
La Buenos Aires secreta de Beatriz Sarlo
Cámara en mano, la ensayista recorrió las calles porteñas del Sur y capturó imágenes que ahora publica en La ciudad vista , un libro lleno de fotos y textos reveladores
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Introducción
Desde que comencé a pensar este libro me propuse no renunciar ni a la literatura ni al registro directo, documental, sino articularlos como se articularon en mi cabeza durante los últimos años. El libro sale, entonces, de itinerarios sobre dos espacios diferentes pero que se entrecruzan: la ciudad real y las ciudades imaginadas. Mi primera convicción fue, por así decirlo, de método. La segunda fue una definición de objeto: la unidad cultural de Buenos Aires. Desde el punto de vista económico, social, de transporte, la ciudad no está separada del conurbano. Sin embargo, en términos culturales y de cultura urbana, todavía se puede hablar de Buenos Aires dentro de sus límites históricos. El plan del libro estuvo casi definido desde el principio y lo escribí en orden para probarme que era posible sostener su argumento. El primer capítulo se ocupa del shopping center y de los ambulantes, ya que la circulación de las mercancías define formas de uso de la ciudad y produce innovaciones definitivas en el espacio público. Cuando en 1994 escribí sobre el shopping center el tema era una novedad en la Argentina; esas pocas páginas de Escenas de la vida posmoderna hoy me parecen un esbozo lejano y aproximativo, aunque les reconozca la intuición de lo que ya estaba sucediendo de modo irreversible. Hoy creo que el shopping center ha impuesto su tipología a todas las formas de consumo, por lo menos de modo imaginario; en el otro extremo, los ambulantes definen un uso de la calle que, por su intensidad, es original desde mediados de los años noventa. En el arco entre el shopping center y los ambulantes se define la "ciudad de las mercancías".
La ciudad del mercado tiene sus marginales y sus irregulares: el segundo capítulo se ocupa de la "ciudad de los pobres". Aquí me parece necesaria una observación. La etnografía urbana sobre Buenos Aires opta, generalmente, por representar a los pobres a través de sus propios discursos, acompañados de descripciones débiles para evitar un problema clásico: hablar por el otro. No comprende, sin embargo, que esas transcripciones son también una forma de "hablar por el otro", y, además, no siempre la mejor ni la más comprensiva. Al "otro pobre" le sucede lo que al etnógrafo: ni sabe todo lo que dice ni dice todo lo que sabe. En eso, todos los seres somos iguales. La etnografía urbana compite con el periodismo, citado muchas veces como fuente, que ha producido algunos documentos más detallados y vivaces, más próximos y perceptivos, que los académicos.
El camino que seguí fue el contrario, y lo elegí conscientemente. Durante cuatro años recorrí la ciudad tratando de ver y de escuchar, pero sin apretar las teclas de ningún grabador. Llevaba, cuando llevaba algo, una libretita y una cámara digital, y tomaba centenares de fotografías, algunas de las cuales se publican acá sin epígrafes. Me propuse un conocimiento visual de algunas manifestaciones evidentes de la nueva pobreza, confiada en la potencia significativa de los pormenores. Christine Buci-Glucksmann dijo que la captación precisa de un "barroquismo de superficie" puede permitir una especie de mirada de conjunto y, al mismo tiempo, alcanzar "una escritura del detalle, donde el ver y el saber se dan al mismo tiempo".
