La otra versión
Acaban de publicarse dos libros que hacen justicia a la memoria de José María Rosa, eje vertebral del revisionismo histórico de orientación nacional y popular
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El cóndor ciego
José María Rosa
Fabro / 72 páginas / $25
José María Rosa. El historiador del pueblo
Por Enrique Manson
Ciccus / 399 páginas / $90
Acaban de publicarse dos libros que hacen justicia a la memoria de José María Rosa, eje vertebral del revisionismo histórico de orientación nacional y popular, corriente que surgió a raíz de la crisis del año 30 y que puso en evidencia el entramado cómplice del imperialismo británico con la dirigencia oligárquica, y cuyo objetivo fue rescatar una visión de nuestra historia "desde lo nuestro" (no es casual que la reciente crisis del 2001 haya potenciado el resurgimiento de dicha corriente "agiornada").
Enrique Manson dedicó varios años a escribir una amena y fundamentada biografía de "Pepe" Rosa, como todos lo llamábamos ( José María Rosa, el historiador del pueblo ). Y tiene pergaminos para hacerlo porque fue uno de sus más estrechos discípulos y colaboradores. Rosa no fue un estudioso de escritorio sino que se comprometió con sus convicciones. Fue peronista aún antes de que Perón fundara su movimiento pues el revisionismo histórico que también integraban Irazusta, Cooke, Doll y otros, y el grupo Forja de Jauretche, Scalabrini Ortiz, Manzi y otros, con su prédica impregnada de raíces nacionales y de reivindicaciones sociales, prepararon su advenimiento.
El otro libro es la reedición de una obra clave de Rosa a pesar de su brevedad, El cóndor ciego. La extraña muerte de Lavalle . Su título remite a una cruel tradición de nuestro Noroeste: a un cóndor se lo priva de visión y entonces, en una anhelante búsqueda de luz, vuela en línea vertical hacia el cielo hasta que, agotado e impotente, se deja caer a la tierra en una muerte suicida.
Rosa nos demuestra en estas páginas que la investigación histórica no tiene por qué ser árida y presuntuosa y nos regala un relato apasionante (como lo son todos sus textos) con la intensidad del mejor thriller . El cóndor ciego es aquí Juan Lavalle, el valiente oficial que en los años siguientes fue protagonista de dos de las mayores atrocidades de la historia nacional: el fusilamiento de Dorrego y la jefatura del ejército que pretendió defenestrar a Juan Manuel de Rosas con la complicidad de la Armada francesa que en 1849 bloqueaba el puerto de Buenos Aires. Nuestra historia oficial aceptó y consagró la versión de que Lavalle murió por una bala azarosa de un gaucho federal que atravesó la cerradura de la puerta de la casa de Jujuy donde había buscado refugio en su huida hacia Bolivia, escapando de la furia de Rosas.
"Pepe" Rosa, en forma magistral, demostraría que las cosas no habían sido tan claras: la tercerola que portaba la partida federal era un arma de chispa, de avancarga, de limitado alcance y escasa fuerza de penetración. Era imposible que un proyectil de tercerola pudiera atravesar una puerta de macizo cedro tucumano como la de la casa de Zenarruza. Por otra parte también es imposible que una bala hubiera pasado a través de la cerradura pues una bala de tercerola tiene un diámetro de 17 mm por lo menos y el ojo de llave no pudo ser mayor de 18 mm. La bala debió entonces recorrer todo el ojo de la cerradura en una extensión mayor de 50 mm, el grosor de la puerta, sin desviarse un milímetro de su línea. Aun suponiendo que tal milagro pudiera haberse dado, siempre según Rosa, la dirección de ese disparo no habría podido herir a Lavalle en el cuello porque la cerradura se alzaba a un metro veinte del suelo, es decir que el jefe unitario debió estar "rodilla en tierra" para recibirlo en el "pescuezo".
Lo que trasunta el texto de Rosa es que las traiciones a la patria no quedan impunes: acosado por la culpa de sus desvíos Lavalle fue cayendo en un profundo estado depresivo. Pesaba sobre su alma el fusilamiento de aquel a quien la gente humilde, la plebe, amaba, tanto que en el parte que él mismo redactó de puño y letra se refirió a "un pueblo enlutado por él"; también el haber conducido un ejército y matado compatriotas al servicio de un imperio extranjero con el pretexto de luchar por la "libertad", en ambos casos al servicio de los intereses de los "notables" de Buenos Aires.
A Lamadrid, que lo encontró en Córdoba, fue tal la impresión que le produjo la depresión de Lavalle que lo compadeció en extremo en su interior, pues, "acabé de convencerme de que estaba agobiado por el peso de sus desgracias, siendo esta causa la que lo había reducido a dicho estado". Finalmente, en la jujeña casa de Zenarruza, el cóndor ciego plegó las alas y se dejó caer hacia la muerte.
Estos dos libros cumplen con una premisa impostergable: rescatar y jerarquizar la memoria y la obra de uno de nuestros mayores intelectuales del campo popular. Alguien que tuvo el coraje, en nombre de la verdad en la que creía, de oponerse a la academia y el oficialismo historiográfico, lo que lo condenó a un ostracismo que hoy hace casi imposible encontrar sus publicaciones en librerías. Y lo que es imperdonable y vergonzoso es que sus textos y los de otros revisionistas no se estudien en las universidades argentinas, exclusión que, afortunadamente, por el empuje del interés de la gente que quiere conocer una historia argentina menos tendenciosa, comienza a resquebrajarse.




