La literatura italiana en la Argentina
El autor de esta nota acaba de presentar en Italia el libro Un destino sudamericano (Guerra) en el que analiza las relaciones literarias entre la península y nuestro país, de 1910 a 1970
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Los escritores argentinos del siglo XX buscaron a menudo otra patria espiritual donde refugiarse de la desolación que tantas veces el país les deparó. Hay quien añoró la campiña inglesa poblada de leyendas y buenas maneras, quien deseó haber paseado por los jardines de las Tullerías, quien al leer a Tolstoi y a Dostoievski quiso hacer suya la "madre Rusia", quien soñó los fiordos escandinavos y las gélidas tierras de Islandia o quien, sin la nostalgia enfermiza por Europa, aspiró a demoler las fronteras de América. Raramente, en cambio, los escritores argentinos hallaron en Italia la meta final del propio destino existencial o literario. Como nos recuerda Jorge Panesi en un bellísimo ensayo, los personajes de "El Aleph" representan el proceso de italianización de la ciudad de Buenos Aires, anunciado años antes en los polémicos textos del nacionalismo argentino como una amenaza latente para la nueva nación. La pérdida del aleph es el reverso de otra irrupción: la del mundo cultural ítalo-argentino en el fortificado ámbito de las letras locales, mundo del que Roberto Giusti era en esos años la figura más significativa. Panesi mismo se encarga de señalar que Borges, en el epílogo a sus Obras completas, admite por fin que "los saineteros" ya habían armado un mundo que era esencialmente el de Borges, pero la gente culta no podía gozar de sus espectáculos con la conciencia tranquila."
Canon clásico y nuevo canon
La difusión, la traducción y la crítica de la literatura italiana en la Argentina, así como la constitución de la identidad literaria del país, no pueden pensarse fuera del fenómeno inmigratorio por el cual millones de italianos se instalaron en él. Clave del problema es la convivencia de una visión dual de Italia: una de alta cultura, cuna de un patrimonio cultural y artístico imponente, y otra popular y mísera, compuesta por una masa informe de hombres y mujeres, en muchos casos pobre y analfabeta, que buscaron fortuna en el país.
Es lícito, por tanto, afirmar que, al menos en la etapa de la formación de la identidad literaria argentina, Italia, ya sea entendida como modelo cultural europeo digno de importación y de absorción, ya como presencia inquietante en el seno del tejido social del país, tuvo un rol esencial, que ha sido estudiado con profundidad en sus aspectos antropológicos, sociales, político-económicos e incluso culturales, pero que ha sido desatendido en lo que respecta al quehacer exclusivamente literario.
La reconstrucción histórica del circuito de la literatura italiana en Argentina en el siglo XX debe rastrearse en tres revistas fundamentales: Nosotros (1907-1943), Martín Fierro (1924-1927) y Sur (1931-1981), que signaron respectivamente la concreción de un canon clásico de la literatura italiana, la irrupción en el ámbito argentino de los instrumentos de vanguardia italianos y europeos, y la afirmación de modelos culturales modernos que gozaron de amplio prestigio desde la Segunda Guerra hasta nuestros días. Los periódicos y las editoriales no fueron ajenos a la modificación permanente del canon italiano en el país ni a la circulación de debates que tocaron de cerca problemas inherentes a la cultura italiana.
Un arma potente
"La cosa que más le soprende a un italiano -escribe Massimo Bontempelli tras su viaje a la Argentina en los años treinta- es la seguridad con que diez, veinte o cien personas, hombres, mujeres y niños afirman ?soy argentino, hijo de italianos´. De esos cien, ni siquiera uno ha dicho ?soy italiano, nacido en la Argentina´". De hecho, el reverso de la italianización de la Argentina fue la argentinización de los italianos, fenómeno que el fascismo temió como un arma potente, hasta el punto de evitar antes de la guerra una nueva afluencia de connacionales a tierras americanas. Roberto Giusti narra en sus memorias que el pasaje de la forma mentis italiana a la forma mentis argentina se produjo sin que se diera cuenta o, más bien, por obra de la "fuerza asimiladora del país". Los intereses de Giusti fueron los intereses de Nosotros. Entre 1907 y 1928, Giusti impuso en la Argentina el canon indiscutible de la poesía italiana entre fines del siglo XIX y principios del XX: Carducci, Pascoli y D´Annunzio. De esta manera, la crítica argentina cumplía ya a principios de siglo una operación intelectual de la que habría de desembarazarse con dificultad: la idea de la cultura italiana como cultura clasicizante. "Que la palabra clásicos, bestia negra de los ignorantes, que no sé cuáles fantasmas fósiles y amarillos ven en ella, no asuste a nadie", advierte Giusti en 1914, en tono provocativo, ante quienes en la Argentina ven en lo nuevo un valor absoluto. En la revista de Giusti, en cambio, era como si la italianidad de un autor, de un libro, de una idea o de un entero sistema de pensamiento implicase por sí misma una validez intrínseca, digna de autonomía y de esencialidad. Tal ideología fue recogida años más tarde por Gherardo Marone, el fundador de la italianística en nuestro país, que soñó una articulación fructífera entre la literatura italiana y argentina.
