La mirada urbana
En los trabajos de Gabriela López Herrero se descubre de inmediato la influencia del norteamericano Edward Hopper.
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SOMOS conscientes de que un sector amplio de quienes se dedican al arte lo hacen dentro de la modalidad de las instalaciones o del arte conceptual. Nada de malo veo en ello, siempre y cuando se respete la obra de aquellos que han preferido mantenerse dentro de los parámetros de lo que podríamos considerar las formas tradicionales de expresión: pintura, escultura, dibujo y grabado; dando por sentado que en todas ellas el pilar que las sostiene es el dibujo. Dibujar bien exige una ardua tarea de aprendizaje que no todos están dispuestos a respetar en épocas de rapidez, cuando no de facilismo.
Con la promoción de grupos que trabajan dentro de las formas no tradicionales de expresión se pretende imponer, en algunos casos, "políticas culturales" que apuntan a excluir todo aquello que no encaje dentro de lo que, santa consigna, está considerado "lo último", como si la novedad por sí sola fuese garantía de calidad. Sin embargo, esta última condición es la que separa al arte que merece el nombre de tal de ejercicios que no pasan de ser "divertimento", las más de las veces muy aburrido.
Entre esos artistas de la nueva generación (nacidos en la década del 60) existen bastantes que no han sucumbido a los halagos de una crítica más complaciente que entusiasta. Y entre estos nuevos representantes del arte pictórico merece un lugar -conquistado con noble esfuerzo- la pintora Gabriela López Herrero, cuyos trabajos al óleo con el tema del paisaje urbano se despliegan en la sala 1 del Centro Recoleta (Junín 1930).
No me parece casual que una galería de Berlín, la Heike Duden, la haya invitado a exponer allí este año, sin que medie amistad o recomendación alguna. Parecería que también los grandes centros de confrontación europeos se sienten invadidos por cierto cansancio, que no alcanza a disipar el glamour de muestras como la Dokumenta de Kassel. La obra de López Herrero -que se formó con Américo Balan y Héctor Giufré, y estudió en la Academia de la Grande Chamiére, de París- se inserta dentro de una tradición que no oculta su deuda con las enseñanzas de maestros como Edward Hopper. La joven artista no vacila en brindarnos una imagen poderosa que refleja lo que nuestro ojo contempla a diario en puertos, carreteras y calles. Un hombre que trepa por una calle del centro, barcos en los muelles, puentes, publicidades y otras señales que descubren al paisaje como fuente de inspiración. López herrero es firme en su dibujo, rica en el empaste de la pintura. Elige motivos aparentemente inocentes pero que encierran una buena cuota de misterio, cuya profundidad habremos de buscar en su alma. Hay quienes creen que la palabra "alma" está también fuera de moda, lo mismo que la palabra "inspiración". Más allá de posiciones filosóficas o religiosas, es innegable que estas visiones no se detienen para morir en la materia que las plasma, soporte y pintura. Resulta obvio que van dirigidas a esa otra dimensión de nuestra condición humana, a la que prefiero seguir llamando "alma".
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