Desde la misma perspectiva próxima fui a la "ciudad de los extranjeros". En el tercer capítulo sostengo el argumento que, antes, me había ayudado a entender: Buenos Aires fue siempre una ciudad de extranjeros, de inmigrantes llegados de cerca o de lejos: hoy los sudamericanos, los argentinos de las provincias y los asiáticos; ayer los europeos. Traté de hacer preguntas que pusieran en relación estas ciudades de extranjeros diferentes. Traté, sobre todo, de no sucumbir a la superstición de atribuir cualquiera de sus actos a la construcción deliberada de una identidad. Esos actos, esos barrios, esas festividades, esas ferias son signos en flotación que coagulan, se consolidan, pero también se dispersan; son formas de la vida cotidiana que no están constantemente machacando sobre la identidad como si los extranjeros y los pobres vivieran en un ininterrumpido proceso identitario, como si fueran distintos a nosotros, como si la identidad en ellos no fuera, al igual que la nuestra, una intermitencia. Incluso cuando son discriminados, estigmatizados por el racismo, su identidad no es un compacto sino un medio subjetivo fluido, en el que interviene centralmente la lengua. La "ciudad de los extranjeros" es verdaderamente polifónica y poligráfica; traté de ubicarme en ella desde la perspectiva de los nuevos migrantes, que no hablan el castellano del Río de la Plata, y retrocedí hacia la literatura escrita en el primer tercio del siglo XX para ver cómo sonaban entonces otras polifonías.
Aunque la literatura está en todo el libro, el cuarto capítulo trabaja especialmente con fragmentos de narraciones y poemas; también con pinturas y fotografías. Busqué no sólo representaciones de Buenos Aires, sino ideas y modelos de ciudad, formas que hicieron visible la ciudad en la obra de algunos artistas; trabajé sobre textos que muestran el amor a la ciudad y otros que la rechazan o no la entienden. También me pregunté cuáles son las materias que la literatura o la pintura descubren en la ciudad: de qué está hecha la ciudad del arte y cuáles son los objetos, los edificios, las mercancías con los que establece un contacto fuerte, ese punto crucial de una obra que parece tocar aquello que está fuera de ella.
El último capítulo analiza también imágenes de ciudad y, más precisamente, de la más actual. Las preguntas se refieren a los modelos culturales que se construyen en una ciudad para transmitirlos a sus propios habitantes y a los visitantes. No ¿cuál es la identidad de esta ciudad?, lo que es innecesario o imposible responder, sino ¿qué identidad dice esta ciudad que es la suya para convencer a otros y convencerse a sí misma? La "originalidad", la "personalidad", la "peculiaridad" tal como aparecen en los discursos del turismo o en aquellos que los porteños articulan y consumen sobre barrios culturales, como Palermo, o ciberciudades desmaterializadas.
Cuando releí los originales no me sorprendió que, ya en el último tramo de una vida extensa como la mía, fueran tan evidentes las primeras deudas contraídas. No habría escrito lo que escribí si no hubiera leído a Roland Barthes, si no siguiera leyéndolo. Una mínima parte de la felicidad intelectual que produce Barthes es la que desearía para los lectores de este libro.
La ciudad de las mercancías
Liniers. Fotografía . Las carpas de los ambulantes están armadas sobre las alcantarillas de las calles que rodean la iglesia de San Cayetano. Una guarda de objetos acompaña a los fieles y, para decirlo con una frase hecha pero verdadera, les endulza la espera. No son una distracción comercial ajena a las devociones, sino que permiten recordar ese momento durante el resto del año: la piedra que se trae del camino recorrido en peregrinación hacia el lugar sagrado.
En los mostradores de los ambulantes que rodean la iglesia, la exuberancia proviene de cada pieza y del conjunto intrincado que forman al amontonarse. Como esas casitas alpinas de tejas encerradas en una bola de cristal sobre las que cae nieve si se las agita, los souvenirs santos son alegres, hogareños, familiares. Adornos para poner sobre una repisa, una vez que se los ha retirado de la exhibición en la calle, donde forman un conjunto colorido y un poco bizarro. Ojos de cristal plástico habitados por el santo, la Virgen o Jesucristo: en la calle todo, hasta un pisapapeles de San Cayetano-con-niño, muestra su lado escenográfico. La calle es espectáculo aun para los objetos más banales.
