La extrañeza de lo cotidiano

Ruth Rendell. Creadora prolífica que llegó a publicar sesenta libros en el curso de su carrera, la novelista británica fallecida el 2 de mayo hizo del género detectivesco un fino y fascinante instrumento de observación sociológica
Ruth Rendell. Creadora prolífica que llegó a publicar sesenta libros en el curso de su carrera, la novelista británica fallecida el 2 de mayo hizo del género detectivesco un fino y fascinante instrumento de observación sociológica
Alicia Borinsky
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15 de mayo de 2015  

Volverá. Va a volver, le dicen los amigos y familares a Rosemary, una mujer abandonada por el marido en la novela de Ruth Rendell, The Girl Next Door (La chica de al lado), publicada el año pasado. Rosemary es un ama de casa excelente que hasta se confecciona la propia ropa con resultados asimétricos y a veces embarazosos. Despechada, intenta matar a Daphne, su rival, en una escena emblemática del mundo de Ruth Rendell. Rosemary debe trasladarse de su barrio a otro más caro para asistir a un encuentro con el marido y su nueva pareja en el departamento que ocupan. Hay allí bebidas alcohólicas, un ambiente sofisticado carente de la domesticidad creada por años de matrimonio. Rosemary y Daphne, entradas en edad, comparten un pasado y saben que sus historias sexuales son diferentes. Daphne era, desde niña, lúbrica, tentadora, atraída por un hombre mayor y por compañeros adolescentes con quienes no restringía los contactos sexuales mientras que Rosemary era la proverbial chica buena.

El lector es invitado a seguir el hilo conductor que explora la división en clases de la sociedad inglesa actual a través de detalles de mobiliario, vestimenta, comida, medios de transporte. El ubicuo gesto rendelliano está allí: las relaciones interpersonales no suceden en el vacío y las íntimas –que incluyen el crimen– orquestan gestos mínimos y objetos cotidianos para enmascarar y develar conflictos. Cuando Alan, el marido de Rosemary, decide regresar a su casa, ella ya ha superado su soledad. Va sola al teatro y, aunque se quede dormida en la función, logra su cometido: emanciparse de su esposo.

El relato parcial de una obra detectivesca de Rendell conduce siempre al examen de la sociedad pero en este caso, reproduce para el lector la pérdida de un hombre, el inspector Wexford, presente en casi todas las otras. Su jubilación, en esta novela, suscita un cambio al incorporar a una mujer que participa en la investigación para sorpresa de algunos personajes y acaso de ciertos lectores que experimentamos –me cuento entre ellos– la ausencia de Wexford tanto como Rosemary la de su marido.

Nos consolamos muy pronto pero sin dormirnos como ella. Wexford es un personaje entre otros, un detective que crea proyecciones del lector y permite que armemos las historias alternativas que le otorgan simultáneamente papel de investigador y protagonista de una circunstancia independiente: su propia vida.

Ruth Rendell nació el 17 de febrero de 1930 en South Woodford, Essex y murió el 2 de mayo de este año. Fue sorprendentemente prolífica. Publicó sesenta libros en el curso de su carrera, la mayor parte de género detectivesco. En otros, bajo el seudónimo Barbara Vine, explora más abiertamente las motivaciones psicológicas de sus personajes con la ayuda de referencias literarias.

A pesar de haber vivido una infancia y adolescencia desgraciadas de cuyos detalles no le gustaba hablar, logró encontrar trabajo en el periodismo muy joven, a los veintidós años. Se conocen dos conflictos durante sus funciones: el primero cuando inventó un cuarto con fantasmas en una casa que le tocó describir, con la consecuente ira de sus dueños, y el segundo, cuando no fue a la reunión de una asociación de tenis que se suponía había cubierto. Al redactar la nota a partir del texto que había recibido de antemano, omitió lo principal: el discurso había quedado incompleto debido a la súbita muerte del orador. No la despidieron porque se apresuró a presentar su renuncia. Así terminó un temprano capítulo de la leyenda de joven traviesa que, a partir de su reciente deceso, se establece rápidamente en torno a su persona. Se casó dos veces con el mismo hombre y cuando le preguntaban por qué había reincidido contestaba en general con evasivas, aunque llegó a asegurar que la atraía el hecho de que fuera el único con quien podía realizar largos viajes en auto sin pronunciar una palabra.

Rendell era amiga de la otra maestra del género detectivesco, P. D. James, a pesar de las diferencias políticas que las separaban. Ambas fueron nombradas en la House of Lords, Rendell era laborista; P. D. James, conservadora.

La posición política de Rendell es evidente en sus obras. Se desconfía de los ricos, los barrios acomodados, los cosméticos y frecuentemente de quienes están demasiado educados. Como P. D. James, que desarrolló una actividad incesante de promoción de la lectura, Rendell enfatizó el papel iluminador de la literatura. Su uso de epígrafes literarios y de referencias conocidas por lectores escolarizados es un guiño que nos asegura que los misterios del llamado mundo real pueden tener una resolución en el mundo artístico.

Desconfiaba tanto de las clases adineradas como de ciertas formas culturales que aparecen ridiculizadas en sus obras. Entre ellas se cuentan el teatro experimental y la literatura posmoderna. La pareja de una de las hijas del inspector Wexford es un autor cuyas veleidades filosóficas y experimentales representan un peso que el inspector acarrea y comparte con los lectores.

¿Somos tradicionalistas literarios si nos gustan las novelas de género detectivesco? ¿Hay que compartir el desprecio de Wexford por lo posmoderno? Wexford tiene opiniones y gustos que se acercan a los defendidos explícitamente por Ruth Rendell pero es interesante notar que esas afinidades no implicaron que estuviera cerrada al cambio social ya que era feminista y antirracista, militó en contra de la mutilación genital de las mujeres, se manifestó a favor de los derechos de los homosexuales y mantuvo durante décadas una amistad con la autora Jeanette Winterson, con quien bromeaba acerca de sus diferencias estéticas.

En Ruth Rendell conviven la desprolijidad de las experiencias de sus personajes, que transcurren en múltiples contextos interpretados por libros, psicología pop, claves históricas, referencias literarias, chismes con lo opuesto: la obsesión criminal con la desnudez de una idea fija. La densidad rendelliana ha suscitado una serie de televisión en Inglaterra y películas en diversos países hechas por realizadores como Chabrol y Almodóvar.

El mundo doméstico de Wexford, su deseo de bajar de peso, las consultas con el médico, las comidas familiares y las caminatas que se vuelven menos fáciles con el transcurso de los años invitan a una doble proyección. Nos reconocemos en la mediocridad cotidiana y el pasaje del tiempo pero podemos salir y respirar. El mismo universo, el mismo barrio contienen locos, excéntricos, simuladores, seres sospechosamente solitarios o hipócritamente gregarios, mujeres falsamente abnegadas, huérfanos albergados en una arquitectura amenazante. Ruth Rendell recupera para el día de hoy la extrañeza de lo cotidiano y los vasos comunicantes entre la siesta y la muerte.

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