
La conducta deliberada de apoderarse de trabajos ajenos
Confusión: en todas las épocas el plagio ha sido condenado por la moral y la Justicia, pero reemplazado por términos como imitación, desmemoria, coincidencia.
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Confusión: en todas las épocas el plagio ha sido condenado por la moral y la Justicia, pero reemplazado por términos como imitación, desmemoria, coincidencia.
Hasta el siglo I d.C. la palabra plagium significó en Roma el secuestro violento de una persona. Más adelante Marcial, en sus Epigramas, extendió el significado al plagio literario "que fue un robo, no ya violento, sino taimado, escondido y subrepticio", relata Anderson Imbert en "Mentiras y mentirosos en el mundo de las letras".
"Un deliberado delito que consiste en apoderarse de un trabajo ajeno reproduciéndolo palabra por palabra, en parte o en su totalidad", dice concluyente.
Jean Giraudoux, más discreto, sostiene que el plagio es la base de todas las literaturas "excepto de la primera, que por otra parte es desconocida."
El plagio de obras literarias no sólo es un delito antiguo, sino también muy variado y con un costado que permite la injerencia del psicoanálisis. El plagiario quiere ser otro, aunque no totalmente, no hasta el punto de perderse la gloria que pretende para sí mismo.
Plagio al revés
En nuestra época, quizás el caso más curioso fue el del plagio al revés, del que La Nación dio cuenta en su edición de 29 de diciembre de 1995. Protagonista involuntario resultó el escritor uruguayo Eduardo Galeano ("Las venas abiertas de América Latina") al aparecer firmando el prólogo de un extenso reportaje a Gabriel García Márquez. Su ignoto autor, Nahuel Maciel, invirtió la modalidad habitual: en lugar de tomar como propio algo ajeno, adjudicó a otro lo que era propio, por supuesto con sostenidos elogios respecto de su obra. Para colmo, Galeano aborrece los prólogos.
Pero, en términos más ortodoxos, no hay nada nuevo bajo el sol. William Shakespeare fue acusado de plagiar a los clásicos griegos, cuando no se atribuyó la excelencia de su pluma (de ganso) al talento usurpado de Walter Raleigh o Francis Bacon, y hasta de su mujer, Mary Hathaway. "Un hombre de origen tan vulgar no puede haber escrito así", fue el argumento cuestionador de unos cuantos expertos.
Luigi Zamponi compareció en 1889 ante la Corte veneciana para explicar el robo de trozos de Torcuato Tasso ("La Jerusalén liberada"). La réplica de Zamponi hizo que los jueces se miraran entre sí, medio confundidos: "Yo no he plagiado. Tomé prestadas escenas de il signore Tasso y las mejoré a mi leal saber y entender".
Esta de la apropiación, con modificaciones mejoradoras, es una variante que pone al plagio en una categoría tan problemática como especulativa. Por ejemplo, le hace opinar al escritor español Juan Valera (1824-1905): "Entendido de este modo, el plagio rara vez es mortal y, en no pocas ocasiones, se torna acto benéfico y laudable".
Con mayor gracia aún, otro plumífero de origen hispano, Juan Nicasio Gallego (1777- 1853) llega a aprobar el plagio si el apropiador cumple una curiosa exigencia: "Respecto de numerosas obras, el robo sólo será lícito si va acompañado del asesinato". Más curioso todavía si se tiene en cuenta que Gallego, además de escritor y poseedor de un apreciable sentido del humor, era sacerdote franciscano.
El mismo T. S. Eliot se ha visto incluido en el catálogo de plagiadores célebres, aunque con el inusual mérito de haber confesado que "únicamente he optado por tomar párrafos de Dante Alighieri, Virgilio y algunos poetas isabelinos, como Ford o Marlowe". Claro que el autor de "Tierra yerma" agregaba algo de la explicación del veneciano Zamponi: "Sólo he utilizado elementos aislados, a veces una frase de tres palabras, que sirvieran de oportuno soporte a un verso".
Ahora bien, sería temerario pensar que esto de plagiar libros, total o parcialmente, es para cualquiera. No sólo se necesita estar más allá del bien y del mal (frase tomada de una obra de Nietzche) como para carecer de prejuicios y de escrúpulos. Hará falta, además, ser un ratón de biblioteca, tener buen gusto, estar al día en materia de lo que es vendible y, sobre todo -si se es descubierto-, echar mano a alguna justificación válida. Jamás aquellas del tipo: "Debe ser mera coincidencia".
Es cierto que en todas las épocas el plagio ha sido condenado y disculpado. Condenado por la moral y la Justicia; disculpado con términos sofisticados, como los que examina Anderson Imbert en el libro citado: "En vez de llamar plagio al plagio se lo confunde adrede con otros términos: imitación, desmemoria, reminiscencia, retoques, transformación, préstamos, variaciones, emulación, coincidencia, mejoras, continuación, parodia,amplificación, adaptación, afinidad, contaminación, intertextualidad... accidente tipográfico que omitió comillas en la impresión de un manuscrito o percance en una memoria parcialmente obliterada por una distracción."