En las esquinas, montones de tachos carcomidos por el fuego encierran restos del carbón que se encendió de noche para cortar el frío. Dentro de las carpas, pilas de mantas, mochilas, abrigos, trapos, cacerolas, bidones, termos. Es una peregrinación estática, que no avanza junto con los fieles; desde el principio ocupa el mismo lugar. La doble línea de fieles y de puestos de venta parece un largo mural de cortejo religioso que remata en el atrio. En agosto, para las fiestas de San Cayetano, debajo de los mostradores callejeros, los vendedores acampan. Un chico duerme; la combinación de colores de su refugio es espléndida, y la masa de pelo lacio castaño claro que emerge de la manta le da una especie de estilo publicitario. Advertising espontáneo, como si todo fuera producido siguiendo un estilo, aunque sea la mirada la que atribuye estilo a algo que fue dispuesto por la casualidad. La manta roja tiene una textura lineal geométrica, que sólo se percibe desde muy cerca; la manta amarilla es más esponjosa y blanda; la manta a cuadros, convencional. En realidad, la roja y la amarilla no son mantas sino piezas de tela, paños de una cortina, quién sabe. Sujetas a los parantes de hierro del puesto, colgando de ellos, las dos piezas han sido colocadas como si se tratara de una españolada. Sin embargo, es imposible que haya existido esa deliberación previa. Se descubre una intención decorativa donde sólo operó el azar: en el encuentro imprevisto de dos rectángulos de tela sobre los que, como en una hamaca paraguaya, un chico duerme en la calle, a pleno día, debajo del puesto donde se venden chucherías religiosas, en las cercanías de una iglesia.
El hecho de que la combinación de las telas sea la de la bandera española agrega algo: una especie de absurda gitanería, aunque se sabe que los gitanos no tienen esa bandera; algo de lo ambulante del toreo y de la danza, una especie de mito Hollywood o mito Merimée de España. Lo cierto es que al ver el rojo y el amarillo pegados uno con el otro es difícil desechar la evocación de una bandera. Prueba de que cualquier cosa queda librada a una significación invasora que captura todo: los colores, las texturas, su combinación colgante y a la vez flotante en el espacio. [...]
La ciudad de los pobres
Terrazas. En la esquina de Carabobo y Castañares hay una casa de cuatro pisos; al principio fue sólo una planta baja que luego creció hacia arriba con capas de diferentes dimensiones horizontales y verticales: la casa se hace más angosta a medida que asciende, pero no de modo regular, sino torciéndose o, mejor dicho, evitando la coincidencia aplomada de sus pisos y techos, pero también retrocediendo respecto de la línea de edificación de la planta baja, como si, en medio del desorden de planos, estuviera, a su modo, ajustándose a una ordenanza municipal cubista.
La casa tampoco es afín a las calles que se cruzan desde la avenida Eva Perón por Carabobo. Podría estar en la circunferencia de la Villa de Retiro o de la 1-11-14 (la más grande de la ciudad) o en la mejor zona de un barrio-villa consolidado. Los tres pisos construidos son irregulares, a medias revocados, con ventanas sin marcos y terrazas sin barandas pero con macetas y ropa tendida, parrillas de hierro, banquitos y reposeras. Todo exhibe, crudamente, con el aire confiado de lo natural en expansión, una especie de precaria monstruosidad destinada a permanecer, ya que la construcción es de material y está allí para quedarse.
Lo precario es efecto de su carácter inconcluso, pero no de una inconclusión que mañana dejará de serlo, sino de una inconclusión definitiva. Así impresionan todas las construcciones precarias, en chapa, madera, cartón, plástico. Pero cuando lo inconcluso es de ladrillo, la cualidad de lo no terminado contradice las propiedades de las materias sólidas que entran en su composición. Recuerdo una frase: "las casas de los pobres siempre están construyéndose" (palabras de un militante político para explicar su ausencia en las movilizaciones). Es cierto: no hay final de obra, aunque después de techar se haga un asado, se plante una antena o un trapo rojo de la buena suerte en la cruz del techo.
