
La muerte de Yayoi Kusama: la artista que impulsó la revolución global de los lunares
Con su obsesiva forma de trabajar, buscaba curarse y crear la sociedad que ella imaginaba; falleció a los 97 años en Tokio, donde vivió en un psiquiátrico durante casi medio siglo
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Unos pocos miles de dólares escondidos en su vestido y sus zapatos, y dibujos, pinturas y kimonos para vender. Eso era todo lo que llevaba Yayoi Kusama cuando llegó a Estados Unidos en noviembre de 1957, a los 28 años y sin saber hablar inglés. Un mes más tarde, la Dusanne Gallery de Seattle presentaba su primera muestra individual en ese país.
“Deseaba crear mi propio futuro. Quería iniciar una revolución, utilizar el arte para construir el tipo de sociedad que yo misma imaginaba. A la vez, mi obra era un medio para curarme de mi enfermedad psicosomática”, dijo en su autobiografía La red infinita (Ediciones B, 2022) la artista japonesa, fallecida días atrás a los 97 años, consagrada por sus fans de todo el mundo como “la princesa de los lunares”. Desde hace casi medio siglo vivía internada en un psiquiátrico en Tokio, donde se inauguró en 2017 un museo dedicado a su obra.

Una verdadera “Kusamanía” se desató desde 2013, cuando protagonizó en Buenos Aires Obsesión infinita, exposición que se ubicó durante años como la más visitada del Malba. Atraídas por los misteriosos lunares de colores que se multiplicaban a diario en el museo porteño y por sus instalaciones espejadas que borran el horizonte, más de 200.000 personas contribuyeron con sus celulares a alimentar una de las primeras muestras locales viralizadas en redes sociales.

La “abrumadora demanda del público” también llevó a la Tate a extender hasta 2024 la muestra Infinity Mirror Rooms, que alojó en Londres desde mayo de 2021. Ese mismo año se inauguraron además una retrospectiva en el museo Gropius Bau, en Berlín, y otra de esculturas en el Jardín Botánico de Nueva York, Christie’s vendió en Hong Kong una obra suya por el equivalente a ocho millones de dólares. En 2022, Untitled (Nets) marcó otro récord para la artista al venderse en Phillips de Nueva York por diez millones de dólares.

En 2023, antes de inaugurar una antológica en el Museo de Arte Moderno de San Francisco, debió pedir disculpas por sus dichos y escritos racistas. Su fama, sin embargo, siguió creciendo. mientras el Instituto Inhotim inauguraba en Brasil un pabellón exclusivo sobre ella, Louis Vuitton le dedicó una segunda colección especial y visitó con sus lunares las vidrieras de sus locales. En el de la Quinta Avenida de Nueva York, incluso, un inquietante robot que reproducía su figura se movía para regar flores artificiales.
Las violetas comenzaron a hablarle a los doce años, en 1941, mientras ella dibujaba en los terrenos donde su familia recolectaba semillas para los invernaderos. Yayoi alzó la vista de su cuaderno y vio que las flores tenían expresiones faciales parecidas a las de los humanos. Las voces crecieron en número y en volumen, hasta que la aturdieron. “¿Qué está pasando?”, se preguntaba aquella adolescente mientras corría aterrorizada hacia su casa, perseguida por un perro que también le hablaba, según cuenta en su autobiografía. Aquella alucinación sería la primera de muchas, que Kusama transformó en arte. “Estaba en un mundo al margen -explicó en el libro-, y dibujaba para poder documentar todo lo que veía allí”.

El “ambiente opresivo” en el que dice haber crecido Kusama estuvo marcado entre otras cosas por las constantes infidelidades de su padre –quien accedió a adoptar el apellido de su esposa al casarse- y el fuerte temperamento de su madre. Esta última no sólo enviaba a la pequeña Yayoi a seguir a su padre a las casas de prostitución y los barrios de geishas para luego informarle, sino que además se opuso con uñas y dientes a que su hija desarrollara su vocación artística.
“A veces, cuando me descubría pintando, me volcaba la mesa o me arrancaba los lienzos y los tiraba a la basura”, recordaba sobre su progenitora, quien llegaría a decirle que se había convertido en “un insulto” para sus ancestros y que ojalá hubiera muerto. Eso fue cuando ganó fama global por las orgías que organizaba en Nueva York, a donde llegó tras ocho años de insistir en que la dejara salir de Japón.

La primera batalla ganada fue cuando su madre accedió, en 1948, a que Yayoi estudiara en la Escuela Municipal de Artes y Oficios de Kioto. Durante casi dos años vivió en la casa de un poeta de haikus, donde se sintió atraída por el “sólido equilibrio espiritual” de las calabazas y comenzó a pintarlas en cuadros realistas. “Así como Bodhidharma pasó diez años de cara a una pared de piedra, yo me pasé no menos de un mes pintando una sola calabaza –confiesa-. Lamentaba incluso tener que dedicarle horas al sueño”.
También fue decisiva en su carrera la revelación que tuvo poco después del final de la Segunda Guerra Mundial en una librería de viejo de Matsumoto, la ciudad donde nació. Encontró allí un libro dedicado a la obra de Georgia O’Keeffe, y sintió que la “madre del modernismo americano” podría ayudarla a concretar su sueño de vivir y crear en Estados Unidos. Así que le escribió una carta... y recibió una respuesta. La correspondencia continuó hasta que llegó a Seatlle, en 1957.

