
Historia de amor triunfante
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EL presidente de la Fundación Bartolomé Hidalgo, Washington Pereyra, me recibe en la puerta de un magnífico edificio situado en la calle Independencia 3683, en Buenos Aires. Este uruguayo alto, delgado y en la plenitud de su madurez rebosa entusiasmo. La Fundación, inaugurada en noviembre pasado, es el resultado de su amor por la literatura rioplatense, por las ciencias naturales y por la cultura. En los tres amplios pisos del edificio se reúnen una vasta biblioteca, una nutrida hemeroteca, una gran sala de exposiciones, un museo rico en aves y en toda clase de pequeños animales embalsamados y disecados, y también un departamento para albergar y asistir a investigadores del interior becados por la Fundación. ¿Cómo se le ocurrió a W.P. embarcarse en esta empresa monumental? El sonríe y habla con voz firme y convincente:
-Desde chico sentí el amor por la lectura y por las ciencias naturales. Nací en una familia de muy pocos medios, pero la vida me dio la posibilidad de superar esa carencia con una Universidad generosa como la de Montevideo. Pronto me animó la pasión de reunir revistas literarias. Las revistas y los libros fueron creciendo y la colección empezó a ser consultada por investigadores en casa. Esto, sumado a mi deseo de retribuir a la sociedad rioplatense lo que de ella había recibido, me llevó a transformar mi colección personal en algo de la comunidad.
-¿Cuántos libros tiene?
-Más de 60.000, y también más de 2.000 revistas argentinas, amén de las internacionales. Se trata de publicaciones literarias, que abarcan desde el modernismo (1890) hasta la época sangrienta de los 70. Esta biblioteca es un centro de investigación. Acá hay materiales muy raros.
-¿Se pueden fotocopiar los documentos?
-No, no es posible hacerlo. Los originales se arruinan cuando se los fotocopia. Si permitiéramos fotocopiar, nos quedaríamos sin documentos.
-¿Por qué su Fundación lleva el nombre de Bartolomé Hidalgo?
-Porque Bartolomé Hidalgo, que nació en Uruguay en 1788 y murió joven en la Argentina, fue el primer poeta rioplatense, y creyó en la emancipación de nuestras latitudes. En sus famosos "cielitos" le cantó a nuestra independencia. Uruguayos y argentinos hemos sido siempre una unidad, y aunque de esa unidad resultaron, por razones políticas, dos naciones, el lazo de hermandad existe. Entonces, por esa fe suya en nuestra independencia, le rendimos este homenaje al bautizar con su nombre la Fundación.
-¿Cómo se le ocurrió inaugurar la Fundación con esta muestra, realmente maravillosa, de las aves cantadas por Leopoldo Lugones?
-Fue una inquietud compartida con nuestro amigo Julio Contreras. Tratamos de que los chicos de las escuelas -la visitaron unos 4.000- vuelvan a leer poesía. Entre los versos inextricables de algunos poetas y las complicaciones de ciertos ecologistas, se han perdido de vista no sólo los versos sencillos, como éstos que cantan a las aves, sino también las aves. Usted ve aquí embalsamadas 36 especies diferentes, del hornero a la perdiz, y lee otros tantos poemas de Lugones. Cuando a fines de marzo levantemos esta muestra, armaremos el mapa literario de Boedo, que reunirá escritores, escultores, cines, teatros, cafés. Estarán también Homero Manzi, Cátulo Castillo, González Pacheco, Yunque, Castelnuovo... Habrá maquetas de viejas fachadas, bustos, exposición de objetos y un gran mapa con la ubicación de cada cosa. Buscamos rescatar nuestra historia desde 1890 hasta Paco Urondo. Expondremos la obra de escritores y editaremos un CD con sus voces.
-Económicamente, ¿cómo se mantiene la Fundación?
-Hasta ahora nos han apoyado el Fondo Nacional de las Artes, y además algunas empresas. Esta semana hemos elevado un pedido a la Secretaria de Cultura, a la doctora Gutiérrez Walker. Hay buena disposición.
-Pero esto va adelante movido por su patrimonio y por su amor.
-Todo es obra del amor. El barrio es muy solidario y ciertas personas también: Horacio Salas, Enrique Mayocchi, Vaccaro... Tenemos la suerte de contar con el apoyo del comisario Jorge Besano, que es un hombre muy interesado en la cultura. No tuvimos éxito, por el contrario, con el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.Tenemos planes para armar una expedición arqueológica. Sacamos nuestras propias ediciones.
Sigo hablando con Washington Pereyra y sus colaboradores, María Cristina Belge y Ernesto Kippes. Me despido, salgo. La calle es el infierno: un verano abrumador sin corriente eléctrica. Recuerdo los versos de Bartolomé Hidalgo, escritos hace 180 años y de vigente actualidad: "Ando triste y sin reposo / cantando con ronca voz / de mi Patria los trabajos, / de mi destino el rigor".
