Juegos sin risas
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Andriy tiene trece años. ¿Podés recordar cuáles eran tus juegos favoritos a los 13 años? ¿La Play? ¿Los fichines? ¿Un fulbito con tus amigos? No es el caso de Andriy. Está vestido con pantalones camuflados de tienda, no de combate. Lleva un chaleco antibalas que encontró por ahí y un fusil descartado del que solo queda el cuerpo principal; tanto el cargador como la culata fueron reemplazados por piezas de madera. Descansa sobre una mesa improvisada luego de jugar una batalla que podría ser lúdica, pero que aquí, en Ucrania, tiene reverberaciones siniestras. Como en muchos otros lugares del planeta, los chicos revelan el costado más aberrante de la guerra: el tráfico de niños, las vidas segadas y las heridas psicológicas que durarán para siempre. Es el retrato de una deuda que la civilización no tiene cómo pagar. Salvo, como siempre, fatalmente, es el caso, hipotecando su futuro.
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