
La libertad seductora
Recto como una lanza y elegante como un granadero, el mítico don Juan Filloy me impresionó cuando lo vi caminando sus veinte rigurosas cuadras por los barrios de Río Cuarto. Proclamaba ser cultor del estilo griego clásico, que mantenía un armonioso y relajado movimiento de todas las articulaciones, especialmente las de los miembros inferiores. Su cabeza era una fiel reproducción de la que portaba Sarmiento.
Durante los once años que viví en esa ciudad, tuve el privilegio de alternar con su generosa personalidad y su enorme erudición. A veces lo encontraba en un bar leyendo Le Monde, The Economist u otro diario extranjero, pues don Juan no sólo manejaba fluidamente el francés y el inglés sino que también se defendía con bastante solvencia en alemán.
Hasta el final de sus productivos 105 años de edad, gustaba comer de todo, celebrar el vino y fumarse un buen cigarro. El deporte lo tuvo entre sus entusiastas. Fundó en los albores del siglo el legendario club Talleres de Córdoba, fue futbolista y boxeador y se destacaba por nadar en forma incansable gracias a su estilo, también griego, de moverse y respirar con perfecta armonía.
Andaba por los ochenta años cuando escribió La potra, una novela cuya protagonista es una mujer de ardiente codicia sexual. Muchos escritores de enjundia, que ya conocían su anterior producción, quedaron impactados. Recuerdo que el poeta César Tiempo, antes de trepar al escenario donde pronunciaría una conferencia, me tomó del brazo y preguntó con sus tiernos y saltones ojos: "Marcos, ¿qué pasa con Filloy, que se ha convertido en un fauno?" No pude hacer otra cosa que sonreír. Filloy era un fauno y mucho más. Lo sabían César Tiempo y cualquier hombre de letras medianamente informado. Filloy era un autor oceánico, abrumador. Y su sangre era un volcán.
Escribió alrededor de cincuenta libros, a los que se deben añadir centenares de artículos, conferencias y otras obras menores. Redactaba a mano y luego pasaba a máquina. Su caligrafía , límpida y elegante como la de un amanuense, no perdió firmeza ni siquiera al cumplir los ciento cinco años de edad; hasta en sus originales dedicatorias, compuestas con rapidez, armaba con las letras un cuadro de pintoresca geometría. Guardaba los manuscritos en una caja de hierro, obligándolos a esperar el momento de su publicación. Mantuvo un voluntario y hasta irritante aislamiento. Hace poco dijo: "la vida literaria es muy agradable tomada como yo la tomo, sin propósitos venales de ninguna especie, con prescindencia del lector, el editor y la crítica. Escribo lo que me da la gana".
Su carrera judicial le aconsejó apartarse de los circuitos normales de edición. Redactaba con tal libertad que a la Argentina pacata de entonces le habría resultado inaceptable un juez que se expresara con el escatológico vocabulario de Filloy, aunque fuese en textos de ficción. El escritor cultivaba la picaresca y el desenfado. Era un lúdico que se divertía con sus invenciones y su ilimitada cultura. Algunos llegaron a decirle grosero. Pero esas críticas no le frenaron la inspiración ni modificaron su estilo. Se adelantó a muchos acuñando palabras o expresiones y trasladó a la literatura el verdadero lenguaje coloquial de los argentinos. En sus páginas alternan los vocablos más sublimes y hasta rebuscados con explosiones coprolálicas de alto voltaje.
Fue el primero en referirse al "realismo mágico" en su obra Aquende, asombrosa geografía poemática de nuestro país. También fue el primero en transgredir normas sobre la entonces considerada buena literatura. En sus Monodiálogos paranoicos (subtítulo del libro Yo, yo y yo) dedicó un capítulo a Walt Disney, que precede en años al trabajo de Ariel Dorfman Para leer al Pato Donald. Además, fue un precursor del nouveau roman francés, o novela objetivista. Aportó mucho a su comunidad. Fundó, dirigió e insufló dinamismo a varias instituciones. Era un hombre que la gente reconocía y saludaba con cariño en la calle. Ayudaba a todo escritor que se le acercase. Publicaba con frecuencia en LA NACIÓN y mantenía en el diario local una columna que se constituyó en manjar cotidiano.
A partir de 1930, optó por dar a conocer sus libros en ediciones privadas de quinientos ejemplares, que enviaba por correo sólo a quienes consideraba buenos lectores. De esa manera se constituyó en un escritor secreto, apenas conocido en un cerrado círculo. Durante la década de 1930 dio a luz un libro por año, como si su trabajo respondiese a un mágico reloj. Pero no había magia sino método. Gustaba trasmitir en latín la fórmula: nulla die sine linea (ningún día sin una línea). Era un trabajador sistemático y un cerebro en ebullición.
