivada por el riesgo de movilizar sus yesos para participar de una exposición itinerante de quince meses de duración, que se presentaría en cuatro países diferentes. Así, se modificó la idea original de incluirlo en ese envío junto a otros artistas como Xul Solar, los brasileños Tarsila do Amaral, Lasar Segall y Vicente do Rego Monteiro, los uruguayos Rafael Barradas y Pedro Figari y el venezolano Armando Reverón. Por otra parte, el único libro dedicado al artista fue escrito por Julio Payró y publicado en 1943, y las muestras retrospectivas que se han dedicado a su obra no han tenido ni el marco institucional adecuado ni el aporte de investigación necesario para fijar la importancia de Guttero como pintor y como animador cultural.
Apoyado por Martín Malharro, Alfredo Guttero obtuvo en 1904 una "Beca Especial Paisaje", que le permitió embarcarse hacia Europa. Se instaló en París, donde concurrió a la Academia Colarossi y a los cursos de Raphael Collin. Desde allí mantendría contactos frecuentes con Buenos Aires. Participó, por ejemplo, en la Exposición Internacional del Centenario y también en algunos salones anuales. El crítico Alfredo Chiabra Acosta (que firmaba con el seudónimo de Atalaya) se ocupó favorablemente de sus trabajos.
Mientras tanto en Europa, el pintor participaba activamente en salones nacionales y municipales en Francia y en Alemania y viajaba con frecuencia. Eran los años previos a la Primera Guerra Mundial y muchos artistas argentinos (Pablo Curatella Manes, Miguel Carlos Victorica y Ramón Silva, entre otros) estaban viviendo también en París. Guttero hizo amistad, sobre todo, con el escultor Luis Falcini, con el que sostendría una nutrida correspondencia entre 1916 y 1930.
En esos años, el pintor completaba su formación con Maurice Denis en la Academia Ranson. Sus enseñanzas fueron fundamentales para Guttero, pues lo acercaron a la definición de su propio estilo artístico, a la pintura mural y a los temas religiosos extraídos de la Biblia. El argentino reorientó su pintura en una clara tensión en la que jugaban simultáneamente los hallazgos de la modernidad y los de la pintura tradicional.
En 1917, Guttero fue socio fundador de la Asociación de Artistas Argentinos en Europa junto con Curatella Manes y Fray Guillermo Butler, y participó de la primera exposición de la agrupación, realizada en Madrid a mediados del mismo año. Durante su período europeo, tuvo un contacto fluido con los demás argentinos que residían entonces en el Viejo Mundo.
Ya de regreso en Buenos Aires, Guttero trabajaría frenéticamente. Presentó dos muestras individuales y organizó el salón de artistas modernos, dirigía la sala de exposiciones del hall de la Wagneriana, asesoraba a la Asociación Amigos del Arte, fue cofundador de los Cursos Libres de Arte Plástico en el pasaje Barolo, participó en importantes exposiciones colectivas de instituciones alternativas como el "Ateneo Popular de la Boca" y el "Boliche de Arte", envió obras al Salón Nacional y a salones municipales y provinciales, formó parte de la Agrupación de Artistas "Camuatí" y ejerció una crítica constante contra la política de instituciones como el Museo Nacional de Bellas Artes y la Comisión de Bellas Artes. Como ha establecido Artundo, toda esta actividad del artista se basaba en lo que él mismo denominaba "política de presencia", estrategia elaborada para actuar durante los enfrentamientos que entonces dominaban la escena artística local.
Simultáneamente, Guttero comenzó a trabajar en las pinturas sobre yeso cocido y desarrolló el conjunto de obras con temas religiosos, especialmente las Anunciaciones y la serie de paisajes urbanos realizados en el Dock Sur, en el puerto y en la isla Maciel así como las escenografías para el Teatro Colón. Algunos de sus envíos a los salones de Bellas Artes obtuvieron el reconocimiento de los jurados y uno de ellos ganó, por ejemplo, el Primer Premio del Salón Nacional.
En aquellos años, la imagen de Guttero se encuadra dentro de un clasicismo que se relaciona con el "retorno al orden", evidente en la pintura europea de la década del veinte. Frente a Guttero, como ocurre con la mayoría de los pintores latinoamericanos de ese momento, se hace evidente la necesidad de redefinir términos internacionales como los de "vanguardia" y "modernidad" cuando se escribe la historia del arte de países periféricos como la Argentina.
Guttero falleció sorpresivamente el 1º de diciembre de 1932. Casi un año después, sus amigos organizaron la primera retrospectiva de su obra, que se exhibió en las Salas de la Dirección Nacional de Bellas Artes.



