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El mal existe. Claro que existe. Pero si no siempre sabemos definirlo, y mucho menos identificarlo, quizá sea porque con frecuencia, pese a ser trágico, no es serio. Esta es una certeza que se nos muestra con claridad al detenernos en el nacimiento del mal, de cualquier mal. Ahí, cuando las atrocidades aún no han estallado, cuando los nombres que las protagonizan aún pueden ser pronunciados sin un temblor de labios, es cuando vemos hasta qué punto el terror puede nacer de los personajes y las historias más delirantes, caprichosos y esperpénticos.

