Historia sencilla y atroz
En este libro, publicado originalmente en los años setenta, el Premio Nobel de Literatura 2002 se ampara, para sortear la censura, en un país latinoamericano imaginario y logra así indagar en la intimidad de una máquina autoritaria demasiado próxima
1 minuto de lectura'
Para LA NACION
Un relato policíaco
Por Imre Kertész
Acantilado/Trad.: Adan Kovacsics/194 páginas/$ 85
Para Imre Kertész, sobreviviente de algunos de los mayores horrores del mundo contemporáneo (fue deportado a Auschwitz a los 14 años, derivado después a Buchenwald y más tarde perseguido por el estalinismo húngaro), el Holocausto no es un lejano episodio histórico ni los campos de concentración y exterminio una aberración ajena a la naturaleza humana. Considerarlas atrocidades inexplicables, según él, es una coartada para eludir responsabilidades. Por eso, ha dedicado la vida a indagar en su memoria para nombrar lo innombrable, para conjurar por medio de las palabras esa ausencia de voz que es la barbarie. Aunque no se refiera a los campos, siempre está escribiendo sobre Auschwitz. Hasta en esta breve novela que nació un poco por azar, cuando en la primavera de 1976, el editor húngaro que había publicado Sin destino le sugirió que añadiera algo a El buscador de estrellas , para completar los diez pliegos de imprenta, mínimo indispensable para que el volumen tuviera cuerpo, y su impresión pudiera ser autorizada. Kertész, que desde hacía tiempo maduraba la idea de Un relato policíaco , debió escribir con celeridad para responder a las exigencias de la burocracia estatal. El comunismo húngaro pasaba entonces por una etapa "blanda" (la llamaban comunismo goulash ), pero aun así, tomó sus precauciones para sortear la censura: decidió situar su relato sobre prácticas corrientes de los regímenes de terror en un imaginario país latinoamericano. Serviría lo mismo a su propósito de desmenuzar la maquinaria de un totalitarismo, cualquiera que fuera el lugar en que ejerciera su arbitrario poder, y en el fondo, el escenario no era tan ficticio si se piensa que corrían los tiempos de Videla y Pinochet.
Pese al título, lejos estamos aquí de un thriller . Lo que hace Kertész es meterse en la mente de un verdugo, ahora que los vientos han cambiado y es él quien enfrenta la inminencia de la ejecución. No es una confesión -no hay en sus palabras pizca de remordimiento- sino una recreación fría y meticulosa de los hechos que lo han puesto en el umbral del cadalso. Tampoco es una narración única, sino varias, contenidas unas dentro de otras: la sustancial es la que Antonio Rojas Martens, el ex miembro de la policía secreta, ha escrito en la cárcel y que su abogado (de oficio) hace pública respondiendo a su pedido, sin añadir otro comentario que el que le suscita el escrito de un hombre que, tras haber mostrado ante el tribunal tanto desapego como si estuviera exponiendo acciones ajenas, parece recobrar la capacidad de juicio y discernimiento y necesita referir su historia. Pero dentro de la exposición de Martens hay otra: es la contenida en el diario de Salinas, el muchacho rebelde que fue una de sus víctimas además de personaje central en el caso que determinó su ruina. La intersección de esos relatos hace aflorar de las sombras la naturaleza perversa de la dictadura.
"Quiero contar una historia -anuncia el verdugo antes de presentarse-. Una historia sencilla. Podrá calificarse de atroz. Ello, sin embargo, no altera ni un ápice su sencillez." La dictadura que se ha instalado en el poder le ha permitido a él, simple policía, integrarse al Cuerpo, la policía política del régimen. El aprendizaje del novato, profesional responsable y consciente de sus deberes, se desarrolla al lado de sus nuevos superiores: el imperturbable Díaz, cuya afectada calma encubre una ferocidad sin límites, y su asistente, Rodríguez, un sádico extasiado con el nuevo instrumento de tortura que ha traído a la oficina y que lo auxiliará en la rutina diaria. Maestros en el arte de arrancar confesiones, sus interrogatorios son apenas la formalidad que antecede al tormento y el asesinato. Están al servicio del poder, no de la ley -como le aclaran al novato cuando este manifiesta alguna vacilación-, y se esfuerzan por sumar nuevos nombres a su archivo de enemigos o sospechosos. A esa nómina irá a sumarse Salinas, hijo del propietario de una cadena de grandes almacenes. El muchacho, descontento con su estéril destino de heredero, se ha rebelado ante los atropellos del régimen y la pasividad y la resignación de los otros, en especial del padre poderoso, y ha intentado comprometerse con los grupos resistentes, movimiento que no ha pasado inadvertido para el empresario, que concibe una artimaña para protegerlo, pero tampoco para la maquinaria vigilante de la dictadura, que extenderá sus brazos hasta atraparlos a los dos.
El suspenso, que lo hay, se sostiene en el desconocimiento que el lector tiene del compromiso de los Salinas con un presunto complot, pero a Kertész no le interesa tanto la trama "policial" como indagar en la intimidad de la máquina totalitaria y, sobre todo, en el proceso que lleva a un ser humano a implicarse en ella. Y lo hace con la voz misma del verdugo, otra pieza en un engranaje tan cruel y ciego como absurdo. La fría precisión del lenguaje, el tono distanciado, el relato corto, seco, en el que casi nada es expuesto directamente, multiplican el efecto perturbador de esta fábula medulosa (se recomienda una segunda lectura), en la cual, más allá de mecanismos de poder, conductas individuales o circunstancias históricas, lo que se pone bajo la lupa es la propia naturaleza humana.





