
Heroína de una epopeya sin estridencias
Asimple vista, Emma Garmendia. Vida, amor y música puede hacerle creer al lector que está frente a un libro para especialistas. Nada de eso. Ahora que el año se termina y con él, las formidables temporadas de asociaciones musicales y teatros, es un buen momento ideal para repasar las peripecias vitales de una mujer dedicada con pasión y espíritu visionario a difundir, más que la enseñanza, el sentido profundo de la música. Claudia Guzmán, autora del volumen, concibió su obra como una biografía-homenaje, concentrándose en el trabajo constante, en la sobriedad y en las convicciones de su heroína. A esas páginas sumó testimonios de amigos, colegas y alumnos de Garmendia, y textos en los que la docente de la Educación Audioperceptiva despliega su pensamiento. El público del Mozarteum Argentino conoce bien a Claudia Guzmán. Licenciada en Música y responsable de publicaciones de la institución, su nombre es una firma habitual en los programas de mano que ilustran cada concierto.
La historia comienza cuando Emma Garmedia (1925-2012) llega a Rosario proveniente de su Tucumán natal, para presentarse al concurso con el que se elegirá al nuevo director del Instituto Superior de Música de la Universidad Nacional del Litoral. Pronto tuvo que enfrentar dos dificultades: su condición de mujer y su vocación pedagógica revolucionaria. Superado el primer obstáculo (su formación dentro y fuera de la Argentina la calificaba sin dudas para el cargo), se abocó a horadar la piedra del segundo. Garmendia estaba convencida de que era imprescindible transformar la manera de enseñar música, tanto a los futuros intérpretes como a los futuros docentes. Proponía pasar de la centralidad de la teoría a la centralidad de la práctica. Y comparaba la música con el alimento: había que enseñarla de manera tal que el placer de la escucha despertara en los niños el mismo apetito que una comida sabrosa. Bajo su dirección, el Instituto se revitalizó. Garmendia llamó a concurso para renovar el plantel docente, abrió cátedras novedosas destinadas a enriquecer la formación de los estudiantes y, con ánimo federal, impulsó la creación de un Trío Estable que, en diversas giras, llevó la música de cámara por el país.
Es curioso, pero algunos de los datos biográficos que proporciona Guzmán (de lo más corrientes, en verdad) despiertan una extraña añoranza. Cuenta la autora, sin énfasis ni sentimentalismos, que Garmendia era hija de una maestra rural habituada a viajar cada día varios kilómetros, aun a caballo, para dar clases y de un pulcro contador que trabajaba en la sede del gobierno municipal. Cuando le tocó jubilarse, el hombre recibió una medalla de oro: durante cincuenta años su asistencia al trabajo había sido perfecta.
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