La lectura y sus imágenes
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Leer y mirar
Por Fanuel Hanán Díaz
Norma/179 páginas/$ 25
Durante años, el reconocimiento del libro como puro objeto pareció un mero acto ornamental. Las hojas que respondían al tacto, la tinta sensible al olfato o el modo en que se disponían a la vista letras e imágenes resultaban apenas materia de la curiosidad diletante. Leer y mirar , de Fanuel Hanán Díaz -crítico e investigador literario venezolano- se coloca en una nueva tendencia en que brillan las investigaciones de Alberto Manguel, Geneviève Bollème y Roger Chartier. En su caso, se trata de presentar la génesis del llamado "libro álbum", género en que intervienen distintos códigos (texto, fotografía, ilustraciones y diseño). El origen de este libro objeto, que ya no pretende ocultar su carácter material, estaría en el propio desarrollo de la literatura infantil. Según la reconstrucción de Díaz esta exigencia de participación activa del lector en el cruce de los distintos códigos no es más que una derivación de un género nacido en paralelo al desarrollo de un concepto para la vivencia de la infancia. En el comienzo fue Orbis sensualium Pictus del monje checo Jan Amos Komenski que en 1658 se convirtió en el primer libro para niños. La ilustración tenía como objetivo indiscutido llamar la atención del incipiente lector.
Durante el Renacimiento no existía concepto de infancia, pero los siglos siguientes comenzaron a definir una audiencia autónoma con una lógica propia. Allí no todo era fantasía: una de las preocupaciones básicas consistía en disciplinar las costumbres infantiles a través de manuales para enseñar modales tales como "lavarse las manos después de comer". Otros libros -sumidos en la tradición moral de los "cuentos de advertencia"- tenían como objetivo salvar las almas de los niños con la urgencia que imponía un hecho irremediable: muchos de ellos morirían antes de llegar a la adultez.
El desarrollo posterior -donde el trabajo de Gustave Doré para textos como La divina comedia resulta paradigmático- encuentra una primera transformación radical con la incorporación del color (segunda mitad del siglo XIX), y una segunda con la llegada del cine y la inclusión de encuadres más sofisticados. Los libros móviles, los musicales o los animados, el desarrollo de los panoramas y peep shows o vista books -donde la tridimensionalidad se desplegaba en forma de acordeón- no son más que otros antecedentes de este libro álbum donde ya no resulta necesario justificar la incontrolable interacción entre cada uno de los lenguajes.
La falta de un marco teórico torna a veces el relato de Díaz en una serie de curiosidades, pero tiene una virtud fundamental: dejar asentado que, aunque las imágenes y el armado de los libros tuvieron en sus comienzos un objetivo meramente didáctico, el libro álbum contemporáneo no intenta ya reforzar un mensaje, sino multiplicar los infinitos caminos de lectura.