Si bien las alucinaciones empeoraron cuando llegó al año siguiente a Nueva York, donde conoció el insomnio, el frío y el hambre, inició allí hasta fines de la década de 1960 “sus años de mayor influencia”. Así lo aseguró el MoMA, cuando le dedicó una muestra en 1998. “Al combinar elementos del minimalismo y de la estética pop emergente -declara el museo en su sitio web-, Kusama creó un conjunto de obras que contribuyó de manera significativa a la escena artística que comenzaba a internacionalizarse”.
“Yayoi, ¿estás bien?”, le preguntaban preocupados sus amigos, al verla pintar siempre lo mismo: comenzaba con las redes sobre una tela y continuaba sobre la mesa, el suelo y su propio cuerpo. En el hospital al que llegaba con frecuentes ataques de pánico le aconsejaron buscar ayuda psiquiátrica. “Pero lo que hice fue seguir pintando como una loca. Incluso comer pasó a un segundo plano”.

Cuando ya tenía la visa vencida, el esfuerzo comenzó a rendir sus frutos. Monocromo obsesivo se tituló la exposición individual con la que sorprendió a fines de 1959 en la Brata Gallery de Manhattan. Eran apenas cinco obras de gran formato, que representaban redes infinitas en blanco y negro, sin punto central fijo. “Estaba haciendo público un manifiesto –explica en el libro- en el que afirmaba que todo –yo misma, los demás, el universo entero- iba a quedar obliterado por unas redes blancas de vaciedad que conectaban acumulaciones astronómicas de puntos”.
A las redes siguieron los lunares que se convertirían en un sello de su identidad artística, con los que cubrió su cuerpo desnudo y los de otros para fundir forma y fondo. Y a principios de la lisérgica década de 1960 se multiplicaron las formas fálicas en las “esculturas blandas” con las que comenzó a crear instalaciones. Según ella, tanto Claes Oldenburg como Andy Warhol se apropiaron de un par de ideas suyas.
“¡Qué es esto, Yayoi! ¡Es fantástico!”, aseguraba que comentó el rey del arte pop al ver el bote que había cubierto con penes de tela, presentado en un cuarto empapelado con 999 grandes fotografías de esa inquietante imagen. Años después, su famoso colega empapelaría el techo y las paredes de la galería Leo Castelli con pósters serigrafiados con la cabeza de una vaca. “Se trataba de una clarísima apropiación o imitación de mi Thousand Boats Show”, escribió Kusama al referirse a aquella muestra de Warhol. “Éramos como los cabecillas de dos bandas rivales –agregaba-, dos enemigos a bordo de un mismo barco”.
¿Por qué esa obsesión con los falos? Yayoi confiesa haber presenciado un acto sexual “cuando aún no había aprendido a caminar”, y desde entonces asoció el tema con algo sucio. “Comencé a hacer penes con el fin de curar mi sentimiento de asco hacia el sexo –explicaba-. Reproducir aquellos objetos una y otra vez era mi manera de vencer el miedo”. Un pánico similar provocado por alimentos “producidos por máquinas” derivó en la creación de obras cubiertas por macarrones.

En la segunda mitad de la década de 1960 realizó algunas de sus obras más célebres. Como Infinity Mirror Rooms: campo de falos (1965) y Endless Love Show (1966), en las cuales los espejos amplificaban la sensación de espacio infinito. Las superficies espejadas también impactaron en Narcissus Garden, acción que realizó en la Bienal de Venecia de 1966 sin haber sido invitada, con la ayuda clave del rosarino Lucio Fontana. Poco después llegaron los happenings con orgías en público, que llamaron la atención de los medios –y de la policía- y la convirtieron en una gurú para los hippies. Se presentó incluso como la “sacerdotisa de los lunares” cuando celebró una boda homosexual, en 1968.
El éxito llegó a tal punto que a fines de la década fundó compañías comerciales dedicadas a la producción de happenings, de la moda que ella misma diseñaba y fabricaba –estampadas con lunares, claro-, de filmaciones y de emprendimientos como el Nude Studio –donde se animaba al público “a desnudarse y pintarse los unos a los otros”-, el club homosexual KOK o la Kusama Sex Company, donde se celebraban fiestas de sexo grupal. “La mayoría de los participantes eran hombres de negocios. También asistían con frecuencia destacados profesionales”, contaba Kusama, que se limitaba a observar.

“Yo no tenía el menor interés en las drogas ni en el lesbianismo, ni de hecho en ninguna clase de sexo”, aclaró la artista, que fue amiga de Salvador Dalí y de Donald Judd y mantuvo una relación platónica con Joseph Cornell. “Mi papel consistía en ir dándole pequeños empujoncitos a la gente para llevarla a una revolución sexual, y hacerlo a base de proporcionarle un espacio y una oportunidad de disfrutar del sexo libre. Al posibilitar esos encuentros, yo actuaba más bien como productora y directora”.
Ya de regreso en Japón, en 1973, las alucinaciones regresaron con fuerza. Cuatro años después, tras un intento de suicidio, se internó en forma voluntaria en un hospital de Shinjuku, el principal centro comercial y administrativo de Tokio. Enfrente tenía su estudio, y oor la noche se dedicaba a escribir. “Para mí -se lee en su autobiografía-, expresarme por medio del arte o por medio de la escritura son en esencia la misma cosa. Ambos ofrecen métodos para descubrir nuevos territorios de la mente, y con ambos trato siempre de ir por delante”.

