La música y la esperanza
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Miguel Angel Estrella, eximio pianista, es el creador de la Fundación Música Esperanza, una agrupación con filiales en distintas partes del mundo, integrada por músicos, melómanos, profesionales, voluntarios y vecinos de cada lugar en donde existe una sede. Todos ellos están unidos por la certeza de que la música es un buen punto de partida para la transformación del individuo y de la comunidad.
Estrella ofrece unos cien conciertos por año, casi todos en Europa, y reserva la mitad de sus cachets para la Fundación Música Esperanza. La institución tiene 53 filiales en Europa y en América Latina, y 25 de ellas se encuentran en la Argentina, repartidas en siete provincias.
De paso por Buenos Aires, Estrella me contó que acababa de asistir a una conferencia mundial en Copenhague sobre "Música y censura", que fue la continuación del Congreso de Estocolmo, del año anterior, sobre "Cultura y sociedad". Por primera vez se reunieron músicos de distintas partes del mundo para tratar el tema de la censura musical. Participaron en la reunión no sólo músicos, sino también productores de discos y gente relacionada con la divulgación musical. Por supuesto, no formaron parte de ese coloquio quienes están interesados en la rentabilidad, aquellos que se preocupan más por Madonna que por Villa Lobos.
-¿En la actualidad se ejerce censura sobre la música?
-¡Cómo no! En Afganistán está prohibido todo tipo de música. Matan a la gente que hace música. Pero no es la única actividad ni el único sector de la población que sufre persecuciones. Las mujeres tienen serias limitaciones para trabajar. En esa conferencia de Copenhague, una chica rubia, muy linda, contó que, una vez, al presentar el informativo, el Consejo Islámico le pidió que se pusiera un velo antes de aparecer ante las cámaras. La segunda vez le dijeron que no era suficiente y que tenía que salir de espaldas al público. Al tercer día, la sacaron y pusieron a un hombre.
-¿Planearon algo en contra de las prohibiciones musicales?
-En primer lugar, el encuentro internacional de Copenhague fue muy interesante, porque los asistentes nos pusimos al tanto de lo que pasa con la música y la libertad en todo el mundo. Por ejemplo, nos enteramos de que Wagner está prohibido en Israel. Los sudafricanos relataron el papel destacado que tuvo la música durante la resistencia contra el apartheid . Ahora parece que se va a crear una red en todo el mundo para ayudar a los músicos que son víctimas de la censura o de persecuciones. Además se buscará preservar la música que forma parte de la raíz cultural de un pueblo. Propuse personalmente esta última iniciativa en nombre de Música Esperanza como un modo de hacer frente a la invasión de de la subcultura de consumo que se propaga por todas partes y que perjudica a las formas musicales genuinas. Cuando digo "genuinas", me refiero a la música en la que se halla condensada la historia de una cultura, de un pueblo -como las composiciones de Atahualpa Yupanqui, de Astor Piazzolla o de Gabriel Fauré, por ejemplo- que son relegadas en beneficio de esa hojarasca efímera que ha invadido el planeta.
-¿Te parece que la música puede ser un elemento positivo para combatir la violencia que cunde en todo el mundo?
-Indudablemente. La música es un factor determinante en la vida del hombre. En ese congreso de Copenhague, también se habló del tipo de música que incita al odio, al racismo, como la que ha aparecido en el último tiempo en los Estados Unidos. Las Naciones Unidas han decidido que, para combatir la violencia que ha invadido el planeta, el primer decenio del nuevo siglo esté consagrado a un programa de acción denominado "Una cultura para la paz". La Unesco hizo suya esa inquietud y pensó en reunir a músicos de todo el mundo para un proyecto que se llama "Música y paz". Dentro del marco de trabajo de la Unesco propuse ocho programas de Música Esperanza, para que la música se involucrara de una manera eficaz y permanente en la lucha contra los dolores de las comunidades.
-¿Expusiste tu método de trabajo en Música Esperanza?
-Conté cómo nosotros reivindicamos las músicas autóctonas y alfabetizamos a los chicos musicalmente enseñándoles el cancionero y las danzas de cada región. Al mismo tiempo, los iniciamos en otras formas de música. Les abrimos los ojos y los oídos para que tengan un panorama musical más rico. Es una manera de ampliarles el horizonte, porque en el fondo de cada obra musical hay un hombre y los seres humanos tienen muchas más cosas en común que las que los separan. Uno de los intereses que comparten es el musical.
-¿Cómo iniciás a los chicos en la música?
-Primero los hago cantar, luego recurrimos a los medios de que disponemos, por ejemplo a piedritas, cuando se trata de lograr efectos de percusión. En los valles calchaquíes, donde el violín tiene una presencia fundamental, utilizamos instrumentos que nos enviaron de Francia, en donde también hay filiales de Música Esperanza. La idea de alfabetizar musicalmente me la dio Justo Méndez, del Mollar, el día en que recibió un violín francés. Me dijo que él era una víctima del analfabetismo: "Yo soy compositor. El violín es mi novia, mi amor. Cuando voy a trabajar al campo no lo llevo por miedo de que le pase algo. Soy religioso y Dios me manda unas hermosas melodías mientras trabajo. Después cuando llego al rancho me las olvido".
-¿Además de los aspectos musicales, Música Esperanza desarrolla otras actividades?
-Sí. Se empezaron a armar consejos de administración con los campesinos y profesionales de la ciudad. Son grupos de voluntarios de las ciudades cercanas, integrados por médicos, ingenieros, arquitectos, músicos. En suma, gente de buena voluntad que encuentra en la Fundación un canal para encauzar sus inquietudes sociales. Les recomiendo a los profesionales que no tengan un comportamiento paternalista, que tampoco les den dinero a los que están necesitados porque esas dádivas a veces engendran el parasitismo. Cada Consejo de Administración está compuesto la mitad por profesionales y la mitad por campesinos. Estos expresan sus necesidades, por ejemplo, la conveniencia de crear guarderías, salas de primeros auxilios, talleres para aprender oficios, cursos para la tercera edad. Ytodos juntos tratan de hacer realidad esos anhelos. Le doy mucha importancia al perfil de quienes concurren a estos talleres. Deben no sólo transmitir los conocimientos de su especialidad, sino también -y sobre todo- difundir una actitud y un mensaje de hermandad. Los chicos aprenden así lo esencial: la solidaridad.