La obra Julio Cortázar le rindió homenaje al incorporarlo en el texto de su Rayuela. Muchos de los que gozaron de esas páginas se habrán preguntado qué significaba la extemporánea referencia, porque entonces sólo un reducido núcleo conocía al enigmático autor cordobés. Vale la pena citar el párrafo: "Puede ser -dijo Olivera-. Pero no tienen ningún Juan Filloy que les escriba Caterva. ¿Qué será de Filloy, che? Naturalmente la Maga no podía saberlo, empezando porque ignoraba su existencia. Hubo que explicarle por qué Filloy, por qué Caterva".
Caterva fue publicada en 1937 y sus protagonistas son siete linyeras que vagabundeaban por Río Cuarto. Ese libro condensa muchas de las llamativas características de Filloy "por eso quizás lo señaló Cortázar", que se han convertido en datos de su singularidad en el mundo de las letras. Paso a identificar algunos.
Casi todos sus títulos están formados por palabras de uso infrecuente, pero de exacta elección. Filloy emplea vocablos extraídos del hondo cofre del idioma español, pero también del griego, el latín, el francés, el inglés, el hebreo y hasta el araucano. Caterva, por ejemplo, viene del latín caterva y significa grupo de personas o cosas sin concierto, de poco valor o importancia. Un hallazgo con puntería para el contenido de la novela. En sus títulos, utiliza una o más palabras, pero siempre, en conjunto, suman siete letras. Cuando le pregunté la razón de semejante fijación numérica, confesó que tan sólo al publicar su tercer libro se dio cuenta de lo que ocurría con sus títulos y decidió mantener esa característica. No conforme con ello, los fue ordenando según el abecedario, de modo que la lista de sus obras empieza con la A y termina con la Z. El catálogo de este escritor comprende, ordenadamente: Aquende, Balumba, Caterva, Changüí, Decio 8a (obsérvese la forma en que escribe Ochoa), ¡Estafen!, Finesse, Gehenas, Homo Sum, Ignitus, Jjasond, Karcino, La Hucha, La Potra, Los Ochoa, Llovizna, Metopas, Nefilim, Ñamplin, Op Oloop, Periplo, Quisco, Revenar, Sicigia, Tanatos, Urumpta, Usaland, Vil y Vil, Witnes, Xinglar, Yo, yo y yo, y Zylenka. No los escribió en esa secuencia, pero fue llenando los espacios. Aunque algunos nombres parecen arbitrarios, no lo son. Metopas, por ejemplo, es una obra dedicada al arte y Filloy utiliza ese nombre porque es la palabra que designa los espacios que existen entre los triglifos de los relieves que ornamentan los frisos dóricos, como el del Partenón. Finesse es una delicada selección de poemas dedicados a su esposa Paulina. Karcino (cangrejo, en griego) identifica con elocuencia su colección sin precedentes de palíndromos (frases que se leen igual de derecha a izquierda que de izquierda a derecha). Usaland es un libro de poemas con títulos en inglés y versos en español, que despliegan una provocativa pintura de los Estados Unidos. Gehenas remite a la forma hebrea de designar el infierno. Y así podríamos continuar. Filloy es un maestro que espolea nuestro asombro y nos obliga a mantenernos despiertos desde que alzamos el libro.
El número siete no se limita a los títulos, sino que reaparece obstinado en otros niveles de su creación. Yo, yo y yo reúne exactamente siete divertidos "monodiálogos paranoicos". También son siete los linyeras que admiró Cortázar y siete las partes en que don Juan dividió el contenido de varios trabajos.
Juan Filloy fue, por cierto, una rara avis. Coleccionaba información y palabras como un filatelista estampillas. No había tema que no conociese. Yo lo escuchaba con admiración religiosa y tenía la certeza de que ese hombre había leído todos los libros y recorrido todos los meandros de la condición humana. Su memoria era impresionante y se mantuvo fresca hasta el límite de su larga vida. En una ocasión, abrumado por la cantidad de arcaísmos y palabras raras que solían fluir de su boca, le dije que en su cabeza había más palabras que en un diccionario. Reconoció que era cierto, porque no dejaba de sustantivar adjetivos y verbos, jugar con puentes idiomáticos o crear neologismos. Es probable que haya sido esa libertad lo que enamoró a Cortázar.
Juan Filloy fue el mayor campeón de toda la historia en la confección de los palíndromos o frases capicúa, juego cultivado por Dante y Shakespeare. Según el mismo Filloy, quien podía competir con él era un emperador de Constantinopla, cuya marca llegó a varios cientos de frases. Pero Filloy confeccionó ¡seis mil!, algunos de hasta cinco renglones. Ejemplos al canto: "No di mi decoro, cedí mi don", "Ateo por Arabia iba raro poeta".
Juan Filloy me recuerda a Juan Sebastián Bach: ambos artistas metódicos, de mucha vitalidad, productores incansables y, sobre todo, provistos de una extraordinaria maestría para acomodar los sonidos uno y las letras el otro. Los textos de Filloy y la música de Bach son inconfundibles, siempre iguales y siempre distintos. Frutos de una inspiración inagotable y de una inagotable geometría mental.
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