
La meditación salvaje
Compuesta por una serie deshilvanada de frases, consejos y postulados, la curiosa biblia de Lynch compone una deriva singular y promisoria.
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Atrapa el pez dorado
Por David Lynch
Mondadori/Trad.: Cruz Rodríguez Juiz/199 páginas/$ 49
La primera sorpresa de este libro es el libro. No resulta fácil amalgamar al extravagante David Lynch de Terciopelo azul (1986) o Inland Empire (2006) con el yogui consagrado a la meditación trascendental, el escritor inspirado en la teoría del campo unificado (o de la interacción múltiple de todas las cosas) y en algunas ideas tomadas de los textos de autoayuda. Pero limitarse a la consideración precedente sería simplificar demasiado la propuesta de este cineasta intuitivo y atípico. Compuesta por una serie deshilvanada de frases, consejos y postulados, la curiosa biblia de Lynch compone una deriva singular y promisoria.
El concepto guía está en el prólogo. Ahí dice el director que las ideas son como peces, que si uno quiere atrapar pececitos debe permanecer en aguas poco profundas; pero si la intención es pescar a un gran pez dorado no hay escapatoria: habrá que internarse en aguas profundas, sin miedo a lo que pase y con la mente en continua expansión.
A medida que se avanza en las páginas, las visiones del budismo zen (también de la física cuántica y el taoísmo) son aplicadas con mayor o menor felicidad al oficio cinematográfico, a la elección de actores, al manejo de la luz y el sonido, a la composición de escenas y al guión. Desde este punto de vista el libro puede resultar especialmente útil para cinéfilos inclinados a suponer que el arte cinematográfico es pura técnica desgajada de la impronta sensible y espiritual. Lynch se opone tajantemente a este prejuicio y desecha también las cómodas e inútiles generalizaciones. "Me parece arriesgado decir que una mujer en una película representa a todas las mujeres", ejemplifica. Lo concreto, la valorización de la experiencia única, el acto de incorporar al cine la lógica sin lógica de los sueños: por estos ejes pasan el cine y la teoría desarrollada por el director de Corazón salvaje. No es difícil encontrar aquí al cineasta que fue pintor en su juventud, al admirador de Fellini, Bergman y Herzog, al rebelde en conflicto con las presiones a que debe someterse "por el negocio del cine".
Lynch se muestra fastidiado por la velocidad extrema y la locura de los tiempos. Todo el mundo parece andar tan apurado (dice) como el conejo de Alicia. El autor tiene la impresión de que la gente pasa de largo sin detenerse un instante a contemplar el entorno. Su reacción ante esa realidad suele ser de enorme profundidad (la misma que hace falta para atrapar el pez dorado) y también, a veces, de una banalidad sorprendente. Como cuando destaca "la importancia de dormir" (para poder trabajar mejor al día siguiente, explica) o cuando exhibe un pacifismo light, inspirado tanto en la honestidad como en una ingenuidad casi infantil. Las zonas más interesantes del libro se despliegan cuando el director abandona el tono evangélico para analizar con lucidez su propio trabajo, los problemas prácticos que le han generado sus películas, la necesidad de ser fiel a los impulsos o su teoría del "accidente feliz", esa mancha que inicialmente desarticula un emprendimiento pero que, una vez incorporada, se convierte en el mayor acontecimiento de la vida.
Como el genial y revulsivo creador que es, David Lynch se siente bien pero vacío al finalizar cada una de sus inclasificables películas. "Es como pescar –compara–. El otro día pescaste un pez magnífico y hoy has salido con la misma carnada y te preguntas si tendrás la misma suerte. Pero a veces ocurre que por mucho que esperes no pica ningún pez. Estás en la zona equivocada. Es posible entonces que recojas el anzuelo, guardes tus cosas y cambies de sitio. Esto implica dejar la silla en la que has estado soñando y pasar a otra. A veces basta con cambiar algo para satisfacer el deseo."
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