La escritura y la muerte
A partir de una conspiración religiosa durante los años previos a la Revolución Francesa, Pablo De Santis construye, en El calígrafo de Voltaire (Seix Barral), un relato que juega a ser histórico pero es en realidad un policial marcado por la especulación intelectual y las utopías de la ciencia ficción. En un clima asfixiante y cerrado, entre tintas, plumas y mensajes secretos, el reconocido autor de Filosofía y Letras imagina el costado maligno del pacífico acto de escribir
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Con similar preocupación filosófica y parecida curiosidad para indagar sobre los mecanismos secretos del mundo y de los hombres, otro escritor tal vez hubiera llegado a la novela de ideas, a un gran texto de reflexión. En Pablo De Santis, la indagación intelectual asume siempre la forma de un policial afiebrado, atravesado por urgencias metafísicas y por las utopías de la ciencia ficción, en el que el detective se enfrenta a un enigma que puede tener una apariencia menor pero que siempre termina llevando al lector ante la trama misma del universo. En el calígrafo de Voltaire (Seix Barral), novela que llegará a las librerías en esta semana y que ya fue publicada en España, no hay un enigma excluyente sino una sucesión de misterios desencadenada por un hecho inicial, una conspiración religiosa, que pone en funcionamiento la prodigiosa maquinaria narrativa de De Santis y el aluvión de su imaginación proveedora, a partir de ese conflicto inicial, de una espiral de nuevos desafíos y enigmas cada vez más hondos y siniestros.
Dalessius es aceptado como calígrafo en Ferney, el castillo en el que Voltaire vivía retirado después de haber sido expulsado de París por el rey. Su ilustre patrón le encomienda una tarea delicada: viajar a Toulouse para averiguar por qué el tribunal del Languedoc prepara la ejecución del protestante Jean Calas, acusado de haber asesinado a su propio hijo que iba a convertirse al catolicismo. A partir de ese hecho real -Calas fue colgado en 1762 y fue Voltaire quien revisó el juicio y demostró la inocencia del comerciante injustamente ejecutado-, De Santis construye una narración que juega a ser un relato histórico -episodios y personajes reales confundidos en la marea de lo inventado-, y en el que la Historia va a funcionar casi siempre como telón de fondo, como decorado. Años después, calígrafo en el cabildo de una aldea barrosa al otro lado del océano, Dalessius mira el corazón de Voltaire conservado en un frasco de vidrio y rememora lo sucedido.
Hasta ahora, las novelas de Pablo de Santis se habían ajustado a su entorno y su época. ¿Por qué este salto al pasado? "En general, el tiempo más desconocido es siempre el que nos toca vivir, y así debió de ocurrirle a este pobre calígrafo -dice De Santis durante la entrevista con LA NACION-. De las otras épocas tenemos resúmenes, libros de historia y cuadros sinópticos, pero de la nuestra sólo nos queda un caos de hechos y de sombras. Traté de ser fiel a los intereses del personaje, que por carácter y profesión está más atento a los papeles, las tintas, las ilustraciones y las tipografías de la época que a los acontecimientos históricos. " Hace muchos años que De Santis escribe un libro que se llama Los calígrafos en el que da rienda suelta a toda clase de historias vinculadas de algún modo con la caligrafía. Nunca apareció como libro, pero algunos relatos fueron publicados en revistas y antologías. Esta novela tiene su origen en esas páginas. "Me gustan mucho los instrumentos de caligrafía, y en una época dibujaba mucho, siempre con pluma y usando tres colores, rojo, azul y amarillo. Quizás en estas figuras de calígrafos aparece un poco mi admiración por Max Cachimba, un dibujante con el que hicimos historietas durante años y que siempre fue para mí la imagen del artista en estado puro. Quizás lo que vinculó esta cuestión de la caligrafía con Voltaire es el hecho de haber visto en un libro de imágenes sobre Kafka un cuadro que le gustaba mucho al escritor, y que mostraba a un Voltaire ya anciano, saltando de la cama con un largo camisón, mientras dictaba a su secretario las primeras frases del día. En la pintura contrastan la alegría de Voltaire con la aplicación escolar del secretario, como si fueran las dos caras de un mismo escritor."
