
La imagen como prolongación de la palabra
Ellroy, que mantiene una fructífera relación con el cine, trabaja en una nueva adaptación para la pantalla grande de la novela Laura, convertida en clásico del film noir por Otto Preminger, y en una miniserie que dirigirá David Fincher y protagonizará Tom Cruise
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James Ellroy escribió una vez que Los Ángeles y el mundo entero eran lo mismo. "Soy de allí. Nací allí. Me crié en el epicentro del cine negro y en la edad de oro del cine negro. Tuve suerte. Mis padres me tuvieron en un lugar genial", dijo como si estuviese descubriendo en esa frase una condición privilegiada que le estaba otorgando el destino. Podía ser a la vez artífice, protagonista y observador de un sinfín de historias que su propio lugar en el mundo le estaba sirviendo en bandeja y que sólo a través de él podrían ser develadas, pese a que nunca se preocupó por entender el significado de esa ciudad. Simplemente tenía que mirar, pensar, escribir y mostrar. Hacer que el cine fuese la prolongación natural, espontánea de la palabra escrita.
Por eso podemos decir que no existe, en el sentido convencional, una conexión entre la literatura de Ellroy y la pantalla grande. En su caso, las dos expresiones son virtuales sinónimos. Dos maneras de decir lo mismo y hacer lo mismo. Hoy podemos entenderlo mucho más que antes. Los proyectos cinematográficos más recientes abrazados por Ellroy, que se encuentran en pleno desarrollo, ponen verdadera luz en las experimentaciones del pasado. Explican, sobre todo, la transición del Ellroy adaptado de las décadas anteriores al Ellroy adaptador de hoy. Antes miraba desde afuera, hoy juega bien adentro de la cancha. Y siempre como partícipe necesario. Comprometido.
¿En qué anda Ellroy? Ocupado en una nueva adaptación para el cine de Laura, la novela de Vera Caspary que en 1944 se transformó en una obra maestra del film noir, de la mano de Otto Preminger. Como nos contó en su momento Ángel Faretta, maestro de la crítica argentina de cine, Laura inventó el leitmotiv (maravillosa partitura de David Raskin) y nos mostró por primera vez el paso del tiempo en un mismo plano, sin cortes, con un fundido encadenado. La remake prometida por Ellroy no innovará tanto, pero nos ayudará a conocer todavía más la identidad del noir en el cine: la esencia del thriller, las razones de un crimen, las brumosas fronteras entre el bien y el mal, la realidad como simulacro. Y el amor inalcanzable por una mujer imposible y fatal, que para colmo está muerta desde el comienzo del relato.
De paso, esta adaptación también nos será muy útil para volver a ver (y entender mejor), a casi veinte años de su estreno, aquella pequeña joya del cine policial estrenada aquí como Los Ángeles al desnudo (L. A. Confidential, en el original), gracias a la cual muchos descubrimos en 1997 al Ellroy novelista. Allí estaban casi todos sus temas, que son los temas del cine negro citados en el párrafo anterior. Y algunos más: los detectives husmeadores y meteretes, la corrupción de las instituciones (empezando por la policía, medalla de oro en la materia), el fisgoneo. Y otro clásico: Russell Crowe, hasta allí casi un desconocido, repartiendo por primera vez trompadas a diestra y siniestra. Algo que haría de allí en adelante con fruición delante y detrás de las cámaras.
El director Curtis Hanson no le pidió a Ellroy que adaptara su propia novela (lo hizo el talentoso Brian Helgeland), pero devolvió gentilezas y a modo de agradecimiento hizo aparecer al escritor en un pequeño papel de su siguiente película, Fin de semana de locos (Wonder Boys), aquélla en la que Bob Dylan ganó el Oscar a la mejor canción original: "Things Have Changed". Todo lo contrario ocurrió con la llegada al cine de otro de los libros de Ellroy. La Dalia Negra tenía en la pantalla el glamoroso manierismo de Brian de Palma, pero en ese momento (2006), el gran director de Vestida para matar y Blow Out no estaba valorizado como antes en la industria. Y para colmo, el propio Ellroy había anticipado que esa adaptación (en la que no intervino) sería un fiasco en la taquilla. Así ocurrió.
¿Habrá sido esa frustrante experiencia el aliciente que Ellroy necesitaba para involucrarse más en el cine? Su involucramiento creciente en los últimos años, cuando por fin se decidió a escribir guiones, es una prueba irrefutable. Primero a partir de una historia suya (Dueños de la calle, 1999, del subvalorado David Ayer) y más adelante con la inédita en la Argentina y notable Rampart (2011), de Oren Moverman.
Además de la nueva Laura, el futuro nos promete una sociedad entre Ellroy y el director David Fincher, los dos al servicio de una ambiciosa miniserie para HBO, con ochenta millones de dólares de presupuesto y muchas estrellas (Tom Cruise sería la primera), lamada Shakedown y ambientada en los años 50. La misma década en la que ubica ocho de sus diez películas preferidas. La mayoría de ellas son títulos del policial negro clase B, ambientadas casi todas (cuándo no) en Los Ángeles. En la lista también aparece Vértigo, de Hitchcock. La novena es El padrino, parte II (1974). Y la décima, la preferida de todos los tiempos, es digna de un hombre de altísima autoestima y escaso apego a la modestia. No hay película que le guste más en este mundo a James Ellroy que... Los Ángeles al desnudo.



