La familia extranjera

Cuatro pinturas de Guillermo Kuitca, de inspiración constructiva, integran el envío argentino a la 52° Bienal de Venecia
Alicia de Arteaga
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10 de junio de 2007  

VENECIA.- Llegar a La Fenice es casi tan fácil como ubicar el puente del Rialto o la Academia. Todo el mundo conoce el divino teatro lírico reconstruido después de un cruel incendio con fondos de benefactores privados globales, incluida la coleccionista argentina Amalia Lacroze de Fortabat. A metros de allí, a tiro de piedra como dicen en el campo, está el Ateneo Veneto, edificio barroco de noble fachada y misterioso interior, donde desde ayer se exhiben las obras de Guillermo Kuitca. Son cuatro trabajos imponentes en los que se reconoce sin ningún esfuerzo de espionaje intelectual la impronta de dos artistas argentinos, por los que Kuitca confiesa veneración: Lucio Fontana y Alfredo Hlito.

No en vano la curadora Inés Katzenstein comienza el prólogo del catálogo -casi una tesis, casi un libro- con una cita de Hlito que dice: "Detrás de una obra, sobre todo si ésta se exhibe, está el deseo de ser ejemplar, y para que la obra sea ejemplar debe negar a su autor de la misma medida en que éste se afirma al producirla."

Frente a la decisión de encarar un proyecto para el envío argentino a la Bienal de Venecia, Guillermo Kuitca decidió, en la íntima soledad de su casa de Belgrano R, abrir un nuevo capítulo de su historia de artista, que con tan buena estrella comenzó cuando tenía nueve años. Nadie que conozca su obra, y la deliberada cadena de asociaciones que enhebra una serie con otra en la secuencia transparente y perceptible de sus intereses personales, hubiera imaginado estas cuatro telas de memoria cubista. Solemnes en su soporte de cuero negro -"a la manera de un mueble de Jean Michel Frank", dirá oportuno el consejero y comisiario Sergio Baur- se exhiben recortadas contra al fondo de las pinturas barrocas y sobre el plano minimalista de un piso de madera marrón africano, suspendido a 13 centímetros del piso original, obra de los arquitectos Gustavo Vilarinio y Mateo Eiletz para neutralizar la polución visual que provocaba el damero de mármoles del piso original.

El Ateneo Veneto fue inaugurado en enero de 1812, según un diseño del arquitecto Alessandro Vittoria, para promover las artes, las ciencias y las letras. Este discreto y elegante centro cultural ambientado por pinturas manieristas goza de un reconocido prestigio en La Serenísima, sin contar con la ubicación estratégica. Mérito doble de la directora de Asuntos Culturales de la Cancillería, embajadora Gloria Raquel Bender, el haber encontrado un espacio tan adecuado para utilizar como el pabellón nacional que no tenemos ni tendremos.

Una paradoja más de nuestra errática política cultural, siendo la Argentina el país latinoamericano que tiene más larga historia de envíos nacionales: desde 1901, sin contar los premios obtenidos por Antonio Berni y Julio Le Parc en los gloriosos sesenta. Las ilusiones de tener pabellón están perdidas para siempre porque no queda un espacio libre en los Giardini ni en los Arsenales. El último fue entregado al gobierno chino, que por razones obvias tiene influencia creciente en el ruedo veneciano.

El envío argentino es el resultado de un trabajo a dos voces y a larga distancia. Ocurre que la curadora, la ascendente Inés Katzenstein, que integra el staff del Malba, supo que iba a ser madre poco antes de recibir la confianza de Kuitca y de la Cancillería para encarar el ambicioso proyecto curatorial del artista vivo más cotizado de nuestro país. Inés tuvo su hijo León y gracias a la tecnología y a los buenos oficios del aceitado equipo formado por los arquitectos Vilarinio y Eiletz, los comisarios Baur y Parodi, Sonia Becce y la galería Seperone Westwater, representante de Kuitca en Nueva York, se puso en marcha el proyecto de esta "familia extranjera", según la expresión de la curadora, piloteado desde Buenos Aires.

Estas obras que tienen el ADN del artista, pero que han nacido en otra parte, vienen de otro lugar y es muy probable que tengan descendencia. A los 46 años, con casi todos los éxitos -profesionales y de mercado- que un artista puede añorar, Kuitca ha dado una gran pirueta en el aire sin negar el origen del cambio en estas obras, que re-visitan a Hlito, admirado desde su primera juventud, y a Fontana, con quien comparte a la distancia esa identidad singular de argentino universal. No en vano, a Fontana los catálogos internacionales lo ubican como "italiano, nacido en Rosario".

Siete días atrás, en estas mismas columnas, Marta Nanni, curadora de la muestra Las reglas del juego , selección de obras de Alfredo Hlito en el museo de la Untref, recordaba la obsesión del artista por el plano pictórico, su entrega obsecada, casi irracional, a ciertas reglas del juego propias de la pintura. Resultan reflexiones premonitorias si se contempla la última entrega kuitquiana, solitaria invención de una memoria especular que reivindica la única batalla a la que GK no ha renunciado nunca: el derecho de pintar.

En este caso, la acción está planteada por una multiplicidad de líneas cortas que "dividen dos planos refractados y dan la ilusión de plegado prismático sobre un plano". Invadir la tela con líneas rítmicas, con sombras que anticipan otras sombras de profundidad cubista, repite el gesto congelado por Braque o el ruso Rotchenko.

El envío toma un nombre histórico en la producción de Kuitca para darle a la "familia extranjera" un apellido conocido: Si yo fuera el invierno mismo . Los cuadros, fechados en 2006, inician una serie llamada Desenlace , con las múltiples interpretaciones que la palabra convoca.

Kuitca, hombre discreto por naturaleza, que elude deliberadamente la visibilidad pública, ha vivido en Venecia días de intensa actividad. Sin perder la calma, atento a los detalles mínimos y múltiples que hacen de un proyecto una empresa exitosa, recibió a sus amigos, a críticos, coleccionistas y diplomáticos en la sala del Ateneo Veneto. Nadie lo dijo, pero en los pasillos de la Bienal los rumores vuelan: las cuatro imponentes pinturas del envío argentino tienen asegurado un nuevo destino, y, muy probablemente, éste sea museológico.

Hay equipo

El envío argentino a la 52° Bienal de Venecia contó con el apoyo de Sperone Westwater, de Nueva York; Houser & Wirth Zurich London, Romikin Chemo SA y Nelly Arrieta de Blaquier. Como parte medular de su objetivo de difusión del arte argentino en el exterior, arteBa Fundación apoyó el envío a la 52° Bienal de Venecia con la publicación del catálogo-libro realizado con el apoyo de Eduardo Elztain, de la Fundacion Irsa. Las obras fueron transportadas por Delmiro Méndez e Hijo, y la producción estuvo a cargo de Jorge Cordonet. El catálogo fue realizado por Diego Bianchi, Gastón Pérsico y Cecilia Szalkowicz, con fotos de Jorge Minio.

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