James Ensor, rebelde con causa
El pintor, duramente criticado por sus contemporáneos, fue uno de los precursores del movimiento moderno. Una retrospectiva en el Museo Nacional de Bellas Artes de Bruselas rescató ese papel fundamental de la obra del maestro belga.
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UNA importante retrospectiva de James Ensor, que se organizó en el Museo Nacional de Bellas Artes de Bruselas, es una excelente excusa para ocuparnos de uno de los artistas más originales -y en su momento controvertidos- del así llamado "arte moderno", que contribuyó a forjar.
Nacido en 1860 en el puerto de Ostende, sobre el Mar del Norte, James era hijo de Frederic James Ensor, de ancestro británico. Para disgusto de su familia, Frederic se había casado con María Catharina Haegheman, de cepa flamenca, pero de condición más humilde que la de su marido. Lo cierto es que James encontró en su padre mayor comprensión que en el resto de la familia, que incluía a una hermana menor. De Frederic sabemos que era un excéntrico y un gran deportista, capaz de asombrar a su hijo cuando, por ejemplo, nadó un apreciable trecho de mar con la ropa puesta.
Ostende es ciudad balnearia y la familia se sostenía con un pequeño negocio de venta de souvenirs que, además de los clásicos caracoles, incluía toda suerte de rarezas. Estas, sin duda, ejercieron poderosa influencia en la mente del precozmente imaginativo infante.
El experimento de enviarlo al colegio no dio resultados positivos y el padre prefirió que James siguiese su natural afición por el dibujo. Así es que algún maestro acuarelista lo tomó para guiarlo en sus esfuerzos. Ya más grandecito fue enviado a la Academia de Bruselas pero, tras una experiencia relativamente breve, se rebeló también contra una disciplina que no se avenía a su independiente y, por momentos, anárquico temperamento. Vuelto a Ostende, se instaló en un pequeño taller en la bohardilla familiar, e inició una de las carreras artísticas más sorprendentes del siglo pasado, que lo colocó en una misma fila con Van Gogh, Gauguin o Seurat.
Sus primeras pinturas pasaron por una etapa conocida como oscura, en la que se asemeja a Manet, cuya obra desconocía. Se trata de una pintura realista, pero de connotaciones que lo acercan a Vuillard. Vendrá luego una etapa luminosa de paisajes y figuras, numerosos autorretratos al igual que el gran Rembrandt, su predecesor, y finalmente la introducción, en esta galería de escenas que tienden a lo intimista, de lo que en el tiempo devendrá una fantasía sin límites. A partir de entonces, las pinturas de Ensor describen trayectorias que desconciertan a la crítica de la época, y que él acentúa en sus aspectos burlones, que oscilan entre lo cómico y lo trágico. La muerte deviene una de las presencias recurrentes de sus telas. Hasta podríamos decir que se instala como inspiración obsesiva de su temática.
También aparecen las máscaras, que jugaban un rol importante en los carnavales de Ostende, máscaras que lo emparientan con el mundo de la caricatura. Otro aspecto que captura su imaginación es la figura de Cristo, con la que por momentos se siente fuertemente identificado. Es sobre todo el Cristo incomprendido la imagen que lo conduce al autorretrato, coronado de espinas y flanqueado por los críticos que más se burlan de su pintura. Esta obsesión culminará con su Cristo entrando en Bruselas , una tela de aproximadamente tres metros por dos y medio que data de 1888-89. Se trata de un excelente ejemplo de la capacidad de Ensor por hacer desfilar multitudes en las que la figura del Cristo triunfante está rodeada por las impúdicas máscaras carnavalescas.
Es imposible no trazar un estrecho paralelo con ese otro genio flamenco que fue Hieronymus Bosch. Podríamos llegar a largas cuanto estériles discusiones sobre los aspectos psicológicos que unen a ambos artistas. Ensor juega con los rostros que se transforman en máscaras y en las máscaras que se transforman en rostros, como ocurre con El hombre de los dolores , de 1891.
A Ensor le encanta practicar diversos estilos en simultaneidad, obedeciendo a su propia regla de que en tal sentido el artista debe hacer lo que siente en ese momento, sin sujetarse a reglas preestablecidas. En sus numerosos y excelentes escritos ataca a Descartes y al racionalismo, como contrarios a las fuentes más puras de la inspiración.
Esa larga batalla contra la incomprensión abarcó su juventud y parte de su madurez. Cuando por fin llegó el reconocimiento, Ensor ya había agotado sus energías creadoras. Vivió la última parte de su existencia tomando a sus propias obras como puntos de partida, si bien no las copiaba necesariamente. Pero, sin duda, con el correr de los años, volcó en sus telas menos energía que en sus años de plenitud. La muerte lo alcanzó ya próximo a los 90 años.
Uno de los aspectos que no pueden omitirse en la obra de James Ensor es su tarea magistral en el arte del grabado, donde en las escenas portuarias es digno de Whistler y en las imaginativas, del propio Goya. En una oportunidad tuve en mis manos un pequeño aguafuerte de Ensor, pero mis recursos económicos no me permitieron adquirirlo, pese a que no era demasiado caro. Menciono el episodio porque, a pesar del diminuto tamaño de la obra, esa imagen ha quedado grabada en mi memoria visual hasta hoy. Tal la potencia expresiva del maestro belga.
Ejemplo de una libertad que antecede en algunas obras el expresionismo abstracto de Pollock, es James Ensor uno de los más contundentes ejemplos de una libertad que abrió nuevos caminos a la plástica mundial. Su entierro en Ostende, el 19 de noviembre de 1949, tuvo la solemnidad que le otorgaron las autoridades y el pueblo de su país.
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