La gloria en lo profundo del océano
Encuentro cercano con los pasteles de Raúl Alonso, la abstracción de Miguel Angel Juri y la impetuosa expresividad de la obra de Ricardo Roux ambientada por Celina Aráuz de Pirovano.
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ES para mí una gran satisfacción ocuparme de la muestra de pasteles de Raúl Alonso. No sólo cumplo con un homenaje al desaparecido pintor, sino que me permite adentrarme en la reflexión que me suscita su arte, tal como está reflejada en las obras expuestas.
Los trabajos de Raúl Alonso me confirman la importancia que el medio tiene para el creador que lo emplea. Hace tiempo que la Bauhaus enfatizó el rol protagónico que juega cada uno de esos vehículos que recorren el nervio óptico del artista y del espectador. Una cosa es el pastel, otra el óleo y otra el acrílico. Existen rarísimos genios que se expresan con parecida facilidad en todos y cada uno de ellos, pero constituyen la excepción. Por regla general, cada artista tiene un medio que le es más afín, y ello, según opino, se debe a una empatía molecular entre el organismo del creador y ese medio en particular. El pastel se pinta con tizas de diferentes colores y tiene más bien pocos cultores, que alcanzan los más altos niveles expresivos, tal el caso de Edgar Degas, o el de Raúl Alonso.
Me he demorado frente a los trabajos de Raúl y he confirmado la importancia que desempeña en todo arte el factor artesanal. Frente a cada uno de estos pasteles, ya mezclándose la figura humana con un barquito de papel, ya jugando con diversos planos que se superponen manteniendo una estructura de sabor constructivista, lo cierto es que cada trabajo se nos brinda a la contemplación, como un desafío a nuestra sensibilidad que debe enfrascarse en la comunión con cada trabajo para lograr que éste nos revele sus íntimos secretos. Decía Battle Planas que el genio es aquel que logra demorarse y hacernos demorar frente a sus pinturas.
Y esto es lo logrado por Alonso; esto es lo que se desprende de una visita inteligente a su muestra. No he podido menos que sentir una sensación de honda admiración a medida que me internaba en estas gamas colorísticas, sus matices que juegan con las luces y las sombras, las pequeñas sorpresas que el maestro nos reservó como premio a nuestro recorrido óptico, sin olvidar que esos nervios terminan en el cerebro. Se trata de pinturas que surgen desde las profundidades del alma. "No busquemos la gloria", dijo Melville, "en el pico de las montañas; busquémosla en lo más profundo del océano". Los pasteles de Alonso exploran esas profundidades.
( En la Galería Colección Alvear, Av. Alvear 1658, hasta el 11 del actual ).
El negro como color
Muy pocos artistas conozco que hagan valer el negro como color fundamental en sus más ambiciosas composiciones, como ocurre con Ricardo Roux. Como no podría ser de otro modo, tampoco desprecia el blanco, si bien la gama de su paleta estalla con rojos y amarillos.
Roux se expresa en igual solvencia en los peqeños como en los grandes tamaños, pero no se puede dudar de que alcanza sus mayores logros en las telas de más amplias dimensiones.
Si bien es cierto que los trabajos del artista cuentan con la ventaja del buen tino de Celina Aráoz de Pirovano, quien ha provisto la ambientación de su impecable gusto al despliegue de la muestra, justo es consignar que por ser Ricardo el pintor de los quilates de alto nivel que lo caracterizan, sus obras, creemos, no perderían en cualquier otro tipo de marco, desde una simple pared blanca a una de cualquier otro color.
Sin duda Roux adscribe a la escuela gestual que nos dieron los grandes expresionistas abstractos norteamericanos al estilo de Kline, o los europeos como Piaubert, apoyados todos quizás en ese gran catalán que fue Miró. Lo dicho en nada disminuye la condición de latinoamericano de Ricardo ni, lo que es aún más específico, de argentino.
Es verdad que hace falta un ojo muy afinado para percibir el nexo de Ricardo con los maestros de la Escuela de Buenos Aires, pero me permito recordar a Raquel Forner como cariátide de las conquistas de este maestro porteño, al que no le han sido esquivos los premios y las muestras, así individuales como colectivas.
Pese al dramatismo de su expresionismo, su buen gusto innato hace de sus pinturas un hallazgo de añadido valor decorativo, como bien lo han detectado quienes no temen compartir con él los méritos de su propio talento.
( En Galería VYP, Arroyo 959 , hasta el 10 del actual )
Efectos lumínicos
Miguel Angel Juri nació en Vicente López, provincia de Buenos Aires, en 1950. Es descendiente de árabes, algo que en su caso me parece que tiene su grado de importancia. Somos también nuestros genes, además de nuestra educación y diálogo con nuestro medio; esto es, nuestra cultura. En las pinturas abstractas de Juri hay un elemento místico que trasciende las gamas colorísticas y los efectos lumínicos en composiciones que en su clima nos recuerdan por momentos los nenúfares de Monet, algo que el artista no se ha propuesto. Lo que más me interesa destacar de la pintura de este Miguel Angel es el clima que propone y que tiene sobre nosotros un efecto transmutante. Será quizás aquella sentencia de Muqadima de Ibn Jaldun: "Si quieres cambiar el mundo para mejor, actúa; si no puedes actuar, predica, y si no puedes predicar, cámbialo en tu corazón y habrás mejorado el mundo". Y eso es lo que siento después de contemplar con atención concentrada los cuadros de Juri, que me han mejorado como persona.
Este extraño efecto debe ser sin duda el que toda verdadera obra de arte está destinada a producir. En forma más agresiva lo señaló Picasso: "Los cuadros deben cortar como navajas desde la pared".
En estas obras de Juri, tras bellísimas gamas de verdes, de azules, apenas tocadas por algún rojo, hay una visión de la realidad que va bastante más allá de lo cotidiano. Y esa realidad ha sido percibida por el artista que, a partir de su percepción, nos hace a nosotros partícipes de ella. Decía Spinoza que la alegría es virtud. No me parece casual que la alegría esté presente en todos y cada uno de estos trabajos; una alegría calma, bondadosa y hasta dulce. Sabemos que Juri ejerce la docencia entre niños. Pienso que esos chicos son afortunados de tenerlo como maestro; ni me olvido del: "Hacéos como los niños".
Se trata pues de una profundidad eminentemente ética que desde la pureza nos invita a custodiar nuestra niñez, no como algo ingenuo, sino como algo profundo; allí donde el alma se percibe con mayor nitidez a sí misma.
( En Galería Ursomarzo, Arenales 921, hasta el 10 del actual )


