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La pintura como exceso

El vértigo visual de Hoffmann y el decorativismo confortante de Antoniadis en dos excelentes muestras
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27 de octubre de 2002  

Como en otras oportunidades, la muestra que Eduardo Hoffmann presenta en el Centro Cultural Borges se caracteriza por el exceso. Es inmoderada por la cantidad de pinturas -varias decenas-, pero también lo es por la variedad lingüística y por la profusión formal que anima la superficie de cada una de ellas.

La delirante pintura abstracta de Hoffmann -en la que no faltan referencias figurativas-, con su derroche, propone al espectador la experiencia del vértigo visual (como el ojo barroco, siempre plural).

Las manchas, las salpicaduras, los brochazos, las texturas y los colores convierten el cuadro en un fabuloso juego aleatorio de superficies y gestos. La pintura, en todos los casos, está realizada con capas superpuestas, que conforman una pasta espesa, con grosor visible. Por debajo de los accidentes, de los estratos acumulados, hay algo más que la actitud del pintor que se zambulle compulsivamente sin escatimar medios ni gestos en el momento de crear: está el sentido.

La palabra "vacío" parece ser la clave del sentido de la pintura de Hoffmann, que afirma: "Esta idea de vacío, que tomo del budismo, me atrae desde hace mucho tiempo; me permite liberarme o, mejor dicho, dejar los cuadros librados a mi propio gesto. Y en cuanto al vacío, me interesan mucho los espacios en blanco de la tela". La frase recuerda el arte taoísta, en el cual las formas están distribuidas con el fin de que resalte el vacío. No hay centralidad convergente, como en la perspectiva occidental, sino múltiples puntos de fuga que apuntan fuera del cuadro, hacia un universo infinito que refleja la interioridad del que lo contempla. Esta característica se relaciona con las palabras del Sutra Prajnamarita: "La forma no es otra cosa que el vacío y el vacío no es otra cosa que la forma; la forma es sólo vacío y el vacío es sólo forma".

Eduardo Hoffmann nació en Mendoza, en 1957, estudió dibujo con Manuel Zorrilla y pintura con Zdravko Ducmelic. En 1978 se inició, obteniendo un premio en el Salón de la Vendimia, en su provincia natal. En 1984 residió en Brasil; un año más tarde se instaló en París, donde fue acogido por Julio Le Parc; pasó temporadas en Madrid y en Alemania. En 1986 participó en la 2ª Bienal de La Habana (Cuba). Obtuvo el premio Movado a la Joven Generación en 1988, recibió el primer premio de la Fundación Fortabat en 1991, y el Premio Leonardo en 1998. Al comenzar los años noventa se publicó un libro dedicado a su obra, con texto de Jorge Glusberg. Poco después, Hoffmann se instaló en Parquemar, una pequeña localidad, próxima a Miramar, en la provincia de Buenos Aires.

En 2000 el Museo Nacional de Bellas Artes presentó, con el título Vacío , una enorme muestra de sus obras. Grandes papeles policromados, dibujos de pequeño formato realizados con tinta y cuadros con relieves de caucho siliconado integraban el variado conjunto de trabajos abstractos o figurativos. Un año más tarde, expuso cerca de 50 trabajos, realizados entre 1998 y 2001, en L´ Espal Centre Cultural de Le Mans (a 250 kilómetros de París). En los últimos tiempos, Hoffmann participó en las principales ferias internacionales de arte (FIAC, París; Basel, Basilea; Art Chicago, Chicago; Art Miami, Miami Beach Convention Center, Miami; ArteBA, Buenos Aires; ARCO, Madrid, etcétera).

(Centro Cultural Borges, Viamonte esq. San Martín, hasta mediados de noviembre)

El placer de ver

Carolina Antoniadis presenta en la Fundación Federico Jorge Klemm una exposición de sus obras recientes, con el título Perla irregular (alusión al barroco). Las pinturas de grandes dimensiones, con formatos ovales y representaciones esquemáticas de figuras femeninas, predominan en el conjunto. Están fundadas en un esquema compositivo sencillo, simétrico, con la figura flotante sobre una aglomeración, sin perspectiva ni plano de apoyo, de grandes lunares multicolores (con dominantes fríos en uno y cálidos en otro).

Es evidente la intención de Antoniadis: hacer del cuadro un mundo de "alta definición", para lograr una lectura sin incertidumbres ni accidentes y. de este modo, ofrecer al contemplador el placer de verlo todo, sin que nada quede oculto.

En esa vía, cuadros como Híbrida (un acrílico sobre tela oval de 200 x 150 cm) y como Ambigua (de similares características), están ligados a una concepción neodecorativista que no rechaza el humor ni el optimismo. Por supuesto, es un discurso pictórico que, sin culpas ni complejos, tiende a privilegiar la forma más allá del contenido, lo lúdico más que lo crítico.

En otras telas, Target I y Target II (150 x 150 cm.), predominan los círculos coloreados con figuras masculinas negras, esquemáticas. La vegetación no sólo cubre el fondo, las hojas también tapan parcialmente los círculos (¿platos?) que cubren casi toda la superficie, con intervalos disímiles. En estos trabajos, con sus combinaciones pintadas de objetos distintos, están exacerbados el barroquismo y el ornamento.

También integran la muestra dos conjuntos de platos de porcelana, decorados con esmalte y oro: Dorado a la hoja y Juego de niños . Con estas piezas se difuminan simbólicamente las fronteras (caducas hace tiempo) entre las "artes aplicadas" o "menores" y las "artes autónomas o mayores". Sin duda, Antoniadis no cree, como Adolf Loos, que el "ornamento es un delito"; tampoco adscribe a la concepción de Mies van der Rohe: "más es menos".

Carolina Antoniadis (Rosario, 1961) estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón.

Fue becaria de la Fundación Antorchas y del Fondo Nacional de las Artes. Presentó su primera exposición individual en 1987, año en el que integró el prestigioso Grupo de la X. En 1999, el Museo Nacional de Bellas Artes organizó una muestra individual de su obra. En 1998 le fue conferido el Premio Leonardo.

(Fundación Federico Jorge Klemm, Marcelo T. de Alvear 626, hasta fines de noviembre)

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