Habitar el mundo diurno
QUIMICA DIURNA Por Alicia Genovese-(Alción)-148 páginas-($ 18)
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En el romanticismo de Novalis, la Noche era "santa, misteriosa e inefable" y abría una vía mística. Esa tradición tuvo una larga descendencia. Olga Orozco, por ejemplo, hablaba del poeta que se enfrenta a los centinelas nocturnos y accede al mundo del mito; Alejandra Pizarnik evocaba la noche del corazón y la noche de las palabras del sueño. Alicia Genovese (Lomas de Zamora, 1953) opone en este libro una tradición distinta, donde el poema es la huella celebratoria de aquello que, como quería Matsuo Basho, se mira "con ojos inmediatos": la experiencia de lo diurno, la exacta referencia de las sensaciones vividas a la luz del día. Es decir, "nada aún sino el foco/ sobre algunas acciones mínimas,/ [...]/ nada excepto el momento/ en que las cosas suceden", ya que "se vive con poco/ con nada/ se hace un reino".
En su parquedad pudorosa, que no pide para la poesía una fuerza vidente o mágica, sino una sensitiva y hasta eufórica percepción de lo dado, Genovese perfecciona y diversifica lo que ya proponía su anterior libro, Puentes (2000): una mirada que se impregna del mundo material, el cual, a su vez, imanta la expresión individual, donde toda enunciación poética preserva un aliento narrativo. Es por ello que el poema se vuelve registro y constancia del detalle, como en un diario particular, para impedir que el detalle "se pierda/ en la distracción de lo abierto", para "rehacer/ volver a recibir/ la seducción del mundo". Ese registro, que en suma es evocativo y ulterior, suele utilizar el tiempo presente, como si el poema mismo fuera un espacio propicio a la actualidad del día vivido -"vivir se conjuga / en presente", leemos. Y aunque la autora declare que "si contase una fábula/ otra vez se borrarían/ los límites entre apariencia y realidad", el poema, como relato de un tiempo breve y pleno, se torna la fábula de lo real con una minucia de milagro.
Este libro explora lo concreto y es casi anecdótico, con esa ligereza atenta de una conversación amistosa sobre hechos personales que se comunican al lector-interlocutor. Llegar a ese centro no es un azar, sino un proceso del sujeto lírico. En la primera sección, "El repliegue", hay un desasimiento de la conciencia respecto de una memoria dolorosa -la gravedad, la melancolía, el recuerdo de un amor extinguido-. El poema se vuelve el modo en que se puede habitar el mundo, abandonando el "naufragio nocturno". Su elemento privilegiado es la sensación inmediata de la experiencia, que aspira a ser un origen inocente. En la segunda sección, "El camino", el motivo es el viaje, la travesía por lugares de México, de Brasil, de Estados Unidos, de la Patagonia, un recorrido por las calles de San Telmo en la noche del nuevo milenio o el camino de Santiago de Compostela. Luego del repliegue inicial, hay un afán de movimiento y una búsqueda a medias secreta, que hilvana serenamente todos los poemas: el deseo y la imaginación del agua. En diversas escenas se nombra el agua y se la puebla, hasta que se reconoce su íntima identidad: "Y dondequiera que vas/ estás buscando un río", dice.
Las dos últimas secciones, "Diario del Delta I" y "Diario del Delta II", son complementarias. Ambas ya no refieren la busca, sino el hallazgo mismo del río elegido. Se refieren los acontecimientos vividos en ese espacio insular, donde las aguas fluviales ahora son una materialidad que todo lo sostiene, un hábitat del poema mismo: los pájaros que lo recorren, el ritmo de la creciente, la luna sobre los juncos, el baño en la tarde del verano. La última sección es un nuevo repliegue, pero esta vez en la apertura de la dicha: es el registro diario, como un álbum de fotos, de la construcción de la casa junto al río. Genovese alcanza así, en la anécdota más personal, aquello que se proponía en el comienzo del libro: habitar el mundo en su diafanidad. Esa morada es, literalmente, el hogar propio y, a la vez, la metáfora de un modo de existir, luminosamente fiel a lo real. De ese modo, el poema también es una "tercera orilla": "un lugar que mantenga/ abierto el mundo". Con una eficacia humilde que mal oculta su sabiduría, Química diurna se vuelve un objeto inesperado en estos días sombríos: un libro claramente feliz.



