Interrogar los orígenes
ORTIZ Por Yolaine Destremau (Andrés Bello)
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COMO el padre de Yolaine Destremau era diplomático, la autora pasó una infancia nómade entre Sudáfrica ("el inglés fue mi primer idioma, antes que el francés"), Egipto y la Argentina, adonde su padre se desempeñó como embajador, a fines de los años setenta. No parece casual, entonces, que un clima de mudanza perpetua atraviese Ortiz , su primera novela. La narradora, Anne, vive hacia 1996 en Francia pero nació sesenta y nueve años atrás, en los Estados Unidos, de madre rusa y padre de apellido hispano. "Viajes interminables, puertos repletos, emigrantes, maletas, estaciones nevadas y llanuras caldeadas, encuentros, matrimonios, nacimientos", recapitula la narradora en un pasaje del libro.
Ortiz comienza con Anne a las puertas de lo que ella entiende como "el acontecimiento más importante de mi vida". "Mañana a las cuatro de la tarde voy a conocer, por primera vez, a mi padre". En el lapso que lleva al momento del encuentro, Anne se pone a recordar su vida, en especial su primer frustrado casamiento y todo lo referido a la difusa figura de Ed Ortiz.
El mayor hallazgo de Destremau (que en octubre próximo editará en Francia su segunda novela) quizás radique en aquello que la narradora define como "las dos muertes" de su padre. Sucede que, en principio, Anne cree muerto a Ortiz por versiones de su madre y su abuela. Ya adulta descubre que no es así y se pone a buscarlo. "Yo estaba de parte de mi padre. Ellas me habían mentido". Para ello recurre a organismos como, por ejemplo, una Asociación Internacional de Desaparecidos. Uno tiende a sospechar que puede haber un eco -incluso involuntario- de los años (1977-80) que la autora pasó en Argentina, aun a riesgo de establecer una lectura deformada desde Buenos Aires. Lo cierto es que la protagonista de este libro recibe, por fin, de manos de un detective privado, una carta "fría y anodina" donde se pone en seria duda que Ortiz siga vivo. "Por segunda vez perdí a mi padre", reflexiona Anne. No obstante, cuarenta años después suena el teléfono. Es Ortiz. Trata a su hija de "Anna" y le pregunta: "¿Podríamos vernos?".
Aunque este libro es una interrogación sobre los orígenes, tema recurrente en tantas primeras novelas, hay sin duda algo meritorio en cómo, con muchos elementos servidos para hacer e la historia de Ortiz un novelón más o menos autobiográfico, Destremau en cambio ha optado por escribir una cuidada nouvelle en la que nada sobra. Por el contrario, Ortiz es un buen ejemplo de tensión ajustada. Alguien señaló cierta vez que Flaubert conseguía lo mejor de sí desandando lo escrito, tachando y recortando con genialidad, en maratónicas jornadas de autocorrección. Uno cree advertir propósitos parecidos en la prosa de Destremau, donde la brevedad y el tono por momentos seco deparan una sensación final de melancolía, de irremediable dolor. (130 páginas).
Eduardo Berti
(c)
La Nacion




