
La batalla ganada
Este año, la distinción literaria más codiciada de Francia la obtuvo Patrick Rambaud por su novela La Bataille, editada por Grasset, en la que el escritor narra la batalla de Essling, la primera gran derrota de Napoleón. En esta entrevista el autor se refiere a su obra y a su triunfo.
1 minuto de lectura'
SE llama Patrick Rambaud pero de aspecto no es ni Rimbaud ni Rambo. Él mismo agregaría, de conocer nuestra célebre cancioncita infantil: "Ni lo quiero ser". El caso Rambaud, si no es único, por lo menos resulta muy excepcional. Rara vez se le ha otorgado el Premio Goncourt a un escritor que ya haya obtenido el Gran Premio de la Academia Francesa por la misma obra (las dos distinciones literarias más importantes y consagratorias de Francia), así como rara vez un autor doblemente galardonado ha puesto menos cara de triunfo. No es que no esté contento ni que adopte una actitud falsamente olímpica. Relativiza de verdad.
"Rambaud sigue siendo Rambaud", dicen sus amigos de la editorial Grasset, que lo publican desde siempre, y en la que este escritor profesional (miembro fundador del diario Actuel en 1970 y autor de unas treinta novelas o "parodias", pero también, redactor secreto de más de un libro firmado por estrellas de espectáculos varios) es profundamente querido por todos. El hecho de que su novela, La batalla, haya ganado la misma, no parece ser motivo para que Patrick Rambaud se peine el flequillo ni se compre un pulóver menos estirado o unos pantalones menos flotantes. El pasado jueves 14, dos días después de haber recibido el Goncourt y a la semana de haber obtenido el de la Academia, se vendieron 18.000 ejemplares de su libro. En estos momentos de escaso interés por la novela en general, la cifra equivale a una venta total más que decente. Cuando vienen a anunciarle la buena nueva, Rambaud nos mira por encima de sus anteojos como suelen hacerlo los sastres (sólo le falta hablar con los alfileres en la boca) y a la pregunta inevitable de cómo se siente contesta con envidiable placidez:
-Como en una película de Alberto Sordi.
Lo curioso es que el ritual parisiense de los premios a los dos nos evoque distintas regiones del planeta. Esa agitación editorial que sacude a París entre los meses de septiembre y noviembre, mientras el otoño sacude los plátanos, y que nos permite llegar a Navidad con las ramas peladas y las ambiciones literarias cumplidas o frustradas, pero llenos de una certeza invernal, en lo que a mí respecta siempre me ha parecido africana: ceremonias de la tribu francesa, sin brujo pintarrajeado pero con extraños códigos oriundos de comarcas lejanas. Se lo digo.
-La diferencia es que en mí se comprende porque soy extranjera. ¿Cómo se explica que usted, implicado en esa ceremonia por francés y, a más abundamiento, por premiado, vea las cosas tan de lejos y con el mismo extrañamiento?
Para comprender la respuesta de Rambaud será necesario contar someramente su novela.
Entre 1831 y 1835, Honoré de Balzac les anuncia a sus amigos y a su bienamada condesa Hanska un nuevo proyecto: escribir La batalla. ¿Cuál? La batalla de Essling. ¿Y por qué precisamente esa campaña napoleónica desconocida, en lugar de Austerlitz o Wagram? "Quizás porque la guerra, en Essling, se vuelve de otra naturaleza -escribe Rambaud- . [...] Más de cuarenta mil muertos en unas treinta horas, veintisiete mil austríacos y dieciséis mil franceses, equivalen a un muerto cada tres segundos, sin olvidar a los casi once mil mutilados de la Grande Armée. Y además, por primera vez, Napoleón se enfrenta en persona con un fracaso militar." En una palabra, Balzac no elige la descripción del éxito sino la de una masacre y una derrota. Pero no lo realiza. Sus múltiples proyectos literarios le impiden desarrollar la idea, y La batalla de Balzac se queda en el tintero, de donde Patrick Rambaud la ha rescatado en este año de gracia de 1997.