En la figura de este calígrafo, amante de las plumas y las tintas, instrumento muchas veces de una intriga que no alcanza a comprender en su totalidad, De Santis condensó algunos de sus temas dilectos: el acto de escribir, la lectura, la interpretación de un mensaje. "Siempre me gustaron las fantasías acerca de los escritores, acerca del mundo de los libros. No hay nada más aburrido que una persona escribiendo. Las películas sobre pintores muestran al artista frente a su tela, con los pinceles y en pleno éxtasis creativo; cuando se trata de un músico, la imagen también es atractiva, el hombre ejecutando su instrumento, por ejemplo, o dirigiendo una orquesta. Pero cuando quieren hacer una película sobre un escritor, es tan poco expresivo el acto de escribir, tan poco cinematográfico, que se termina filmando el momento en que el escritor no puede escribir y rompe todos sus papeles. No hay nada más inofensivo que el acto de escribir, por eso me resultaba atractivo buscarle un costado maligno y, a través de tintas envenenadas y plumas usadas para matar, sugerir el poder mortífero de la palabra, proponer una forma extrema de la escritura."
A diferencia de las novelas anteriores en las que la acción se desarrollaba en lugares precisos, de enorme gravitación en el desarrollo de la trama -el hotel del Faro en La traducción, el edificio en ruinas de la facultad en Filosofía y Letras , el hospital en El teatro de la memoria -, en ésta hay viajes entre ciudades, distintos escenarios, persecuciones, a la manera de un relato de aventuras, pero siempre en un clima enrarecido y asfixiante. A ese enrarecimiento contribuyen oscuras salas de caligrafía en las que a veces la tinta ha sido reemplazada por sangre, coches de tránsito nocturno que llevan ataúdes con vivos y con muertos, una mujer condenada a la quietud y al silencio por un padre que juega a ser Dios creando autómatas -réplicas casi perfectas de la vida humana-, un calígrafo que mata con su pluma, mujeres que ofrecen su cuerpo como vehículo de mensajes secretos, un verdugo quebrado desde el día en que reconoció, entre las cabezas que acababa de cortar, los ojos de su propio padre.
"Cuando escribo una novela -explica De Santis-, uno de los problemas fundamentales para mí es encerrar el argumento. No preciso que ese encierro sea literal, pero sí que haya cierta cerrazón simbólica, porque así las palabras resuenan de otra manera. En un texto tiene que haber alguna especie de eco. Traté de que la época funcionara no como un tiempo sino como un espacio cerrado. El protagonista viaja de una ciudad a otra, pero todo está dentro del mismo clima de encierro o detrás del mismo telón. Quizás yo esté demasiado marcado por el género gótico, y por eso pienso en fortalezas cuando escribo: la fortaleza Bastiani, en El desierto de los tártaros , de Dino Buzzati; los castillos de Bram Stoker y de Kafka. Escribir una novela es construir un castillo."
