Kovadloff: "El poema es un pentagrama y la voz debe ejecutarlo"

Diego Sehinkman
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14 de julio de 2019  

Una vez le preguntaron a Tiresias, que había sido hombre y mujer, quién de los dos goza más. Tiresias contestó que si el placer tuviera diez partes, la mujer gozaría de nueve y el hombre de una. Hablando de género y placer, vos escribiste prosa y poesía. ¿Dónde se encuentra el goce mayor?

[Se ríe] Te diría que yo siempre escribo en respuesta a una íntima necesidad, al deseo de escribir. Cuando la configuración de ese deseo se manifiesta en el ensayo, en el artículo o en la poesía, o aun en el acto de traducir, yo tengo siempre la intención de alcanzar el goce extremo, el goce supremo. No es el género el que nos brinda mayor o menor intensidad, sino su necesidad íntima, es decir, el imperativo que ese género cumple en la vida creadora de un escritor. En la poesía, el lenguaje alcanza una gran potencia que nos permite sustraernos de una lectura convencional de la realidad y nos sumerge en una visión más rica.

-¿Y qué le agrega la música a tu poesía?

-La poesía lleva la palabra hasta un extremo de su virtualidad, de su potencia, pero la música nos sumerge en un mundo de sonoridad y nos da la oportunidad extraordinaria de que los sentimientos ganen una plenitud que no siempre los significados pueden brindar.

-¿Cómo se les ocurrió hacer un disco-libro, en definitiva, un objeto que se puede agarrar y tocar, en tiempos en los que todo es digital?

-Yo tengo la impresión de que nuestra piel sigue reclamando sus derechos. Tocar, acariciar, poder sentir la presencia rotunda de algo a través de las manos, o de los propios labios, o del propio cuerpo; en suma, es algo que permite que sintamos que no somos uno ,sino dos. Todos podrían pensar que fui yo, el hombre de 76 años, el que insistió en el libro-disco-objeto. Pero fue Lucas Sedler, que está en la década de los 30, el que con su sensibilidad insistió para que fuera un objeto. Y yo, por supuesto, adherí. Porque hay algo intransferible, rotundo y contundente en el hecho de tener en mano aquello que uno ha producido. Además, le sumamos los dibujos maravillosos de Juan Sáenz Valiente.

-En el disco y en las presentaciones del grupo vos recitás. ¿Te hubiera gustado cantar?

-Estoy persuadido de que leer mis poemas, decirlos, es una manera de cantar. Yo creo que la lectura de la poesía es una lectura pentagramática. El poema es un pentagrama y creo que la voz debe ejecutarlo. La lectura en voz alta potencia la significación de las palabras; entonces, creo que a mi manera, canto. Pero, sin duda, me hubiera gustado mucho también cantar. Yo creo que tengo voz de bajo y me hubiera gustado mucho ser un cantante lírico. Nunca lo tuve como proyecto, tal vez por timidez y porque solo pude asociar el despliegue de mi voz a la lectura.

-¿Pero cantar quedó en la lista de tus pendientes?

-Hoy ya soy un hombre mayor, me doy cuenta de cuántas posibilidades quedan en el camino en función de otros proyectos. Lo triste es cuando ninguno de esos proyectos se concreta. Cuando una vocación se lleva adelante, las pérdidas son más soportables.

-En ¿Quién sos? tus versos retratan lo cotidiano. Por ejemplo, la casa en la que vivimos y los objetos que la pueblan. ¿Por qué elegiste escribir sobre estos elementos que, en apariencia, están tan a mano?

-Alrededor de mis 40 años redescubrí el valor de la vida cotidiana, el valor de algo que leí por primera vez en Heráclito, el oscuro, el pensador de Éfeso, de hace 2700 años. Heráclito dice, en un fragmento memorable: "Si los dioses no están también en la cocina, no están en ningún lado". Entonces, ahí estaba la cosa. Creo yo que la transfiguración de la realidad no exige que haya objetos extraordinarios, sino que nuestra perspectiva sobre lo que nos rodea se vea tocada por la emoción del descubrimiento de su presencia. Ahí está el reloj que a diario vemos, ahí está la silla que a diario tenemos con nosotros, pero de pronto su presencia golpea nuestra puerta y nos dice "aquí estoy". Y, cuando esto ocurre, el sentimiento de realidad ya no es el habitual. ¿Por qué? Porque las presencias ya se han hecho evidentes y nosotros ya no estamos en un mundo donde la costumbre tiene la última palabra.

-Hay un poema en el que hablás de un "porvenir escaso", en referencia al paso del tiempo y la muerte. Y yo recuerdo un artículo tuyo de hace algunos años donde contaste que tuviste un ataque epiléptico y perdiste la conciencia. Allí reflexionabas sobre el final de la vida. Y lo hiciste sin expresar miedo. ¿Cómo lográs hablar de la muerte con tanta naturalidad, sin que asome la angustia?

-Quizás varios factores pueden ayudar a eso. Yo ya he fallecido. Un ataque de epilepsia es fundamentalmente un ingreso a la muerte. Cuando uno sufre un ataque de epilepsia se desmorona absolutamente e ingresa donde ya no está. En consecuencia, si bien uno vuelve a la vida, es un resurrecto, puesto que puede volver a vivir y puede curarse, incluso. Ese ataque de epilepsia, esa forma de ausentarse repentina y radical hace que uno entienda que si uno tiene la fortuna, puede morir sin sufrimiento. Por otro lado, uno quiere ver crecer a sus hijos, a sus nietos, y sabe que esto tiene un costo: el costo de la lozanía de ellos es el costo del marchitarse de uno. Y uno está dispuesto a pagarlo porque el amor que sentís por ellos te lo requiere. Llegué a una conclusión: yo vivo bien vivido, con muchísima intensidad. Estoy lleno de gratitud hacia cada día de mi vida, pero le encuentro un límite a esa posibilidad, no en mi deterioro, no en mis limitaciones físicas o mentales, sino en el hecho de que la plenitud de ellos merece realmente tener la discreción de retirarse a tiempo.

-Uno podría decir: "¿Pero justo ahora, Santiago, que se te ve tan pleno?".

-Sí, como diría alguno, "con todo lo que tenés por delante" [se ríe]. Yo no ambiciono un número ilimitado de días. Ambiciono una plenitud para cada día.

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