Intimidad de la posguerra italiana
Escrito entre 1946 y 1956, Diario nocturno, de Ennio Flaiano, describe detalles culturales y sociales de un mundo en que la alegría urbana y los recuerdos de la guerra se mezclaban Por Juan Mendoza
1 minuto de lectura'
Las dictaduras, escribe Ennio Flaiano, obligan a sonreír. Los regímenes autoritarios no son sórdidos, grises y monótonos, como los describe George Orwell en 1984 . Todo lo contrario. El fascismo fue rico en fiestas "populares". Bajo los totalitarismos las personas se rehúsan a ir a dormir por temor a que el sueño les borre la sonrisa. Quizá por eso, durante las dictaduras debería existir un derecho a permanecer serios. Sobre eso reflexiona Ennio Flaiano en su Diario nocturno .
Casi inadvertido en lengua española, admirado por Federico Fellini y guionista de sus películas más célebres (como La strada o La dolce vita ), Ennio Flaiano (Pescara, 1910-Roma, 1972) fue también el autor de Tiempo de matar (Sudamericana, 1951), uno de los clásicos de la literatura italiana de posguerra. Entre 1946 y 1956 Flaiano llevó unos cuadernos. Aquellas páginas aparecieron en forma de columnas en el periódico Il Mondo hasta que, en 1956, salieron editadas en Milán bajo el título Diario nocturno y otros escritos . En su cuaderno de 1946 un amigo suyo se sobresalta por la proliferación de la ópera y por el estallido musical de Roma, que les quita tristeza a la lucha política y a la amargura todavía fresca de la guerra: "Un poco de La Traviata y un poco de dictadura y los italianos ya están contentos".
Como subraya Eduardo Berti en el prólogo, Flaiano reniega del viaje: "Viajar equivale a abrir una canilla y ver cómo el tiempo corre, desperdiciado, líquido, sin que nada lo retenga". Pese a eso, en 1955 viaja a Madrid, pasea por la Gran Vía y se entrevista con un torero. Se sorprende con las corridas de toros, ese teatro en el que con una entrada rápida la propia muerte actúa. En una página de 1946, Flaiano captura lo que considera es la esencia de la guerra. Habían matado a todos los habitantes de un pueblo. Se preparó una sola pira para quemar los cadáveres. Estaban por encender el fuego cuando trajeron a una anciana todavía viva adentro de una lona. Flaiano, que estaba ahí, da a entender que es la vida el combustible predilecto de la guerra.
En un pasaje de 1951, cuenta los detalles de una aventura. Una noche fue con Fellini a la casa del mago Magus, cerca de Piazza Navona. La esposa de un amigo del director estaba desaparecida y pensaron que el mago, que era adivino, quizá podría decirles dónde estaba la mujer. Pero quedaron tan fascinados con el histrionismo del adivino que se olvidaron de la mujer...
Situado a mediados del siglo XX, el diario de Flaiano presenta reflexiones sobre la Roma de la posguerra, sus bares, sus personajes: el café Aragno (donde Flaiano se encuentra para hablar sobre un reloj con su amigo Alberto Moravia) o la librería Rosetti de la Via Veneto (en la que pensando en Hemingway tropieza con una edición de la Antología de Spoon River de Edgar Lee Masters). Flaiano se detiene en pequeños detalles, como la tipografía de los letreros de las calles. En 1956 se pregunta por el destino que habrá tenido el loro que en diciembre de 1949 la sección siciliana del Partido Comunista le había enviado a Stalin por su cumpleaños número 70. En París va a la casa de Jean Cocteau, que recibe a los visitantes en su cama, en un dormitorio sin lámparas y con las ventanas cerradas.
Flaiano parece hablar de sí mismo en tercera persona, pero al hacerlo, está hablando de su época. Sus páginas están atravesadas por una profunda tensión entre la modernidad que emana de Estados Unidos y el provincialismo de Italia; o entre la excitación por la vida y la melancolía, el drama. Su humor y su aparente frivolidad o su predilección por los detalles más sutiles son sólo una máscara, un manto debajo del cual se agazapa un núcleo denso y oscuro.
En el meridiano del siglo XX, Flaiano intuyó, como Pasolini, que emergía un nuevo mundo, donde las iglesias y los palacios les cedían su lugar a los bares y a las estaciones de servicio. Y donde, en pequeños pueblos de provincia, los kioscos y los tubos fluorescentes empezaban a cambiarlo todo (véase cómo describe su excursión al pueblito de Saturnia, donde tropieza con dos campesinos que mientras caminan hablan de cine). Diario nocturno , desde su título, une los claroscuros de una época. Y Flaiano, cautivado por los contrastes, es un anotador de apuntes incompletos, un cazador de simplezas profundas.
La modernidad era para él una foto dramática que generaba efectos cómicos. Pero allí donde para otros algo podía parecer fuera de lugar, él detectaba una coherencia casi perfecta. Con Le Corbusier aprendió que la arquitectura moderna no envejece, sino que se ensucia. Junto con Nietzsche, se opuso a esa tendencia tan romana que tiene Italia: la de permanentemente estar "monumentalizando" el pasado. Se lamentaba de que el fascismo, para muchos, hubiera sido sólo un archivo fotográfico. "Ah, quien pudiera echar todo abajo." Aunque sus páginas se detengan en detalles de época, es Flaiano un escritor actual. El tiempo es su gran aliado.C
Diario nocturno
Ennio Flaiano
Fiordo
Trad.: Martín Schifino
144 páginas
$ 145