Efectivamente, fue él quien abrió en 1927 la polémica acerca de la influencia de la literatura italiana en la Argentina que se sumó al debate ya iniciado por Martín Fierro. Las respuestas fueron variadas y contradictorias. Por un lado, el periodista italiano Folco Testena, residente en Buenos Aires, contestaba que tal influencia era mínima por dos motivos: el hecho de que los argentinos no saben italiano, por más que grosso modo todos lo entiendan, y "la falta casi absoluta de cultura latina". Por otro lado, la respuesta de los argentinos subrayó que la influencia de la literatura italiana no guardaba relación con la importancia del elemento inmigratorio.
De hecho, la centralidad de Marinetti en Martín Fierro, que le dedicó un número monográfico en ocasión de su visita a la Argentina en 1926, no derivaba de una admiración por las letras italianas o por los italianos, sino por una corriente poética y artística que había logrado dar en el centro de la mismísima París. Italia, tierra de los padres, seguía siendo en los años veinte esa patria demasiado cercana como para que los escritores hallasen en ella un modelo cultural imitable.
Ahora bien, más allá del manifiesto martinfierrista, la crítica argentina ha analizado poco la relación entre el nacimiento de la modernidad literaria argentina y la publicación de textos capitales de la cultura italiana contemporánea. En Martín Fierro, por ejemplo, es posible seguir un interesante recorrido que va desde el primer antifuturismo de Juan Pedro Vignale al filofuturismo del poeta italiano Piero Illari, colaborador directo del periódico argentino, o al antifuturismo demoledor de Sandro Volta, colaborador italiano que había desarrollado en Milán una vasta actividad de politización de la estética futurista a través de la revista Italia nova.
Pero la propiedad crítica de Sandro Volta, encargado de difundir a los nuevos escritores y artistas (Papini, Palazzeschi, Soffici, Pea, Spadini, Carrà, Lega y, claro está, Marinetti y Boccioni), no debe ocultar un aspecto esencial del modo en que la cultura italiana penetró en nuestro país. La crítica se transformó ante todo en una operación de selección y de descarte y el critico, en un humilde cronista de sus tiempos. Una afirmación de este tipo hace de la crítica de las literaturas extranjeras una forma de información, más que de interpretación, en que la crónica literaria, presentando los hechos consumados, transforma al lector en mero espectador.
La renovación de posguerra
Si, como afirma Beatriz Sarlo, la identidad literaria argentina en Sur se basó en una doble operación -construir una cultura original y plenamente argentina y, simultáneamente, confrontarse con otras culturas-, el lugar de la literatura italiana en la revista más importante del siglo ha sido mucho más relevante de lo que se piensa. La difusión, la traducción y la crítica de la cultura italiana conoció en Sur dos grandes períodos. El primero va desde 1931 hasta 1945 y tuvo como intérprete unívoco a Leo Ferrero. Amigo personal de Victoria Ocampo, Leo era hijo del historiador antifascista Guglielmo Ferrero y de Gina Lombroso. Había conocido a Victoria Ocampo en París, donde la familia se había exiliado. Leo y Victoria estaban unidos por, al menos, un valor común: la lengua y la cultura francesa constituían la red con la cual filtrar la cultura de origen, que les resultaba inhóspita, atrasada e indigesta. Con la publicación en el número 4 de Sur de "El malestar de la literatura italiana", manifiesto de la revista italiana Solaria, Ferrero difundió las mismas ideas polémicas que protagonizaron el debate italiano de los años treinta: la necesidad de una elite intelectual contraria al irracionalismo y al experimentalismo de las vanguardias, el europeísmo contra toda forma de nacionalismo, la busca de la desprovincialización de la propia cultura, el rechazo del positivismo. El malestar de los escritores italianos se ajustaba a la visión que un artista argentino podía hacer de su propia realidad. Leo se transformó en uno de los tantos espejos de Victoria. La cultura italiana se volvía por primera vez en Sur una cultura con la cual identificarse.
A partir de 1946, tras la condena definitiva del fascismo, Sur comenzó a difundir en la Argentina los nuevos nombres de la literatura italiana, con lo cual superaba la fase impuesta por la figura y la obra de Ferrero. Un nuevo colaborador se sumaba a la revista: Attilio Dabini, verdadero artífice de la renovación de las letras italianas en la Argentina. Con su obra de crítica en LA NACION, de traducción para Losada y de colaboración en Sur, Dabini difundió en la Argentina la obra de Pavese, Vittorini, Piovene, Moravia, Silone, Brancati, Alvaro, Pratolini, Flaiano y otros.
El "redescubrimiento" de la literatura italiana tiene una fecha en la Argentina: el mes de diciembre de 1953, cuando Sur publica el número 225 enteramente dedicado las letras y a las artes de Italia. A partir de entonces, Attilio Dabini y Enrique Pezzoni, como críticos y traductores, ejercerán un rol hegemónico en la difusión de la cultura italiana en Sur. En el prefacio de ese número, Victoria Ocampo, entusiasmada por el nuevo cine italiano escribe: "De Sica y su fiel asociado Zavattini [?] han hecho por el cine italiano lo que los autores cuyos textos publicamos han hecho por la literatura italiana: colocarla en primera fila". Y agrega: "nada se parece tanto a lo que podría ser una película argentina de éxito mundial, por su calidad, como una buena película italiana. Ese camino es también el nuestro". Por fin, la elite intelectual argentina, la que establecía gustos y modas, legitimaba a la cultura italiana contemporánea fuera del esquema clasicizante, trascendía el magisterio indiscutible de Dante y cerraba definitivamente la visión dual de las dos Italias.