No es difícil percibir en el imaginario de esta novela la huella de El nombre de la rosa , de Umberto Eco, el fervor de Borges y de Bioy por hacer del intelectual un detective que husmea en el orden del mundo, la marca de Philip Dick en la matriz fantástica de algunos personajes. "El cruce de géneros ocupa un lugar central en la literatura argentina. Eso no ocurre con casi ninguna otra literatura, ni siquiera la norteamericana, al menos en sus ensayos y enciclopedias, ya que jamás ponen entre sus grandes escritores a Raymond Chandler o Philip Dick, mientras le reservan un lugar de prestigio a nombres olvidables. Me encanta la novela policial, especialmente en sus versiones más excéntricas. En general se da por sentado que hay dos grandes corrientes: el policial inglés -cerebral, matemático, despreocupado de los aspectos sociales- y la novela dura norteamericana. Pero creo que hay una tercera zona confundida con las otras, y es la de la novela policial como pesadilla. Es el relato que busca confundirse con el género gótico. Allí situaría los libros de John Franklin Bardin, Thomas Harris, Frederick Brown, Leo Perutz, y James Ellroy, que es uno de los grandes escritores actuales. Leo Perutz era un escritor muy conocido en la Argentina en los años cuarenta. Inclusive se filmó una película basada en una de sus novelas, Historia de una noche . Borges y Bioy Casares publicaron El maestro del juicio final en el "Séptimo círculo". Sus novelas mezclan la historia con la narrativa policial y el género fantástico. Creo que tuvo una gravitación especial en El calígrafo ... Siempre percibí la novela contemporánea como un caos; la novela policial, en cambio, significa para mí la nostalgia por una forma. Por eso quizás cuando comienzo a escribir, la estructura es la de una novela policial, con un enigma y una investigación. Y aunque elija después otros caminos, cada página de la novela lleva el sello de esa primera aspiración. Un género consiste en una serie de reglas de juego, pero el propósito de la partida no es sólo la aplicación de estas reglas, sino descubrir las leyes escondidas, los límites del juego."
Como en las anteriores novelas de De Santis, si no gana el delirio es porque la infatigable capacidad fabuladora del autor es sometida al rigor de una trama cuyos hilos son controlados con precisión. También el lenguaje controla. No hay desborde; cada palabra funciona como un dique de contención que atempera el ímpetu de su imaginación. En el contexto de esa escritura despojada y concisa, contundente, cada palabra adquiere la rara incandescencia de lo silenciado. Cuando las escenas están cargadas de mayor dramatismo e intensidad, la voz del narrador se vuelve lacónica. "Aprendí a escribir al escribir novelas juveniles. Esa experiencia me enseñó a ser más directo y a ser más sincero, sobre todo, a no dejarme marcar por las modas. Creo que me ayudó a encontrar una escritura mucho más despojada. Al escribir siempre jugamos con las distancias. Por ejemplo, la distancia del presente del narrador con respecto a lo narrado, o el espacio entre el tono y la naturaleza de los hechos. En general hay que mantener un delicado equilibrio entre la peripecia y la escritura: cuando la peripecia domina, la escritura tiende a hacerse invisible, y al revés. Creo que la única salida es considerar a la peripecia como una forma de escritura y a la escritura como una peripecia, para que las cosas funcionen."
No son pocas las alusiones a la actualidad que hay en esta novela anclada en el siglo XVIII. Desde su nuevo puesto en el cabildo de una Buenos Aires colonial, Dalessius, el narrador, impresionado ante lo que describe como un culto profundo a la palabra escrita , describe no sin ironía: Aman las órdenes selladas y firmadas, los papeles que pasan de mano en mano convocando otros papeles, los encargos minuciosos que se hacen a Europa, la lista de las cosas arruinadas durante el viaje. Todo está sellado, y con grandes firmas llenas de arabescos, y es debidamente archivado en muebles que tragan en su desorden a los documentos para siempre. También los inteligentes apuntes sobre la naturaleza de la representación nos interpelan. El teatro está hoy en todas partes, menos en las salas de teatro; las ciudades enteras son los escenarios. "El tema de las ficciones que circulan en las sociedades es un tema apasionante; acaso uno de los grandes temas de la novela del siglo XX -dice De Santis. Y en Argentina hemos sufrido ficciones de toda clase, hasta el punto de que ya dudamos de todo. En un reportaje, allá por los setenta, James Ballard dijo que la misión del escritor no era tanto la de agregar ficciones al mundo como la de despejar el mundo de ficciones".
El calígrafo de Voltaire atrapa de un solo golpe al lector y lo mete sin respiro en la acuciante realidad de los personajes mientras otra historia, subterránea, se dibuja sin estruendos, profunda, bajo la superficie. Los eternos claroscuros de la condición humana suelen ser la figura en el tapiz de ese dibujo.