La casa de pisos de la avenida Castañares sostiene su incompletitud como rasgo estructural. La planta baja, que es lo único terminado, pierde toda presencia frente al avance en alto de las construcciones inconclusas pero habitadas, como si fuera sólo un basamento que debe pasar desapercibido, que no tiene prerrogativas para ser ostensible o enturbiar la esencia de lo incompleto que se manifiesta en los pisos superiores. Arriba del último piso, en el techo, bolsas de cemento anuncian que la casa todavía no ha parado de crecer.
Vendrá otro piso, otro techo-terraza donde se tenderá más ropa lavada (sábanas, sábanas) y se acumularán marcos de puertas y ventanas, cosas útiles para futuras ampliaciones, cosas que también indican que nada puede ser tomado como definitivo.
En la planta baja de la casa incompleta hay un negocio de zapatillas y un quiosco donde se vende comida. Esos dos locales no comparten la cualidad esencial de la casa, porque están terminados y funcionando, como si sobre el suelo la casa perdiera sus rasgos más representativos que sólo existen en altura.
El uso de un tiempo de construcción virtualmente ilimitado se articula con la idea de medios siempre insuficientes, ya se trate de medios técnicos, saberes faltantes o recursos materiales escasos. Y también de necesidades siempre en expansión. Nunca alcanza nada y por eso la casa siempre debe ser potencialmente ampliable. Lejos de que la falta de recursos obligue a terminarla, ella conduce al contradictorio estado permanente de transición entre un piso que no se acaba y el siguiente que ya está comenzando. [...]
Extraños en la ciudad
Especias y hechizos . La mujer vende hechizos, piedras blancas, grises y negras, té, pomadas en esas cajitas redondas de colores que se compran también en los puestos callejeros de verdura por toda la ciudad. Con voz dulce, mientras entretiene a su hija, explica: "Este hechizo limpia todo; primero hay que hacer un té grande con las hierbas y mojarse todo el cuerpo. Después, con la ayuda de alguien, hay que trazar una cruz en el piso con el agua que queda. Y se limpia todo. Cuesta 14 pesos". Quien la escucha va a volver la semana que viene a comprarlo.
A nadie le importa que yo tome algunas fotos. Bidones de plástico llenos de jugo de frutas secas, pelones o ciruelas, rosquitas, buñuelos y "salteñas", esas empanadas más grandes, más jugosas, con más cebolla de verdeo que las pampeanas. La mercancía no está acomodada en el piso, como en las calles de otros barrios de Buenos Aires, sino que desborda en ríos sólidos, glaciares vegetales, desde el interior de los locales hacia la vereda. Geométricamente apilada, como en Cochabamba y en Oruro, en La Quiaca y en los comercios bolivianos de Jujuy. Las frutas y verduras no están encajonadas pero tampoco se dispersan por cualquier parte, sino que se muestran disciplinadas en sus montículos.
A esta altura, nadie puede asombrarse demasiado con las pirámides de yuca o los mangos, los ajíes picantes o las bolsitas de condimentos. Las bolivianas hace mucho tiempo que los venden por todas partes y, en el ciclo de la moda que atraviesa los gustos alimenticios, así como ya le tocó salir a la superficie a la comida peruana, en cualquier momento las especias bolivianas se van a convertir en un bien buscado por jóvenes cocineros profesionales que hicieron su aprendizaje en Barcelona.
En pleno centro de Liniers, la calle José León Suárez, a partir del cruce con Ramón Falcón, no es un caos, ni un volcán de olores exóticos, ni una montaña de mugre. Las mercancías llegan hasta la vereda desde los fondos de negocios establecidos, con caja registradora. La gente que va y viene llena la calle, pero en materia de ambulantes, en esta feria boliviana hay muchos menos que en unos pocos metros cuadrados de Recoleta o Parque Centenario.