En el fondo, su novela se acerca menos a La comedia humana, por momentos farragosa, que a Los tres mosqueteros, siempre atractivos. La batalla es una vigorosa reconstitución histórica colmada de detalles visuales vivos y concretos, una novela de acción con ritmo de cabalgata y sin el menor comentario: frente a la urgencia de los hechos, los sentimientos del autor importan poco. El resultado, de una frescura milagrosa en nuestra época, nos devuelve el placer adolescente de devorar un libro hasta el final.
-Yo me he olvidado de Balzac para escribir esta novela -dice-. Hubiera sido imposible plegarse a su estilo. Entre él y nosotros se abre el abismo del cine. Ahora todo es visual y va rápido, sin largas descripciones. Él quería introducir esta batalla en sus Escenas de la vida militar, pero no lo hizo, entre otras cosas, porque el tema no se le parecía.
-¿Y a usted se le parece?
-No, para nada. Ahí está la ventaja. Relatar una batalla que ha ocurrido en 1809 fue un desafío divertido, al principio interesante y luego apasionante. No seguirse la corriente, ir en contra de sí mismo es mejor que darle vueltas al viejo tema personal rumiado durante años y gastado por el uso. Un tema sin ninguna relación con nuestra propia experiencia nos vuelve nuevos.
Dejando a un lado la pequeña contradicción entre lo que "no se le parecía" a Balzac -motivo por el cual éste no escribió la novela que planeaba-, pero tampoco a Rambaud -gracias a lo cual él sí la escribió-, me prendo alegremente de la palabra nuevos.
-Claro, lo sorprendente de La batalla está en eso: una novela sólida, construida en forma artesanal, con placer y humildad y sin pretensiones. La novela que uno escribe pensando en la novela que quisiera leer.
-¡Esas novelas con pretensiones no son novelas, son autobiografías! Hay que dejar la confesión personal, el "compromiso", la filosofía y todo eso. Los personajes se defienden solos, existen con vida propia y uno no puede hacer con ellos lo que quiera porque después se enojan.
-¿Y el lenguaje? ¿También se impone por su cuenta?
-El lenguaje debe desaparecer detrás de la acción. Hay que olvidar que se escribe con palabras. Si las palabras se notan demasiado nos distraen.
Un resabio de vanguardismo literario y de barroco latinoamericano de los años 60-70 me mueve a preguntarle:
-¿Siempre, o sólo en el caso de la novela histórica?
-Para mí, siempre. Pero es un problema de gustos, y el mío es francés: la claridad, la economía de medios. Esto no es válido para ustedes, o para los barrocos españoles, que son intraducibles. Quevedo. ¿Quién traduce a Quevedo? En el siglo XVII habían optado por una solución mejor:no traducían, adaptaban. Y adaptar al gusto francés significa eliminar los excesos para lograr la precisión.
-Sí, la precisión. Las descripciones de uniformes o de paisajes de su novela son, además de breves, increíblemente precisas. ¿Cómo ha hecho para ver lo que describe?
-Empecé por observar y cotejar los dibujos, los grabados de la época, y después las imágenes vinieron solas. Lo primero que se coloca es el decorado: aquí había un río, el Danubio; a lo lejos, la llanura de Wagram, y a un costado, un pueblito, Essling, con un campanario. Hecho esto, el decorado se anima, se mueve, comienza a vivir.
-Pero su novela no es una serie de figuritas que se mueven, es una verdadera historia con personajes vivientes.
-Para llegar a eso la actitud es la misma que en un reportaje. Yo he sido periodista y al consultar los testimonios del tiempo de Napoleón, las cartas, las memorias, me sentía igual que al hacerles preguntas a mis entrevistados.
-Otra sorpresa del libro es que uno tiende a creer que guerras horribles son las de ahora. Pero por lo visto las del siglo pasado no les iban en zaga.
-Pensamos eso porque ahora mueren civiles. Antes, los que morían eran sólo militares. Con algunas excepciones.
-Excepciones femeninas: esa campesina de Essling, violada después de muerta. Ella tampoco dice una palabra, ni falta que hace.
-Los demás tampoco dicen gran cosa, pero se entiende lo que sienten. En esta batalla los mariscales de Napoleón ya tienen cincuenta años y están hartos. Y los otros son campesinos que sólo sueñan con volver a sus campos.
