La identidad perdida
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Mientras leía este muy apreciable y demoledor libro de A. M. Homes (Nueva York, 1961), recordaba las preguntas que me habían formulado muchos lectores, tras leer mi novela El séptimo velo: "¿Por qué el narrador de la historia, después de haber empleado tantas energías en develar quién era su verdadero padre, lo rehúye cuando por fin lo tiene ante sí? ". Yo siempre les contestaba lo mismo: "Porque es un inconsolable. Porque siente que la herida no ha cerrado, siente que no es capaz de ofrecer el perdón que le gustaría dar". Aquella decisión narrativa me pareció entonces la más congruente con la psicología de mi personaje, y me ha gratificado descubrir que la solución que adopta Homes en la obra que ahora comentamos es exactamente la misma. Sólo que la protagonista de La hija de la amante no es una criatura de ficción, sino la autora misma.
Homes ya había demostrado su capacidad para hurgar en los rincones más sombríos de la naturaleza humana en El fin de Alice (1996), la novela que la consagró. En La hija de la amante no hay detalles escabrosos; sin embargo, su lectura resulta al menos igual de desasosegante.
No nos hallamos, como avanzábamos más arriba, ante una novela, ni siquiera en su variante de "autoficción" (tan en boga hoy), sino ante una confesión descarnada. Recién alcanzada la treintena, los padres de la autora le revelan que, en realidad, es una hija adoptada, y que su madre biológica, Ellen, desea conocerla. La conciencia de la escritora se convierte desde ese momento en un nido de víboras: por un lado, el deseo de restablecer su identidad la impulsa a entablar contacto con Ellen; por otro, algo parecido al rencor -tal vez tan sólo un dolor sin consuelo- le impide aceptar el acercamiento de esa madre "sobrevenida", que no tardará en convertirse en algo similar al asedio.
La primera parte del libro es, sin duda, la más lúcida y terrible, la más cuajada literariamente también. Homes renuncia a los alardes retóricos, en un ejercicio de despojamiento que soslaya la búsqueda de una identificación emocional con el lector. No retrata con benignidad a su madre Ellen, que apenas era una jovenzuela cuando se quedó embarazada, pero no cae en la tentación de aparecer como una víctima: también ella se comporta mezquinamente; también ella es presa del miedo, del despecho, de una suerte de perplejidad moral que la agarrota y finalmente le impide restaurar los vínculos rotos. Tras la muerte de Ellen, Homes tendrá tiempo para reflexionar sobre lo acontecido. Al final logrará restaurar su genealogía, pero se trata de una restauración insatisfactoria, como la del botánico que contempla las plantas desecadas en su herbolario.
Sólo en la última página, cuando Homes nos revela que ha decidido tener una hija para poder volcar sobre ella "una singularidad de amor y de miedo" que no ha conocido nunca, ese dolor parece encontrar un consuelo; pero es un consuelo egoísta, pues por lo que Homes cuenta y lo que Homes calla nos incita a pensar que esa hija también está condenada a una identidad herida. Vitalmente tal vez Homes haya repetido un error; literariamente, ha completado un acierto.
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