Palitos, cubitos, triangulitos, bolitas de masa porosa de todos los colores, en grandes bolsas de plástico apiladas en una cantidad que hace suponer la magnitud de la venta; hay más de estas bolsas que de cualquier otra cosa. Lo salado se une, de modo inhabitual, a lo multicolor: esos bocaditos de masa horneada (grasa, harina, queso, sal) tienen los colores de las grajeas de chocolate y de los caramelos de fiesta infantil. Lo salado y lo colorido se sintetizan también en las bolsitas plásticas rellenas de especias picantes, en los ramitos de ajíes y locotos. Las veredas de los negocios son un cotillón desbordado sobre el espacio donde caminan sus clientes. Redondas galletas blancas y fucsias, entre envases transparentes de maníes, pasas y papas fritas, limones, florcitas con un botón amarillo, aterciopelado, en el centro; raíces y harina de jengibre, retamas, grandes vainas verdes, porotos, lentejas, nueces, atados límpidos y montones crujientes.
Alcancías de cerámica con forma de chancho por todas partes, decoraciones para tortas de cumpleaños, souvenirs con los colores bolivianos para entregar a los invitados a una fiesta. Todo en grandes cantidades, con la marca de la fabricación industrial, muy lejos de la pretensión de una artesanía trucha que se ve en otros barrios. En la última esquina de la feria, ocupada por un local de pasajes a Bolivia, giros a Bolivia y cambio de divisas, todo rematado por carteles con los colores de la bandera boliviana, una mujer vieja, con una trenza que le cae sobre el hombro, vende cacharros y cacharritos de barro, probablemente comprados al por mayor, que sostienen todavía la idea de lo artesanal, de algo hecho directamente por las manos de un habilidoso.
Negocios de abalorios: ristras de cascabeles de latón y ristras de ajos, animales de peluche, osos amarillos con cintas rojas y verdes, miniaturas en falsos cristalitos plásticos, muñecas con sombreros de todas las regiones de Bolivia. Hay brillos y una alegría expansiva en esos estantes donde se apila lo que sería una pesadilla cursi si, al mismo tiempo, no fuera una promesa de abundancia y riqueza, la imagen de que esos objetos son la alegoría de un decoro hogareño hecho posible por un plus económico que permite un gasto que huye de la necesidad. Un maniquí viste un disfraz, enclaustrado entre dos animales gigantescos que repiten el color amarillo. Todo reluce, ordenado y envuelto en plástico, como esa muñeca, una especie de barbie morocha y redondita, con su sombrero blanco festoneado con alamares dorados.
En un galpón decorado con un mural sincrético de Santa Rosa de Lima (¿esa santa peruana donada por quienes construyeron el tinglado es una ofrenda de buena vecindad entre migrantes?) y la Virgen de Copacabana, flanqueadas por la Virgen de Luján y San Cayetano, se vende ropa de marcas desconocidas e imitaciones. Suena la cumbia. Enfrente, en una galería, el menú del restaurante del primer piso ofrece la lista completa de la cocina altiplánica. También suena la cumbia. A la calle, dos restaurantes (Jamuy y la Salteñería), música pop tropical y pilas de pan redondo. En los televisores de todos los negocios se pasan imágenes de cantantes pop bolivianos. Campo de celebridades ampliado.
No hay olor a grasa ni a fritura, el aire tiene rachas de perfumes vegetales y de especias, rachas de música, rachas de español sibilante. Casas de viajes y de cambio. En una de ellas, leo: "Con la compra de tu pasaje a la Quiaca, Villazón, Santa Cruz, Pocitos, Jujuy y Salta te regalamos: 1 empanada y 1 jugo mocochinche". Me quedo pensando en la palabra "mocochinche". Campo lexical ampliado.
En las esquinas me entregan tarjetitas, que agradezco y conservo. Don Amadeo, hechicero del amor, trabajos infalibles para el amor con el embrujo chamánico indio. Doña Clara, tarot indígena, lectura de hojas sagradas, rezandera indígena hechicera. Doña Dora te hace ver el nombre del amante de tu pareja; limpieza y florecimiento de casas, negocios y talleres. El aborigen indígena Yatiri, consejero psicoespiritual, divorcios, celos, infidelidades, ceremonias y rituales andinos. Hermano Juan Domingo, maestro indígena, consejero, rezandero. Como los tarotistas y lectores del porvenir en la palma de las manos que trabajan en Recoleta.
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