-¡Y cómo pinta a Napoleón! El tirano absoluto que cree darle órdenes a la realidad. Visionario de su propia voluntad, como en ese diálogo extraordinario, cuando, después de escucharlo disertar sobre una batalla futura, su ayudante le dice: "Que así sea, Su Majestad". Y Napoleón contesta: "Así será. Yo lo veo y quiero que sea". Pero, una vez más, usted no saca conclusiones.
-Es el principio de Alejandro Dumas, el principio del realismo. No demostrar, mostrar. Dumas decía que un historiador defiende su punto de vista y elige a los héroes que le servirán para demostrar lo que desea, mientras que un novelista es imparcial porque no juzga, muestra. Una novela histórica es la puesta en escena de hechos reales. Y Stendhal decía que la novela...
- ... era como un espejo que se paseaba a lo largo de los caminos- completamos a dúo.
Alguien, no sé quién -alguien seguramente muy pretencioso, es decir, muy distinto de Patrick Rambaud-, calificó el siglo pasado en estos términos: "El estúpido siglo XIX". La fruición con que Rambaud escribió su relato de una batalla decimonónica y con que nosotros lo leemos, así como el deleite con que sacamos a relucir la frase de Stendhal, parecieran anunciar el retorno a un siglo mucho menos idiota de lo que habíamos pensado. Tan escasamente idiota, que la novela, tal como desearíamos leerla y como ya no la escribimos, a él se la debemos. Acaso haya llegado el momento de volvernos modestos y de releer a "estúpidos" como Dumas o Stendhal, si no de rescribirlos. El jurado del Goncourt y el de la Academia Francesa deben de estar tan hartos de genios apegados a su propio ombligo, que nos han hecho el regalo de premiar a un escritor de hoy, tan tonto, es decir, tan humano y legible como si fuera de ayer.
Por Alicia Dujovne Ortiz
Para
La Nacion
- París, 1997
El otro Balzac
Casualidad o coincidencias profundas, el gran poeta y novelista colombiano Alvaro Mutis, que recibió hace unos años el premio Medicis para extranjeros, se hallaba en París cuando La batalla de Patrick Rambaud obtuvo el Premio Goncourt y el de la Academia Francesa. Estas son sus impresiones.
"La noche en que festejaban los dos premios obtenidos por Rambaud en la editorial Grasset, me presentaron a un señor con el que estuve hablando largo rato sin saber quién era. Cuando ya salía, alguien me advirtió que el tal señor era Rambaud. Lo extraordinario es que charlamos de mil cosas y él en ningún momento me dijo: "El premiado soy yo". Esto sólo ya basta para definirlo.
"Pero mi sorpresa no se detiene ahí. Ocurre que yo he leído desde mi infancia todo lo relacionado con el Consultado y el Imperio de Napoleón. No lo digo por darme importancia, lo digo sencillamente porque es así. Siempre pensé en escribir algo sobre el tema. Napoleón me interesaba hasta llegar a la batalla de Marengo, después ya no porque se vuelve un arribista. hace veinticinco años escribí una escena de aquel libro en el que pensaba desde siempre. Pues bien, en esa escena aparece Napoleón en Schömbrunn, exactamente como en La batalla. Además, en un número de la Nouvelle Revue Francaise hay un trabajo mío sobre Napoleón en Niza. Y con el escritor colombiano León de Grief habíamos inventado un juego que consistía en describir batallas de Napoleón. Yo hice la descripción de doce batallas.
"Y de pronto me encuentro con el libro ya hecho. Un libro escrito en un idioma claro y rotundo, sin pretensiones literarias. Un libro con personajes tan bien escogidos, tan bien documentado, tan fluido, tan bien hecho, con tanta certeza, tanta verdad y tanto peso. Un gran homenaje a Balzac que escribió las Escenas de la vida militar pero al que le faltó entrar en ese nudo sin solución que es una batalla. Essling es la batalla en la que Napoleón perdió. En Waterloo terminaron de liquidarlo, pero Essling fue el principio del fin.
"Por mi vieja afición a este tema, por mi locura en relación con este trozo de historia que me obsesiona desde chico estoy en condiciones de afirmar que La batalla es un libro excelente, perfectamente logrado desde el punto de vista de la verdad histórica y que nos devuelve un placer perdido: las ganas de leer."
(c)
La Nacion




