
La escritura urgente
María Vázquez -María Marie, tal el nombre que había adoptado en Twitter- fue narrando durante los últimos ocho meses y con ciento cuarenta caracteres las idas y venidas del deterioro al que la condenó un cáncer. Hubo algo inédito en su admirable aventura: ese diario telegráfico fue un diario público y, de inmediato, interactivo. Lo lacrimógeno no era parte de su repertorio. Su desparpajo humorístico y sus cáusticos estiletazos sorprendieron a sus corresponsales virtuales más compasivos. El fenómeno que suscitó en las redes sociales no sólo muestra los cambios de hábitos asociados a la tecnología (coartada operativa que a veces oculta el bosque), sino cómo en ellos anidan, reformuladas, actitudes mucho más fundamentales, como el acto visceral de valerse de las palabras.
Es perfectamente trivial hablar de literatura, aunque sí conviene considerar a María Marie escritora, ese ambiguo estatus del que todos participamos en potencia. En todo caso, comparte con algunos autores que escribieron su propio adiós una idiosincrasia. También ellos se despojaron de toda solemnidad, de cualquier flirteo con el porvenir, como si lo escrito (mucho antes de artilugios instantáneos como Twitter), al registrar la supervivencia cotidiana, mantuviera la tibieza de lo urgente.
Hervé Guibert (1955-1991) es uno de esos casos también estremecedores. El escritor y fotógrafo francés fue uno de los primeros en abordar con toda franqueza su enfermedad (el HIV) en novelas como Al amigo que no me salvó la vida (detrás de Muzil, uno de sus personajes, se esconde Michel Foucault, a cuyo círculo de amigos pertenecía el joven Guibert) y El protocolo compasivo, donde fue lidiando con la debilidad de su cuerpo. Pero ése es el resto, la literatura. Ya hospitalizado, no dejó de escribir. En Citomegalovirus, no predomina el humor sino la sorpresa del decaimiento, entre visitas de amigos o las perfusiones a las que es sometido mientras busca por la ventana nubes que recuerden un cielo de Turner o se enamora del muchacho de los termómetros.
Las anotaciones últimas se leen por lo general con ánimo lúgubre (seguramente porque nos recuerden nuestra inevitable mortalidad) y, sin embargo, su espíritu de fondo se opone a lo funerario. Ocurre con Guibert y, mucho más, con las sintéticas entregas de María Marie. No son despedidas: son jirones de lo vivo. Enrique Lihn, uno de los grandes poetas chilenos y latinoamericanos, también conservó un cuaderno hospitalario hasta los últimos días, donde no cesó de escribir (los versos se recolectaron en el inolvidable Diario de muerte). Uno de ellos podría ser -y en ese sentido lo reproducimos, como homenaje- la divisa de cualquier despedida: "La muerte es un buen amigo común/ que te ha traído a mí con sencillez/ cuento con la seguridad de tu compañía/ y el regalo de tus cuidados/ tanto o mejor que en los buenos tiempos/ te despreocupa no ser ya la única/ no por indiferencia sino por amor/ que en personas como tú crece después de extenuarse/ hasta ser nada más que un incansable/ acto de generosidad".