Los límites del buen juicio
NUEVA JERSEY.- No hay oficio más inhóspito que el de jurado literario. Consume largas horas de lecturas desdichadas -de las que rara vez se sale con el paladar indemne-; suscita resentimientos tan innumerables como escasas voces de aprobación y a la vez, es siempre, -o casi siempre- un servicio no remunerado.
No hay ejercicio más fácil que escarnecer a un jurado dándole a leer aviesamente un texto ajeno, porque nadie tiene en la memoria todo lo que se ha escrito en el mundo y, si lo tuviera, sería un personaje monstruoso, indigno de juzgar nada.
Se sabe que no hay -no podría haber- jurados infalibles. Para actuar con cierta eficacia en un certamen literario se requiere una infinita fe en la literatura, una honestidad indoblegable y vastas lecturas previas que ayuden a elegir entre dos textos igualmente buenos. Pero ni aun esas cualidades salvan a los jurados de la eventual indecencia o audacia de los concursantes. Borges, que sirvió como juez en muchos certámenes de este diario, contó en la George Mason University que en una ocasión estuvo a punto de premiar a un señor que había presentado como propios dos relatos de Bioy Casares ("Todos los hombres son iguales" y "Todas las mujeres son iguales", incluidos en "Guirnalda con amores"), y evitó el desliz cuando José Bianco o Enrique Pezzoni -ya no recuerdo quién- reconocieron al verdadero autor. "Conocía los argumentos, pero había olvidado las palabras -dijo Borges-. Pensé que una persona capaz de contar tan bien una historia merecía ser premiada. No se me cruzó por la cabeza la idea de un plagio, que es el otro nombre de la haraganería".
Hay relatos tan vinculados con la especie humana que son copiados infinitamente. Nadie, sin embargo, tiene la ingenuidad -o la estupidez- de hacerlo al pie de la letra. James Cameron repite en su película "Titanic" la historia de Romeo y Julieta que Shakespeare tomó, a su vez, de una de las "nouvelles" de Matteo Bandello y éste, del "Novellino" de Masuccio de Salerno. Tampoco el argumento de "Dos imágenes en un estanque" es de Papini. Su origen está en una rara novela de 1779, "Geschichte des Herrn von Morgenthau" ("Historia del señor de Morgenthau"), escrita por el alemán Johann Heinrich Jung-Stilling.
En el prólogo de la Biblioteca Personal consagrado a Papini, Borges declara que su cuento "El otro" repite, de algún modo, la fábula que el autor italiano tomó de su precursor alemán. Las bibliotecas son infinitas y nadie sabe ya de quién es cada página, a menos que se trate de páginas o de sentencias idénticas. Es decir, de plagios.
Resucitar un argumento no es -por supuesto- lo mismo que plagiar. En la literatura no hay otra brújula que la decencia. Pero tampoco hay impostura que permanezca impune para siempre. Los jurados son seres indefensos, finitos, falibles, pero el lector nunca lo es. Los audaces que olvidan la omnipotencia (y omnipresencia) del lector terminan siempre cayendo en el ridículo, que es un infierno del que nadie regresa.
"Me indignó"
"Me produjo gran indignación. Vivimos en un país sacudido por los actos de corrupción, pero jamás pensé que también la cultura se iba a ver invadida por aquéllos", dijo Jorge Martín.
"Acostumbro a dejar como última lectura la del Suplemento Cultura, precisamente porque es la sección que más me interesa. Sin embargo, el domingo anterior empecé por ahí, leyendo "La ilusión que se escurre". No lo podía creer: era el cuento de Papini, de quien he leído unos doce libros -relató-. Así que decidí llamarlos y hacérselos saber. Creo que esto es el colmo".
"A Papini lo leí en mi adolescencia -dijo-. Es un pensamiento fuerte y una personalidad compleja."
Martín -el mayor de cuatro hermanos, cuyo padre es un médico neurólogo- se reveló como un gran lector. Mencionó, entre sus preferencias, a Henrik Ibsen, Albert Camus, Leon Tolstoi, Hermann Hesse, Fedor Dostoievsky, entre muchos más-, y dijo que prepara una tesis sobre Henri Bergson.
"Las tesis también se plagian. Ocurre hasta en países desarrollados. Te roban el texto, le cambian el nombre del autor y la presentan como propia."
Martín piensa dedicarse a la docencia y la investigación. Y no descuida el deporte: juega al tenis dos o tres veces por semana.
Le preguntamos qué efecto espera de su denuncia. "Una repercusión positiva. La mayor posible. Esto no puede volver a ocurrir", concluyó.


